La otra orilla
Andrés García
Sólo silencio
Imagina que vas paseando por una céntrica calle europea, pongamos en Viena, ciudad políglota y cosmopolita. Micrófono en mano, alguien se acerca a ti y, en un inglés fluido, te anuncia que, si le dices de dónde vienes, él puede hablar en tu idioma, sea cual sea. Esto es lo que hace Yuji Beleza, un influencer de origen japonés que presume de poder establecer conversaciones básicas en más de 30 idiomas y dialectos. Y yo también presumiría si pudiera, la verdad.
Desde que lo descubrí hace unos meses voy buscando sus videos, porque me intriga la conexión tan directa que establece y me sorprenden las reacciones de quienes se cruzan con él. Y pienso que esa reacción depende de cuál sea el origen de la persona interpelada, y de lo acostumbrada que esté, o no, a que la juzguen a causa de su lugar de procedencia.
Cuando Yuji se acerca a una persona suele comenzar preguntándole su nacionalidad. Hay quienes contestan confiados: la mayoría son turistas de países centroeuropeos, público acostumbrado a los medios, a redes sociales… En este caso, los vídeos del influencer no dan mucho juego. Luego están los cautos o suspicaces, los que quieren pasar rápido o quitárselo de enmedio. Entonces el entrevistador les sorprende diciéndoles que puede hablarles en su lengua materna. Hay muchos tipos de reacciones pero casi todo el mundo accede a decirle de dónde es. Yuji identifica la lengua… y continúa la conversación usándola. Ahí, justo ahí es cuando se produce la magia: los rostros se dulcifican, el ademán se relaja y aparece una sonrisa cómplice. De pronto la gente se siente en casa, aunque sea por un instante, porque alguien ha conectado con ellos reconociendo su identidad. Y suele pasar que quienes más alegría muestran son personas procedentes de países africanos o asiáticos.
No siempre funciona, que conste, ni siempre le sale bien, entre otros motivos por la gran riqueza de dialectos de algunos países. Pero quiero poner el foco no en el influencer, ni en sus logros, sino en el efecto que provoca en los viandantes: cómo cambian súbitamente sus expresiones, cómo pasan de la desconfianza a la sonrisa plena. Porque el esfuerzo de una persona por hablar la lengua de otra, que quizás se encuentra lejos de su hogar, se transforma en casa abierta, en recepción acogedora, en entorno familiar. Es un gesto mínimo, casi trivial, pero significativo. La construcción de lo común empieza por reconocer al otro en sus diferencias y en valorar lo que estas pueden aportar.
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