Sigue habiendo motivos para dudar de la estabilidad de nuestra democracia. Sobre todo porque no faltan quienes se empeñan en interpretarla a su manera que no es precisamente democrática o es una vía propia de su errática forma de entenderla. Los sucesos de hace uno días en Vallecas nos plantean de nuevo esa nefasta disyuntiva cuando hay en la extrema izquierda radical, intolerante y totalitaria, un denodado empeño en enfrentarse a cuantos no piensan como ellos y lo hacen con medios expeditivos y gestos auténticamente terroristas. Pretenden, asimismo, adueñarse de unos supuestos territorios propios, calles y plazas, donde la presencia de cualquier otro partido, legalmente constituido, realiza un acto de un autorizado carácter electoral. Esta geografía ideológica que se apropia de espacios y territorios urbanos, es absolutamente incompatible con un merco de libertad democrática que puede ocupar cualquier ciudadano piense como piense, siempre que no perjudique a otros. Acusar de provocación a un partido, sea el que sea y esté legalizado, por presentar públicamente su programa electoral es, sin más ambages, un gesto antidemocrático.

La visión de esos desgraciados acontecimientos vividos en el barrio madrileño de Vallecas, con lanzamiento de piedras, ladrillos, botellas y otros objetos contundentes por parte de grupos que se consideran antifascistas y tras los que se mueven individuos de identificada militancia, alentados por conocidos y notables dirigentes de extrema izquierda radical, ejerciendo una violencia agresiva y vandálica, plagada de gravísimos insultos, injurias desaforradas y amenazas intolerables, no es exactamente el retrato de una sociedad plural y democrática. Es el signo de una campaña reprobable.

Cuando desde las más altas instancias se fomenta la confrontación y la desavenencia continua, que se encargan de caldear desde medios informativos afines, del silencio o la ambigüedad de otros y la equidistancia de muchos, nada contribuye a frenar estos impulsos antidemocráticos y agresivos, engendrando, como es el caso, enfrentamientos que afectan al ciudadano libre en general pero también a las fuerzas del orden que salen siempre mal paradas de estos desórdenes, sobre todo, como han denunciado, si faltó la previsión y la dotación de medios necesarios para impedir tan lamentables y despreciables disturbios. ¿Qué se puede pensar del ciudadano que va a una manifestación cargado de piedras u otros objetos arrojadizos para lanzarlos contra el que considera su enemigo y no simplemente adversario político?

Y un añadido aparte: El pasado viernes fallecía el príncipe Felipe de Edimburgo, esposo de la reina Isabel II de Inglaterra. Uno de esos canales de elevada audiencia, le dedicó a modo de epitafio una información en la que sólo se hablaba de los aspectos más negativos de su vida. Se evidenciaba así su habitual y enfermizo antimonarquismo, que suele abundar en sus emisiones y sus morbosos telediarios.

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