Recuerdo que hace un par de años recibí una llamada de un número desconocido. Una voz con tintes robóticos me explicó la ventaja de cambiar de aparato por tan solo unos euros más al mes. Fascinada, continué asintiendo a las promesas que me entonaba aquella voz enlatada. Poco después de colgar, satisfecha por mi hito, me di cuenta de que algo fallaba si quería más, teniendo ya. Si necesitaba más, cuando lo que atesoraba funcionaba sin pretextos.

En 2012 escuché a José Mujica en la Cumbre de las Naciones Unidas por el Desarrollo celebrada en Río de Janeiro. Un hombre octogenario, peculiar, liviano de equipaje, austero, sin corbata que apretara su cogote, panteísta, viviendo en una granja rodeado de perros, flores y gallinas, con un Volkswagen azul de 1987, humilde en su discurso y que seguramente no tuviera nada que ver con el hombre que fue, nos enfrentó sin compasión con nuestro sistema, con ese mercado enloquecido por el constante consumo, con esa estructura depredadora del planeta y causante de la infelicidad humana. Con la pureza de un niño, afirmó con certidumbre que la crisis no es ecológica, sino política y que tendríamos que revisar de manera impostergable nuestra forma de vivir para poder salvarnos de la trampa. Ocho años después, con el cambio de armario y de estación, vuelvo a escuchar esas palabras que me recuerdan la sociedad efímera y consumista que hemos venido construyendo. Quizás, el mundo esté enfermo por demasiadas cosas. Seneca ya pensaba que pobre es aquel que necesita mucho. Y por eso Mujica nos recuerda que lo único que no podremos comprar en el supermercado, será más vida, más tiempo. Porque en ese tirar y comprar repetido en los años, lo que estamos gastando son minutos de la partida, "porque cuando compras algo, no lo compras con dinero, lo compras con el tiempo de vida que tuviste que gastar para tener esas monedas".

Hace dos semanas que el expresidente pronunció su discurso de despedida. Con una voz suave, segura y decida, compuso un canto a la tolerancia. En él, reveló que en su jardín hacía décadas que no cultivaba el odio, porque el odio es ciego, como el amor, pero con la diferencia de que el segundo es creador, mientras que el primero nos destruye como especie. Sin ambages, recordó que la política es la lucha por la felicidad humana, aunque a veces se nos olvide y el solo nombrarlo, nos suene a quimera. En tan solo diez minutos, encendió las llamas necesarias para iluminar la lobreguez actual, destruyó los muros altos que armamos para separarnos del otro, se desnudó a través de las palabras y nos advirtió de la peligrosidad de otra ponzoña etérea que vaga por el aire envenenando nuestros tejados: el virus de la intolerancia. Hoy, entre montones de ropa y nadería, me acuerdo de aquel hombre liviano y connivente que nos recuerda vivir con poco para que las cosas no nos roben ni tiempo, ni vida, ni libertad.

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