La otra orilla

JAVIER RODRÍGUEZ

75 AÑOS DESPUÉS

Tal día como hoy, hace 127 años, murió Alfred Nobel, inventor de la dinamita. Afirmó que “con armas poderosas las naciones vivirían en paz por temor a su uso”, no sabemos si porque estaba convencido de ello o porque le convenía a sus negocios, lo que sí sabemos es que la historia no le dio la razón y que desde entonces para acá la humanidad ha conocido -y sigue conociendo- las guerras más atroces y que esa atrocidad es mayor mientras más poderosas son las armas de las que disponen las naciones. Hace unos días escribíamos en esta misma columna sobre la barbarie que se está perpetrando en Palestina por una de las naciones con más poderío militar, Israel, pero es que, aunque el foco mediático apenas nos señale un par de conflictos, en el mundo es raro que bajemos de las cincuenta guerras activas y sus víctimas mortales de las cien mil personas al año. Así que no, Alfred, ni las naciones ni las personas viven en paz con armas más poderosas.

Tal día como hoy, hace 75 años, las Naciones Unidas promulgaban la Declaración Universal de los Derechos Humanos, precisamente como respuesta a la escalada de crueldad bélica que vivió la humanidad a principios del siglo pasado y que tuvo su zenit en el holocausto nazi, que se cobró la vida de más de 6 millones de judíos y otros tantos millones de homosexuales, gitanos, comunistas… Los Derechos Humanos se erigían como la herramienta con la que evitar la repetición de esa historia.

75 años después, las amenazas que impiden que eso de que “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos” sea una realidad son las mismas que entonces: la dinamita de Alfred Nobel, mejorada técnicamente en nuestras modernas máquinas de matar y el militarismo que extiende esa falsa creencia de que las armas traerán la paz; el fascismo y sus mil caras: desde esa en la que se justifican las dictaduras argentinas o españolas hasta el sionismo que asesina a miles de personas, niñas y niños incluidos, en Palestina; el capitalismo, que no sólo hace caja con las guerras, si no que crea el caldo de cultivo para que estas se den, fomentandolas para el control de los recursos y situándonos en la situación de mayor desigualdad y explotación conocida por la humanidad.

75 años después, defender los Derechos Humanos, más que nunca, es combatir el militarismo, el fascismo y el capitalismo con la cultura de la Paz, de la Libertad y de la Igualdad.

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