La mota negra
Mar Toscano
¿Es esto real?
De repente, la vida cambia en un instante. Un día cualquiera, un domingo cualquiera. Todos los planes y proyectos quedan en suspenso, en el aire, en el olvido. Vuelven al terreno de los sueños y de la irrealidad porque el primer sueño, la vida, queda segada sin previo aviso.
Esta semana quería escribir sobre los proyectos y las ilusiones, sobre aquello que hacemos movidos por la pasión aunque sea a costa de robarle horas al sueño y euros a la cuenta corriente. Hacemos por amor cosas que no haríamos por dinero, y el que piense lo contrario aún no se ha enterado de qué va esto de la vida. Quería hablar de la gente que mueve el mundo pero entonces el mundo dejó de moverse para tantos vecinos y amigos, compañeros muy queridos que vieron cómo un viaje rutinario se convertía en una pesadilla de la que muchos no iban a despertar.
Nada importa. Olvida tu lista de tareas pendientes porque nada importa. La vida tiene su propia agenda para nosotros y no está en nuestra mano elegir destino. Mi mente y mi corazón están desde el domingo con esos familiares que esperaban en la estación, un fin de semana más, uno de tantos, sin sospechar lo que les aguardaba. Pienso en cuántos de nosotros hemos cogido este tren más de una vez, cuántos lo cogen habitualmente, como si fuera un autobús de línea, porque tantas cosas pasan por Madrid y en Madrid. Pienso en cómo un domingo cualquiera dejó de ser un domingo más.
La historia de Huelva con el tren está marcada por las protestas y las reivindicaciones, pero desde el domingo se tiñe, además, de negro. Las provincias pequeñas siempre nos quejamos de lo mismo, de cómo nuestra falta de conexión con la capital ahoga nuestro futuro. Sabemos que las infraestructuras son las arterias desde las que el corazón de la capital bombea al resto del país, por eso reivindicamos constantemente inversión y mejoras. Hoy también reclamamos una investigación seria y depuración de responsabilidades, porque la seguridad de los pasajeros debe ser siempre la prioridad, y todo lo demás —beneficios, puntualidad, frecuencia— debe caer en un segundo plano. Es mejor cancelar un viaje que cancelar una vida.
Consternados, devastados, horrorizados. Todos los adjetivos clichés del periodismo cobran hoy pleno sentido al referirse al accidente de Adamuz. Las palabras no alcanzan para expresar el dolor que compartimos todos los onubenses. La preocupación común y la esperanza mantenida hasta el último momento dejan paso a un silencio que no hay cómo llenar. Solo lo rasgan preguntas: ¿qué pasó? ¿Qué falló? ¿Cómo podemos evitar que suceda otra vez? Por ellos, se lo debemos.
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