Cultura

Una visión global

CineBox Aqualon Puerto Huelva.- T.O.: 'Whatever works'.- Producción: Estados Unidos y Francia, 2009.- Duración: 92 minutos.- Dirección y guión: Woody Allen.- Fotografía: Harris Savides.- Montaje: Alisa Lepselter.- Diseño de producción: Santo Loquasto.- Intérpretes: Larry David, Evan Rachel Wood, Ed Begley Jr., Patricia Clarkson, Conleth Hill, Michael McKean, Henry Cavill, John Gallagher, Jessica Hetch, Carolyn McCormick, Christopher Evan Welch

Sí, volvemos a lo más genuino de Woody Allen que, además, regresa a Nueva York su escenario natural y legítimo. Cuando un director cinematográfico mantiene una envidiable regularidad como lo viene demostrando el realizador norteamericano a lo largo de su ya dilatada carrera, nada puede sorprender que haga continuamente giros inesperados, si bien conserve sus constantes más auténticas en diferentes argumentos y situaciones. En esta ocasión, tras su breve y provechoso periplo europeo, vuelve a su Nueva York natal, donde sin duda logró sus mejores éxitos. Recordemos algunos: un inolvidable Manhattan (1979), la entrañable Hannah y sus hermanas (1986) y la deliciosa Delitos y faltas (1989), bellas muestras de su fructífera obra cinematográfica.

Pero en este fidedigno y legítimo Woody Allen encontramos a cada paso sus más auténticas señas de identidad y si es cierto que ni la crítica ni el público norteamericano las han recibido precisamente con beneplácito, lo cual no es nada nuevo, son de nuevo los críticos europeos quienes le dedican sus mejores elogios. Obviamente un film que fustiga sin contemplaciones a una sociedad norteamericana denunciando sus demonios y culpas familiares, no puede caer bien en una ciudadanía más bien hipócrita y bienpensante. Sí es verdad que también los fantasmas íntimos de Woody Allen, sus neurosis y sus paranoias se producen por doquier. Sus elucubraciones sobre la muerte, la religión, el amor, el sexo y su tendencia a la retórica a veces excesiva, especialmente en el largo prólogo del protagonista, sus soliloquios dirigidos a la cámara, se suceden una y otra vez. Pero dentro del, quizás desmedido aire teatral, hay situaciones inteligentemente resueltas, pasajes de un ingenio evidente, despliegue de esa gramática peculi ar y unos diálogos jugosos, ocurrentes, dentro de sus expresiones más geniales.

Su visión pesimista del mundo se expone claramente en este alter ego del propio Woody Allen que es este gran actor, Larry David, vivo retrato del director. Interpreta extraordinariamente bien a este filósofo, maestro en mecánica cuántica, candidato, según él, a Premio Nóbel, misántropo que habita un destartalado apartamento en el Village neoyorkino - magnífica ambientación de Santo Loquasto, siempre fiel al espíritu de Woody Allen -, cuya vida cambia cuando acoge en su hogar a la encantadora Melodie, espléndidamente interpretada por Evan Rachel Wood. El propio realizador confesaba que el papel del malhumorado protagonista estaba pensado allá por los años 70 para el desaparecido Zero Mostel, inolvidable intérprete de Golfus de Roma (1966). No creo que Mostel lo hubiera hecho mejor. Sólo le hubiera dado un tipo distinto.

Con toda su dialéctica negativa Boris, el protagonista, vive una exaltación del amor, que conjuga todo ese proceso final extravagante y emotivo a la vez. Con todo su descreimiento, sus obsesiones religiosas, su dialéctica exacerbadamente crítica y mordaz, con su lenguaje corrosivo y sarcástico, Woody Allen nos devuelve a su mejor cine, a su más cabal sentido cinematográfico. Con un sensacional cuadro de actores, con una integración vertebral en el espacio y en el tiempo, con ese juego encantador de las contradicciones humanas, sus virtudes y sus debilidades, su filosofía de la vida y su visión de una realidad desenfadada y divertida en la que, sólo el protagonista, dice, tiene una visión global.

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