Cultura

La saga Transformers

La vuelta de los Transformers a nuestras pantallas, que siempre suele coincidir con esta época de intensos calores veraniegos, nos devuelve para regocijo de los amantes de la ciencia-ficción a cualquier precio. al primer precedente de estos transformers, que se remonta a los años setenta con los Diaclones diseñados por una compañía japonesa, la Takara, creadora de unos robots a base de piezas ajustables. Les seguirían de una manera más llamativa aquellos muñecos ideados por Roberto Orci, Alex Kurtzman y John Rogers, surgidos en 1984 como forma de serie animada de televisión. Luego llegarían títulos tan significativos como Transformers: la película (1986). Aquellos pequeños utilitarios transformables se convierten ahora en sofisticados deportivos y de la animación manual se pasa a las modernas tecnologías digitales para crear estos monstruos virtuales, muestra demoledora de una sofisticada chatarra que pone en pie de guerra a dos razas alienígenas rivales para amenazar la subsistencia de la raza humana.

Recuerdo que la primera noticia que tuve de su más decisiva puesta en escena cinematográfica, fue leyendo una revista norteamericana que titulaba la información: Spielberg juguetea con los Transformers. Y así es, aunque su intervención fuera y siga siendo como vemos en esta tercera entrega, la más importante como productor y aparentemente se quede en el back-stage, en realidad es la mano maestra de la que se ha servido Michael Bay para dirigir la serie. Bay, que desde su aparatosa pero poco estimulante, La isla (2005), pretendía dedicarse a proyectos más personales y modestos, se vio impelido por el poderoso productor a ponerse al frente de esta especie de delirante enfrentamiento entre robots transformables y los seres humanos. Y ahí continúan los dos como ahora contemplamos.

Lo que ahora se anuncia como La última batalla de la guerra, con esos maximalismos hiperbólicos tan gratos al marketing publicitario, es más de lo mismo aumentado o agrandado si quieren por los avances digitales y los efectos especiales que las tres dimensiones agigantan hasta abrumar a la masa espectadora, que goza indescriptiblemente con esta fanfarria transformista. Como en casos anteriores y como ya venía ocurriendo en las últimas películas de Spielberg, la espectacularidad, la instrumentación virtual y los efectos visuales, en suma el sofisticado trucaje digital, priman descaradamente sobre el cuidado de sus contenidos argumentales y formales.

Y eso es lo que pasa con esta llamativa utilización de los famosos robots transformables que se pusieron de moda hace un tiempo y que ahora vuelven a la actualidad en una factura cinematográfica que cuenta con los más avanzados sistemas cibernéticos y con una tecnología que permite los más increíbles alardes de imagen y sonido. En su realización, Michael Bay, con la inspiración constante del poderoso productor, que lo animó a dirigir estos inventos fílmicos, Michael Bay ha mezclado toda la parafernalia de un subgénero que eleva de categoría, en cuanto a imágenes se refiere, toda esa retórica aventurera y de acción, propia de estos productos, y una especie de sofisticado enfrentamiento de artes marciales.

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