Cultura

Un justo ejercicio de memoria

  • Paco Molina fue un buen pintor, pero desbordó con mucho esa faceta. Cuando se cumplen casi 25 de su muerte, una exposición colectiva comisariada por Ricardo Cadenas le rinde homenaje

Retrato de Paco Molina por Ricardo Cadenas que puede verse estos días también en la galería sevillana La Caja China. Retrato de Paco Molina por Ricardo Cadenas que puede verse estos días también en la galería sevillana La Caja China.

Retrato de Paco Molina por Ricardo Cadenas que puede verse estos días también en la galería sevillana La Caja China.

Un triángulo define la muestra. A la entrada, a la izquierda, el primer vértice: una fotografía de Paco Molina. Eduardo Trías recogió uno de sus gestos característicos (enroscado más que sentado en la silla de director de cine), ante unos cuadros de los que sólo vemos el dorso. Falta la biblioteca, sustanciosa, no demasiado amplia, de este consumado lector de poesía.

El segundo vértice está en la oficina de la galería. Allí, un dibujo de Ricardo Cadenas evoca a Paco Molina, su figura y su obra. El pintor, con su "torpe aliño indumentario", las gafas sensibles a la luz, y en la mano, el inevitable cigarrillo, se levanta sobre un paisaje de horizonte muy bajo. Ocupa el lugar de aquellos árboles solitarios que se alzaron sobre horizontes, tambien bajos, en tantos cuadros de Molina. Todo el espacio del dibujo está cruzado por líneas inclinadas. La mirada sencilla las llamaba lluvia, pero Molina ponía esas líneas en sus paisajes para conferirles un suave ritmo. Finalmente el marco: otro empeño de Molina que solía romper el ritual del marco del cuadro. Es sabido que los cuadros se enmarcaban para que la moldura señalara una frontera, un tránsito entre el espacio real, el de la habitación o la sala, y el de la ficción, esto es, el del cuadro. En muchas ocasiones Paco rompía esta obligada cadencia: conservaba el marco pero lo pintaba y así lo convertía en prolongación del cuadro o incluso lo cargaba con una fantasía mayor. Así lo hace ahora Cadenas: la figura de Paco parece escapar del cuadro y venir hacia el espectador.

Los artistas jóvenes que salían de la facultad encontraron en él una primera orientación fiable

Tercer vértice y cierre del triángulo, el único cuadro de Paco Molina en la muestra. Sin duda uno de sus trabajos más rigurosos. Merece la pena analizarlo. En primer lugar, la figura: no estamos ante un forma humana sino ante una imagen y una imagen híbrida porque concita y reúne otras muchas al uso. Las facciones recuerdan a las de un maniquí, los trazos azules y rojos del cráneo parecen escapados de un atlas anatómico, la oreja hace pensar en un robot y debajo, el cuello está formado por un collage. La figura adquiere un alto potencial de ambigüedad: más que una imagen, es un signo de interrogación sobre qué es eso a lo que damos ese nombre. Pero hay en la obra otros aspectos de interés: la disposición geométrica -el cuadrado, sus diagonales y la división en nueve cuadrículas- es la contrapartida a la indefinición de la figura; las cifras estarcidas, apenas visibles, incorporan a la obra de arte un lenguaje nada artístico. Finalmente, la metáfora de la pintura, la pincelada que aunque sigue el rumbo de la diagonal que va del vértice superior derecho al inferior izquierdo, parece, con su desenfado, desafiar el exacto trazado de la línea.

De este modo, las tres obras recuerdan a aquel habitante de Sevilla que falleció hace casi 25 años, cuando apenas había cruzado la frontera de los 50. Molina fue un buen pintor, lo atestiguan un puñado de obras logradas y sobre todo pensadas, pero desbordó esa identidad. Como también sobrepasó la que podía darle su trabajo de asesor cultural en el Monte de Piedad. Fueron sin duda memorables sus exposiciones (recuerdo la dedicada al collage, las de Fernando Zóbel, Teresa Duclós, Joaquín Sáenz, Paco Cortijo y la de los dibujos de Gordillo, también las de Bacarisas, González Santos o Winthuysen) pero, más allá de ese esfuerzo, Molina era un punto de apoyo para muchos autores de edades diversas. Algunos, ya veteranos, le pedían que viera sus trabajos, los más jóvenes buscaron en él criterios que no encontraron en la Escuela de Bellas Artes pese a haberse convertido en facultad universitaria. Las primeras generaciones que salieron de la flamante facultad encontraron en Molina una primera orientación fiable.

Por eso no es extraño que la iniciativa de La Caja China, comisariada por Ricardo Cadenas, haya tenido la respuesta que puede verse en la sala. Hay piezas excepcionales, como las casi desconocidas de Ignacio Tovar (con ecos de Ellsworth Kelly y Richard Serra), el contrapunto de las dos obras de Carmen Laffón, la evolución que señalan las de Manuel Salinas y Juan Suárez, las piezas elegidas de los que ya no están (Soto, Joaquín Sáenz, Félix de Cárdenas, Pérez Aguilera o Manuel Barbadillo), la sencilla fortaleza de las de Teresa Duclós, los enigmáticos dibujos de Antonio Sosa, el rigor de la abstracción de Gonzalo Puch y la potencia del color de Manolo Cuervo.

Todas ellas y las que han podido quedárseme en el tintero hacen pensar que esta ciudad aún tiene memoria. Algo que es importante en cualquier ámbito de la acción y la invención humanas porque frente a la publicidad de las instituciones, siempre con ecos del antiguo No-Do (los mejores de Europa, el crecimento del turismo, campeones de esto o de lo otro), las mejores cosas, las que merecen la pena y auguran algo de futuro, se hacen gracias al empeño y la solidaridad cotidianas de personas como Paco Molina.

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