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Cultura

Un itinerario vital

  • 'Las mujeres imposibles' es una novela de Cayetano Santana, profesor de Filosofía en el Instituto La Rábida

Pensaba Don Quijote que una de las mayores tentaciones que el demonio nos puede poner es la de componer y publicar un libro. Afortunadamente, a Cayetano Santana el demonio le ha tentado mucho, y no lo digo sólo porque lleve escritas ya tres novelas, sino también por el tono tan endiabladamente desenfadado que suele utilizar. Yo, que he tenido la suerte de leer los borradores de las tres obras y el privilegio de asistir al proceso creativo de las dos últimas (porque para la primera empleó más de veinticinco años), he descubierto en él una vocación arrolladora. He sido testigo de cómo Cayetano ha levantado su voz con una energía y una laboriosidad dignas de asombro.

Tras la lectura de todo lo que me ha ido entregando, me queda la sensación de haberme encontrado siempre frente a un mismo personaje. Alguien que, aunque adopta nombres diferentes, se reconoce por su condición de fracasado, de ser un individuo abatido, un tipo solitario y en el fondo vulnerable. Un hombre que quiere reinventar su vida en una búsqueda permanente y errante de algo que se le hace inalcanzable, pero que tal vez está dentro de sí mismo. Ante este personaje, uno se pregunta qué aspectos compartirá con el Cayetano Santana real, el que nació en Lepe, el que de joven hizo incursiones en la poesía, el ensayo y el periodismo, y el que hoy es profesor de Filosofía en el Instituto La Rábida, de Huelva, donde tengo el placer de ser su compañero.

Medio escritor y medio filósofo también, Mario Tunoye -protagonista de la novela Las mujeres imposibles, publicada por Oromana Ediciones- convive con el desencanto de unas aspiraciones incumplidas. Desubicado en su propia vida, habiendo alcanzado una edad en la que muchos hombres se baten en retirada, decide resolver esa especie de exilio interior rompiendo con todo o, en palabras del autor, "como un Descartes perdido en el campo de batalla de la inseguridad y la locura de un siglo convulso junto a una estufa propicia". Con la conciencia de lo hueco o lo cóncavo de su existencia, Tunoye pretende, como si lo hubiera creado Platón, liberarse de sus cadenas y dejar atrás las sombras de su caverna, procurando conocer una realidad ideal, más profunda, esencial y completa.

Llegados a este punto, Mario Tunoye podría haber pronunciado las palabras de Julio Cortázar citadas al principio del libro: "Ya para entonces me había dado cuenta de que buscar era mi signo, emblema de los que salen de noche sin propósito fijo, razón de los matadores de brújulas". Esta búsqueda la concreta el protagonista: irá al encuentro de su imposible mujer ideal a la vez que tratará de concluir una novela, pero no para convertirla en una como tantas, sino en una obra maestra. Explorar las noches de la ciudad se convierte así en su modo de vida. A través del alcohol y de las soñolientas avenidas, descubre luces y seres interesantes, pero también miserias, decepciones y peajes interiores. En realidad, es un viaje que hace parada en diferentes historias a partir de las cuales va a ir tropezando con su inseguridad y sus desgarros emocionales. Convertido en un coleccionista de noches y de páginas que no escribe, en un corredor errante de asfaltos hirientes y en un casanova de tres al cuarto, va a ir de mujer en mujer en una sucesión de aventuras amorosas. En el fondo, el protagonista se convierte en su propia víctima, cargando con todas las oportunidades de amor que va desperdiciando.

A lo largo de la novela, el autor dibuja una compleja problemática existencial. Sorprende el grado de penetración psicológica y cómo procura realizar la transición desde unos detonantes iniciales hasta la explosión de unos conflictos interiores que se ponen de manifiesto a la hora de la seducción. En realidad, creo que Tunoye le está diciendo al lector lo mismo que Borges ya nos confesó: "Puedo darte mi soledad, mi oscuridad, el hambre de mi corazón; estoy tratando de sobornarte con incertidumbre, con peligro, con derrota". La obra es, de este modo, una extensa introspección con reflexiones tan interiorizadas y egocéntricas que son como radiografías, y que vienen a demostrar un gran conocimiento de la condición humana y de sus comportamientos.

Sin olvidarse del profesor de Filosofía que es, Cayetano Santana despliega una abrumadora capacidad para hacer divagar al personaje de manera inagotable. Cualquier cosa le sirve de pretexto para teorizar sobre lo esencial y lo intrascendente. Así, la narración que el protagonista nos hace se desvía con frecuencia y acaba por perderse por los cerros de Úbeda. Pero precisamente ahí descansa el encanto del libro y la mejor prosa del autor. Y es que al leer Las mujeres imposibles uno no puede dejar de pensar que Cayetano toma el argumento como pretexto para superponer un compendio de sabiduría vital. Y lo hace sin que nos dé la sensación de que inserta añadidos. Es más, tengo para mí que la trama global de la obra constituye en realidad una enorme intercalación, porque lo que de verdad importa es el continuo monólogo existencial.

Toda esa profundidad no está reñida con un sentido del humor que explota cuando menos se lo espera el lector y que viene a enriquecer la propuesta de un escritor que pasa de lo más grave a lo más divertido sin que el relato descarrile. El humor socarrón, que no es de reír sino de sonreír, está impregnado de altas dosis de ironía, de inteligencia y de cinismo. Porque, qué duda cabe, a Cayetano Santana le interesa escarbar en los entresijos de la creación literaria. Y lo hace sin venderse a las modas, demostrando sin reparos, por ejemplo, su devoción por el Quijote. A ella remiten ese tono cervantino que adopta a veces y ciertas alusiones explícitas, con un protagonista casi tan loco como idealista. Intentando romper moldes narrativos, fabrica un estilo muy personal que llega a hipnotizar al lector. En cierto modo, es como una bomba de relojería literaria cuya onda expansiva nos deja en estado de conmoción, o, en todo caso, desbordados por una prosa brillante y frondosa, y por una locuacidad que no admite el desfallecimiento.

Y es que nuestro escritor pasa de un registro a otro con gran facilidad. Me refiero a que sabe combinar el lenguaje culto con el coloquial en un ir y venir que realiza con naturalidad, creando una atrevida mezcla de expresiones contrapuestas que a nadie puede dejar indiferente. A veces descubrimos que, en mitad de unas páginas hilvanadas con un estilo prosaico, se abre un paréntesis de hondura poética donde el lenguaje alcanza altas cotas de depuración. Cuando este encumbramiento alcanza a los diálogos, éstos se nos vuelven tan poco creíbles que rayan lo surrealista. Pero el autor sabe que la literatura no tiene por qué copiar a la realidad sino que en ocasiones puede mejorarla.

Combinando narración, reflexión y diálogos, Las mujeres imposibles se configura como un auténtico itinerario vital de una trayectoria rectilínea, un recorrido que está compartimentado de una manera muy ajustada. En los capítulos resultantes, Cayetano Santana demuestra el dominio que tiene de su estructura interna, con un tratamiento esmerado de los títulos, de los buenos comienzos y de los deslumbrantes finales. Con la sabia administración de los ritmos, la intensidad y el estilo consigue que uno se sienta a gusto en una cadencia muy reconocible, sin cortes extraños o confusos que vengan a interrumpir la placentera y asombrada lectura de esta obra.

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