Gran Teatro | La Potoka El revuelo de Antonia Cortés

  • La cantaora onubense La Potoka presenta mañana martes en el Gran Teatro su disco 'Sueño torero'

El mundillo del flamenco local está lleno de idas y venidas, de incertidumbres y desvaríos del alma, de vueltas y paradas, paraítas que animan el espíritu de las fiestas, las esquinas de los barrios, las noches de duermevela, los carreros y sus carros, e incluso el mercadillo de los viernes. Mercadillos y barrios humildes que albergan en sus bloques talentos anónimos, frustradas aventuras, historias de sonantas desvencijadas, futuras promesas armónicas, y arte flamenco en privado deseoso de romper ante un público presto a la jarana o al eco de un fandango choquero.

En todo ese caldo afianzaba desde pequeña sus tacones y templaba su garganta Antonia Cortés, durante años de trabajo callado, a la vera de Matilde Coral, a la lumbre de aquel padre maletilla o de su hermano Curro, y de tantas otras aficiones y experiencias, vividas y contadas, que fueron forjando su personalidad.

Con el amor y el cariño de los suyos, de su casa, fue levantando Antonia una torre de paisajes y melodías –que diría La Macana–, a caballo entre sus obligaciones de madre y la fiesta íntima y humilde. La fiesta del cuartito, pero también últimamente la multitudinaria, como aquella de hace unas semanas en la finca de Morante, claro ejemplo de la conjunción del revuelo con el compás, en su afán de artista total. Es la antesala del disco que se ha facturado casi a pulso, a golpe de deseo en el sello La Voz del Flamenco, en el momento que vuelve, como una niña recién llegada que se asoma por vez primera al espejo, aunque veinte años más tarde. Y levanta también una torre fruto de la ilusión (otro de los asuntos que le inspiran), la ilusión del que persigue el sueño flamenco, el sueño torero, o el sueño mismo de la propia vida.

Comienza el disco con unos tangos de arreglos deliciosos, al amparo de “la luna de plata”, y la flauta de Sergio Delope, para luego afrontar ese puntito valiente, esa suerte de pasodoble argentino que es Tarde de toros, a la que contribuye notablemente la labor técnica y artística del guitarrista y productor Pedro Sierra.

Soleá a Fandiño

Llegan luego las sembradas sevillanas a José Tomás, y al de La Puebla, rindiéndose finalmente en la tercera al torero gitano. El toque personal del inicio de las bulerías que dan título al disco (“si no es toreando, ya muerto estaría en vida”), y los coros de Alba Ortiz sirven de hilo central al trabajo y, sobre todo, de introducción a uno de los momentos cumbres: la soleá dedicada al maestro Fandiño. Es en el romance donde alcanza su momento compositivo (“puente desde donde sueñas con el rizo de su pelo, brisa azul en un suspiro cuando tú sales al ruedo”).

Llega entonces el paseo por tierras gaditanas con ese leve y justo toque sinfónico de Vivencias toreras, para el que Antonia parece especialmente dotada. El cierre por fandangos va dedicado a los toreros de Huelva.

Solo resta desearte suerte en el camino, y gloria bendita al flamenco como expresión pura, Antonia. Que La Potoka ha vuelto para quedarse.

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