Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Peligroso reverso
Historias del fandango
Este arte, que desde los años 40 del siglo XIX comenzaremos a conocer como flamenco, surge a finales del XVIII desde el caudal de música autóctona popular andaluza preexistente. Los analistas lo consideran también como una reacción de la identidad nacional contra las músicas y bailes italianos y franceses que los regímenes políticos de los Borbones habían venido favoreciendo en nuestro país. Un ejemplo: el maestro señor Vera, de la Escuela nacional de baile, fue acusado de mezclar los boleros nacionales y el incipiente flamenco con bailes galos. “Sus composiciones pierden cada día más la sandunga española y adquieren la forma y contorno de los bailes de la escuela francesa… Vera ha cometido la indiscreción (y el público la condescendencia de tolerárselo) de bailar unas manchegas con melena, bigote y perilla… hace unas mescolanzas de bolero, fandango, jaleo y otras muchas cosas más”, se denunció. Ya por entonces había debates sobre las fusiones y la pureza…
En los orígenes del flamenco sucedió que los gitanos establecidos en Sevilla capital y pueblos de las comarcas de la Campiña y el Bajo Guadalquivir, y de Cádiz, Jerez y los Puertos, comenzaron a interpretar los cantos populares de las áreas geográficas en las que habitaban, incorporándoles su creatividad y generando una musicalidad nueva. Y a esa amalgama de coplas se sumó como instrumento de compañía la guitarra, que se había venido nutriendo musicalmente tanto de lo popular como de lo clásico. Al cante y al toque se uniría el nuevo baile, que nació de la impronta gitana y de la experiencia de las danzas boleras. El flamenco, pues, surgió del mestizaje incorporando melodías durante el trecho que media entre los años 40 y finales del siglo XIX, cuando se iniciaron las grabaciones y entró en una etapa nueva, superada la de los cafés cantantes. En sus inicios lo flamenco se celebraba, mayoritariamente, en el entorno privado de las reuniones familiares y en los teatros y las ventas próximas.
En la cronología del flamenco se ha convenido que la primera vez que apareció esta palabra en la prensa fue en el diario madrileño El Espectador refiriéndose a un artista gaditano de este género. Se trataba de un suelto, en la sección del periódico dedicada a las variedades, que daba cuenta de que el cantaor gitano Lázaro Quintana había llegado a la capital para actuar y quedarse una temporada. El tono del texto era de bienvenida, tanto por la relevancia del artista como por el arte que representaba, tan bien acogido en Madrid, donde ya eran conocidos los bailes y los cantos andaluces [1].
El flamenco había salido de su ambiente andaluz para mostrarse en otras tierras, y Madrid y Barcelona fueron, por este orden, las ciudades receptoras más tempranas y en las que más se desarrolló.
Otra cosa diferente era el folclore nacional, más antiguo y representado por fandangos, seguidillas, boleros y tiranas, que eran bailes muy populares en todo el país ya desde el siglo XVIII. A estos se unían danzas andaluzas como el vito, el jaleo de Jerez y los panaderos, que era una variante de las seguidillas. París recibía, siempre con mucho interés, las representaciones del folclore y los artistas españoles. En mayo de este 1847, una compañía representó una obra en el Teatro Italiano, en la que los bailarines ejecutaron el fandango y la cachucha [2].
El duque de Montpensier, noble francés que estaba casado con la hermana de la reina Isabel II (y que se vendría poco después a vivir al palacio de San Telmo de Sevilla), felicitó a todos los actores con una carta “extremadamente expresiva y atenta y que hace honor a los españoles que forman la compañía”, terminaba la crónica.
Unos datos curiosos, pero ilustrativos de una España cuya principal actividad era la agraria. Madrid tenía 231.000 habitantes, y un día laborable entraron en la ciudad los siguientes artículos de subsistencia, cuyo origen era el campo [3].
Pues un sociólogo francés se había dedicado a estudiar la relación entre los bailes y el carácter de cada pueblo. Su conclusión era que los individuos que se dedicaban a las faenas del campo tenían bailes más alegres y sencillos, mientras que para los que se dedicaban a la caza o la pesca suponían más una fatiga que una diversión. Los bailes europeos reunían a ambos sexos; en el de los hombres se hallaban como rasgos predominantes las deferencias, consideración y protección, mientras que en el de la mujer había pudor, confianza, zalamerías y seducción [4].
(Continuará)
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