El esplendor del flamenco

Historias del fandango

Los analistas convienen en señalar el periodo 1860-1869 como la década prodigiosa del flamenco, cuando alcanzó su mayor desarrollo

2. 'El general Prim en la guerra de África', 1865, óleo de Francisco Sans Cabot. Palacio de la Capitanía General, Barcelona.

FUE una década caracterizada por la evolución del flamenco, por la profesionalización de sus ejecutantes y por el notable interés musical y social que generó entre los públicos nacionales y los visitantes extranjeros. La calificación de “década prodigiosa”, acuñada por el investigador José Luis Ortiz Nuevo, resalta un tiempo en el que el flamenco “se empezó a parecer más a lo que es hoy”. Diversos factores contribuirían a ese protagonismo, y uno de ellos –la aparición de los cafés cantantes– fue decisivo para la profesionalización de sus intérpretes, que ya venían apuntando este arte en ventas, corrales y tabernas. Por etapas, el flamenco nació en las fiestas familiares, pasó luego a los cafés cantantes como espectáculo y después a los escenarios de los teatros.

Se bailó el fandango… pero menos

El seguimiento de la prensa de Córdoba y Granada, en un estudio efectuado por Gerhard Steingress, ofrece conclusiones significativas sobre el baile del fandango en los espectáculos celebrados en ambas ciudades desde mediados hasta finales del siglo XIX. El resultado de la muestra se puede extrapolar a otras, y la conclusión es que desde 1850 en adelante el baile del fandango había dejado de practicarse, porque no figuró en los espectáculos. Se bailó el jaleo andaluz, la zambra de gitanos, el olé de la Curra y todo tipo de boleras, las mollares de Sevilla y las seguidillas manchegas y gitanas, la soleá, el polo, malagueñas, la jota aragonesa y la valenciana, el tango americano, la tarantela… pero en los carteles apenas figuró el baile del fandango. Se impusieron la escuela bolera y el baile gitano. Fue el tiempo de la moda gitanesca, cuando los gitanos aprovecharon para apropiarse del folclore popular andaluz, impulsados por el gusto del Romanticismo tardío y por otros cambios sociales de la época. En 1856 aparece un nuevo baile, el JALEO flamenco. Y, respecto al cante, es en 1860 cuando aparece en la prensa sevillana la denominación “guillabaora flamenca”, empleando una palabra del caló que significa cantaora del nuevo género flamenco. Y es también cuando se cambia la palabra CANTO por CANTE refiriéndose a lo flamenco. Los gitanos de la baja Andalucía occidental tomaron el protagonismo del nuevo arte, inspirándose en el folclore andaluz, y el cante fue relegando al baile a un segundo plano.

Fandangos recibiendo a Prim

Bailar fandangos se utilizó como manifestación popular para celebrar acontecimientos destacados y para recibir a personalidades. Buen ejemplo fue el recibimiento tributado al general Juan Prim, cuando volvió victorioso de la Guerra de África. Como se había comportado heroicamente y ganó merecida fama, la población salió a su encuentro bailando fandangos y cantando boleros cuando fue a visitar a los reyes al palacio de Aranjuez [1] [2].

1. La Correspondencia de España, 20 mayo 1860.

Por aquellas fechas, una fiesta flamenca era el mejor presente para agasajar a invitados ilustres en actos oficiales.

Tenemos otro ejemplo de celebración con baile de fandangos en la recepción que el alcalde de Sevilla preparó para la visita a la ciudad del ministro Romero Robledo –que era de su mismo partido, la Unión Liberal–, en la que no faltó el mínimo detalle [3].

3. El Globo, 20 noviembre 1860.

Notable predicamento tuvo también el fandango en el País Vasco, donde compartía bailes con el aurrescu y otras músicas populares locales. En Bilbao, guitarras y panderas acompañaban al fandango [4].

4. El Reino, 4 octubre 1860.

El fandango en las colonias de ultramar

La época colonial propició que potencias como España, Inglaterra, Francia y otros países europeos exportaran a tierras lejanas sus costumbres y su folclore. Hasta Nueva Caledonia viajó el fandango cuando fue ocupada por Francia. Por los años 50 del siglo XIX, los aborígenes negros bailaban en la isla de Los Pinos el fandango al compás del güiro, un instrumento de percusión, a falta de orquesta [5]. El güiro es una calabaza oblonga con rajas transversales sobre las que se frota una especie de palillo “que produce un sonido cuya armonía hace considerar la sordera como una de las mayores perfecciones”. Para meter ruido acompasado.

5. El Museo Universal, 13 mayo 1860.

Entre esas mujeres negras, había dos jóvenes “que eran propiedad del comandante de la isla, porque se las habían regalado, o eran hijas de esclavas suyas, o le habían costado su dinero; es decir, que eran propiedad del comandante como son propiedad vuestra vuestro perro y vuestro caballo… Una y otra esclavas despreciaban a los demás de su condición y en ambas se notaba un no sé qué de superioridad, debido quizás a las lisonjas de que se ve siempre rodeada la belleza… ¿No vemos en Europa que se creen superiores a los demás criados los criados de los reyes?”, escribió el cronista.

(Continuará)

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