PILAR TENA

"El mal ejerce también una gran atracción en la gente normal"

  • La autora recurre a sus recuerdos de la India en 'La embajadora', una ficción que reflexiona sobre los peligros del poder y la fragilidad del bien

Pilar Tena, fotografiada en las escaleras del Hotel Mercer de Sevilla. Pilar Tena, fotografiada en las escaleras del Hotel Mercer de Sevilla.

Pilar Tena, fotografiada en las escaleras del Hotel Mercer de Sevilla. / MJ lópez

Pilar Tena (Madrid, 1955) tiene a sus espaldas una biografía tan apasonante que su historia parece encerrar varias vidas en una sola. Por sus trabajos, por ser familia de diplomáticos, esta licenciada en Derecho y Ciencias de la Información ha transitado por escenarios como Dublín, Sidney, Londres, Estocolmo o Ginebra, una andadura tan variada que ya bromea con su editora sobre la idea de "escribir un libro en cada país en el que he estado". "Y me salen ocho o diez", asegura la autora. Por el momento, Tena ha recurrido a su memoria de la India, donde residió en los años 80, para su escribir su primera novela, La embajadora (Roca Editorial). Malah Singh, la nueva embajadora de la India, se dirige al Palacio Real para presentar las Cartas Credenciales ante el Rey de España. El calor aprieta, pero la temperatura no es el elemento que la inquieta: le incomoda el recuerdo de Diego, un español con el que se embarcó en un amor apasionado. Así comienza un thriller psicológico que explora, a través de la compleja personalidad de su protagonista, los mecanismos del poder y la débil línea que separa el bien y el mal.

-La embajadora es una novela sobre la ambición, el amor, el peso del pasado. Pero, sobre todo, es el retrato de una mujer compleja, que tiene comportamientos discutibles y a la que el lector, sin embargo, no puede odiar. ¿Trabajó mucho las aristas de ese personaje?

El diplomático tiene hoy poco poder, pero le facilitan una atalaya donde observar la sociedad a la que llega"

-Sí. Lo que define a Malah es una ambición enorme, una determinación terrible. Es una personalidad sin fisuras, tiene muy claro lo que quiere hacer, y tiene el poder para hacerlo. Sí, más allá de otros temas, La embajadora es una novela sobre el poder. Sobre el poder que te da poseer dinero o belleza, haber sido elegido... Esa capacidad para cruzar la frontera del bien y creer que vas a salir limpio. Malah justifica todo lo que hace, se siente legitimada para ello. Se cruza con este español, una persona muy normal que está en un lugar muy especial, hechizado, por lo que hace cosas que en otras circunstancias, en su vida normal, no habría hecho. En las personas más normales, la atracción del mal es muy fuerte también.

-En su libro, son los débiles, los que están fuera del poder, los que pagan siempre las consecuencias de la maldad.

-Por eso hay que limitar el poder. El poder absoluto es muy peligroso. En la novela aparecen varios casos en los que se ve cómo se ceban con el débil. Por ejemplo, las víctimas del desastre de Bhopal: además del infierno que sufren con este accidente, después viene un rico hombre de negocios de la capital y monta una trama para sacarles más dinero, para quitarles a las víctimas sus indemnizaciones. En aquellos años, la India era un país muy corrupto, pero el libro podía haber ocurrido en otros escenarios.

-Usted conoció bien esa India de los años 80 que retrata.

-El periodo que se ambienta en los años 80 coincide con el tiempo en el que yo estuve viviendo allí, entre el 84 y el 86. Al muy poco tiempo de llegar yo mataron a Indira Gandhi, un episodio histórico que quienes estábamos allí vivimos muy intensamente. En Delhi los efectos de aquello fueron especialmente graves: incendios, asesinatos... A la primera ministra la mataron miembros de su propia guardia, que eran sijs, y los hindúes se levantaron contra ellos, se dedicaron a quemar sus casas, sus negocios y sus coches. Te asomabas a Delhi y todo eran columnas de humo...

-Uno de los rasgos que da solidez a la trama es que usted incorpora muchos detalles de las relaciones bilaterales España-India de entonces, como la visita de Felipe González.

-Lo que yo hago es utilizar una base histórica que es real para meter una trama. Me gusta pensar que hago una crónica de aquel tiempo, que dejo un testimonio de lo vivido. El otro día leí que E. M. Forster decía de El gatopardo de Lampedusa que no era una novela histórica, sino una novela que sucedía en un contexto histórico real. Salvando las distancias con Lampedusa [ríe], que ya me gustaría escribir como él, mi libro sería algo parecido. Yo buscaba que eso de encajar a personajes reales resultara creíble. Que si el Rey le dice algo al oído a Malah cuando presenta credenciales, que sea algo que quien conoce al Rey vea verosímil. Que pareciera que podría haber pasado, que sonara creíble.

-Ha mencionado antes a Forster, otro de tantos escritores que se sintió cautivado por la India.

-Es un sitio tan diferente que tienes que olvidarte de lo que has aprendido que es la moral o la religión. Tú no tienes referentes, te encuentras con un mundo en el que tus esquemas no te sirven, y lo único sabio es tratar de no juzgar. Ver, oír, pero no juzgar. Cuando estaba allí, me daba cuenta del potencial literario tan grande que tenía, pensaba que algún día escribiría sobre ello. Me alegro mucho de haber esperado, me ha venido muy bien el poso, ahora veo las cosas con otra perspectiva. Volver a ello 30 años después me ha parecido apasionante.

-Malah nace de una impresión que tuvo en la India: que las mujeres de allí eran más fuertes y lúcidas que los hombres.

-Ninguna de mis amigas hizo lo que Malah, pero en las mujeres que conocí había algo misterioso que he querido desentrañar. Esa fortaleza no se veía sólo en las élites, también en las zonas más humildes. Uno tiende a pensar que en esos países las mujeres son sumisas, están relegadas y dominadas, pero no es así.

-La literatura anglosajona ha abordado con frecuencia el ámbito de la diplomacia, pero en las letras españolas no es un escenario muy habitual.

-Yo soy hija, nuera, cuñada y esposa de diplomáticos, es algo muy vinculado a mi vida. Hay mucha fiesta [ríe], pero la diplomacia tiene un lado complicadísimo, gente cercana a mí se está jugando la vida en el destino en el que está. Es una profesión difícil para la que hay que poseer una vocación. Por tu trabajo, te facilitan una atalaya estupenda para observar, un acceso a lo que ocurre que no tienes si vas por una empresa o como turista. Cada vez tienen menos poder, pero tienen esa atalaya, ese privilegio.

-Por último, quería preguntarle ¿cómo consigue alguien el beneplácito de John Banville o Mario Vargas Llosa, que le dedican elogios a su obra?

-Tengo la suerte de que tanto Vargas Llosa como Banville son amigos míos. Amigos, no es que los haya visto una vez en la vida y me recuerden. A Vargas Llosa lo conocí hace muchísimos años en Perú, era muy amigo de mi padre, y con Banville coincidí en Irlanda, mi marido estaba destinado allí y yo iba a menudo. Supongo que para tener esas amistades hay que haber vivido mucho y haberse movido por el mundo.

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