Literatura

Entre días azules y el sol de la infancia

  • Alfonso Guerra lleva a una conferencia en la Universidad de Huelva su pasión por la poesía de Antonio Machado

  • Destaca la visión de la España del poeta y el trasfondo de sus textos

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En el bolsillo de un gabán se encontró un trozo de papel apenas con un verso manuscrito por Antonio Machado antes de su muerte. “Estos días azules y este sol de la infancia”. Muy seguramente es el último del poeta, en ese exilio doloroso, tras ese trasiego de vida que en el último aliento le hizo echar la vista atrás.

Confesaba ayer al público Alfonso Guerra que quizá éste es de sus favoritos por tanto que encierra, por ese significado que sólo se entiende mejor al abrazo final, después de esa itinerancia de soledad, amor y muerte en la que se mueve su obra al tiempo de su periplo geográfico. Todos unidos, al final, al origen.

La Facultad de Humanidades de la Universidad de Huelva invitó al Guerra filólogo, literato, para hablar de una de sus pasiones. Y Machado y su poesía llenó el salón de actos, ayer de la Facultad de Experimentales, y recibió un intenso y persistente aplauso que hizo levantar un par de veces al confeso machadiano, entregado en esa causa de dar a conocer al poeta, símbolo también para más de una generación. De animar a su lectura, que, dijo, es como realmente se le descubre.

Pero el ponente ayudó. En ese trazo desarrollado para obra y vida, los fundamentos se abrieron como lo hace su propia poesía en los versos más desnudos, esos de soledades en los que el propio Alfonso Guerra descubrió “múltiples respuestas a mis interrogantes”.

Y es ahí donde se ofrecen versos a la participación del lector, a mirar entre la fina ironía y el humor, que también lo hay en poemas de “enorme pureza y transparencia”.

Contaba que Machado, falto de amor en su juventud, optó por la belleza de los paisajes, de su entorno encontrado en sus viajes y estancias, entre la soledad asumida. Hay una especie de relación dialéctica entre ambas, una necesidad de diálogo, asegura, que es búsqueda colectiva también.

No lo buscaba, aunque lo anheló, y el amor lo encontró a los 33 años con la joven Leonor, apenas 15 de hermosa juventud que le prendaron para siempre en Soria. Tampoco le duró. El amor y la soledad entrelazados. La muerte. Los tres siempre relacionados. Tres años de felicidad que acabaron y le llevaron a Baeza, parada siguiente, fuente inagotable para sus versos.

Segovia, Madrid. Mucho hubo después, con una poesía más trascendental y filosófica. Hasta que el amor renació con su Guiomar, Pilar de Valderrama. Más pasto para la soledad con que pasó sus días, entre República y guerra, con un exilio final con su familia, de nuevo al abrazo de sus elementos vitales.

Guerra es partidario de que Machado siga enterrado en Colliure, donde acabó sus días

Leyó Alfonso Guerra un extracto de la carta que envió a José Bergamín el 3 de febrero del 39. Eran palabras, destacó, del hombre sencillo, de “la modestia de uno de los escritores más importantes de la historia, del poeta más importante de la época”. Y su preocupación era, ya en Colliure, subsistir con su poesía el mes siguiente. Encontrar “apoyo pecuniario” para “un pisito amueblado en las condiciones más modestas” que ofrecer a su madre. Como esa vez que tuvo que pedirle 300 pesetas a Rubén Darío en París para volver a Soria con su ya enferma Leonor.

Humildad infinita de quien tuvo que cargar con su madre vagando por las carreteras en la frontera de Francia. De quien no tenía nada para pagar su propia sepultura en Colliure, para la que se volcaron españoles anónimos y conocidos, franceses piadosos e ilustres, como el mismo Albert Camus.

Después de tanto recorrido fue aquella su última morada. Todavía lo es, pese a las recurrentes voces para su repatriación. “¿Y a dónde iría? ¿A Sevilla, a Soria, a Baeza, a Madrid, a Segovia?”, pregunta sin respuesta Alfonso Guerra, decidido a que siga donde acabó. Porque fue allí, después de todo, donde volvió a “estos días azules y este sol de la infancia”.

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