"He descubierto una Huelva del ayer que te teletransporta continuamente en el tiempo"
antonio j. sánchez. periodista y escritor
'El rastro de su voz' recrea los paisajes humanos que sobreviven en una ciudad soñada y enigmática Una urbe que el autor imagina como "esa 'femme fatale' que le roba a uno el corazón"
Onubense de 1981, Antonio J. Sánchez recrea en El rastro de su voz (editorial Abecedario) una Huelva de sombras y tonos grises con personajes variopintos, supervivientes de su propio pasado y de un presente de penurias. La ciudad y sus calles son el marco, entre lo real e imaginario, de un relato rico en descripciones y en paisajes humanos que este periodista pone en nuestras manos.
-La atmósfera de su novela recuerda a las dibujadas por Ruiz Zafón y Eduardo Mendoza. ¿Qué hay de otros autores en El rastro de su voz?
-Quien profundice en las páginas se encontrará con ese Poe perturbador y atávico, el Mendoza surrealista y costumbrista, el Raymond Chandler cínico que merodea por los bajos fondos resolviendo misterios, y, por supuesto, el Ruiz Zafón de corte gótico y fantástico. No es de extrañar que Mendoza o el padre de La sombra del viento estén ahí, ya que forman parte de mi lectura de cabecera favorita. Además, uno es maestro del otro. Mendoza es un gran parodiador de géneros y clichés, y hay mucho de él en Ruiz Zafón, pero también de Valle Inclán, Dumas o Dickens. Ruiz Zafón tiene la habilidad de elevar a la máxima potencia todos sus referentes con una carga poética sin igual, y al menos yo entiendo que la literatura ha de ser eso. Pero, aparte de todo eso, también hay mucha cultura pop en El rastro de su voz. Hay mucho de cine clásico, friki y alguna que otra viñeta de cómic en esta historia de los cuarenta y los cincuenta.
-¿La Huelva del ayer es una foto en blanco y negro?
-Es mucho más que eso. Lo bueno del blanco y negro es que siempre puedes colorearlo a tu antojo. Yo lo he hecho y de esa forma he descubierto una Huelva del ayer que te teletransporta continuamente en el tiempo. Me gusta pensar en la Vieja Onuba como en ese crisol de gasógeno y tartana, de balcones y escaparates atrapados bajo la telaraña de cables que el progreso teje entre cornisas, de viejos palacetes que hoy sólo viven en el recuerdo de una ciudad hecha de espejismos que muy pocos consiguen dilucidar en la vaporosa distancia de la nostalgia. Ésa es la Huelva de El rastro de su voz, soñada y enigmática.
-Estamos ante el retrato de una Huelva imaginaria de la posguerra. ¿Qué más?
-Pues la he imaginado también como esa femme fatale que le roba a uno la razón, que te embruja, que se te mete bien dentro como un veneno para el que no hay más antídoto que el de seguir recorriendo sus calles, plagadas de lugares y seres que ni siquiera deberían ver la luz del día. He recreado el recuerdo de esa ciudad con mucho contraste, donde la luz juega un papel determinante, muy expresionista, de cine negro, como ese foco necesario para tejer sombras que se mueven por los recovecos y callejones de estas páginas que ya han dejado de ser mías para siempre.
-¿Qué colores le pondría a la Huelva de hoy, suponiendo que sea una foto en color?
-El color de Huelva es el dorado de ese polvo de luz que anida entre sus cornisas. No hay más que pararse en mitad de una calle, mirar hacia arriba y fijarse. Huelva es una ciudad dorada, una ciudad de luz, resplandeciente. Es una ciudad cálida hecha de oro líquido, ése que la mañana derrama sobre sus baldosas cuando termina de bostezar, y de nubes que parecen hechas de algodón de azúcar sobre un cielo de vainilla poco antes de que la noche ahogue las últimas heridas del día.
-¿Los personajes de una novela sobre la ciudad de hoy serían muy distintos de los de la suya?
-Para nada, no creo que fueran muy distintos. De hecho, salvando ciertos formalismos y guardando las distancias, mis personajes hablan y se entienden como lo haríamos nosotros. Pienso que los patrones siempre son los mismos. Lo único que cambiarían serían ciertos aspectos estéticos y formales, pero en el fondo, en el concepto y en los mecanismos que los unen, se conservarían igual.
-¿Qué personaje de la Huelva de hoy elegiría como protagonista?
-Elegiría uno de esos héroes anónimos que están por todas partes sin que aún nos hayamos parado a verlos: una madre soltera que dobla turnos en su trabajo, un abuelo que se quita lo poco que le queda de pensión para ayudar a sus hijos, un padre de familia que agacha la cabeza y traga y traga... Ésos son los grandes héroes de nuestro tiempo, y están ahí, en casa, en la calle, en la frutería, en las noticias, están por todas partes y no los reconocemos.
-¿Cuánto hay de real en sus personajes?
-Mucho, bastante. Sobre todo en la forma de hablar, de expresarse, de hacer las cosas. Hay gente que forma parte de mi vida o que formaba, personas que ya no están entre nosotros, y que de alguna manera desde ahora viven y respiran para siempre a través de las páginas de El rastro de su voz. Ellos me han ayudado a hacer más creíble esta historia. He dejado una parte importante mía y de mi familia en algunos de esos personajes, algo que he sacado de mí y que, antes de que se pierda por el camino, ya me he asegurado de que me sobrevivan en el tiempo.
-Decida: ¿héroes o villanos?
-Me quedo con los villanos, sin duda alguna. De igual manera que, sin lo amargo, lo dulce no es tan dulce, o que sin la luz no existirían las sombras, sin los villanos no podríamos valorar las vicisitudes por las que pasan nuestros héroes para llevar a buen término su misión. Además, hay que reconocer que una buena pelea nunca es del todo limpia, y para eso hacen falta los malos. El mal siempre es atractivo, el lado oscuro, y lo mejor de todo sobrevivir a ello. Mis personajes favoritos en El rastro de su voz son los oscuros o los villanos. Eso no significa que mis protagonistas, los buenos, sean unos peleles, todo lo contrario. Pero para ello he necesitado crear gente mala que pueden hacer cosas mucho peores que tener una pistola en la mano.
-Vaticine un futuro para el periodismo.
-El periodismo llegará un momento en que se convierta en el eslabón perdido entre la sobreinformación y la desmemoria. Cualquiera con un móvil en la mano puede dar una noticia sobre algo que acaba de ocurrir delante suya, o de saber o de escuchar. Es lo que ha traído la democratización de los medios, que también era necesario. Pero canalizarlo es el hándicap con el que nos encontramos ahora, darlo rápido, antes que cualquier usuario, y de manera contrastada. La diligencia informativa se ha convertido en una carrera de fondo llena de sprinters. Y lo peor de todo es que, una vez dada la información, apenas tardamos en olvidarla. Hay tanta para elegir que apenas nos paramos a analizarla. Y eso nos lleva a lo de siempre: sólo sabemos lo que queremos saber.
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