Crítica de Música

El arraigo de un arte entrañable

Un momento de la representación de 'La canción del olvido' de José Serrano, en Cartaya. Un momento de la representación de 'La canción del olvido' de José Serrano, en Cartaya.

Un momento de la representación de 'La canción del olvido' de José Serrano, en Cartaya. / jordi landero

La zarzuela entusiasma. Prueba de ello, la abundante respuesta del público en Cartaya el jueves. Cualquier fecha del calendario vale para programarla porque su atractivo es permanente. La obra de José Serrano sonó en el coqueto Centro cultural de la Villa de la localidad, donde calaron los distintos números de esta obra; la hilaridad de los asistentes testimoniaba que el buen arte dramático-musical no se queda anticuado. Esta composición del autor valenciano ya ha cumplido un siglo.

Tenían los cantantes esa ambivalencia de lo académico y popular, tan acertada en una zarzuela: en ocasiones la melodía mostraba el timbre inconfundible de una voz bien impostada con todo el bagaje de la escuela, y en otras afloraba el estilo desenfadado y gentil de la canción del pueblo. A Leonello lo encarna un tenor de buenos recursos; maneja cómodamente la voz esmerándose en los agudos, algo que le valdría un efusivo aplauso tras su primera romanza. Ciertamente, luego cargó las tintas en sus desplantes escénicos y el agudo se hizo recio. Rosina y Flora venían de la mano de estupendas cantantes, que llenaron de musicalidad el teatro desde el principio: a una elegante romanza de Flora del primer cuadro le seguiría esa exquisita conversación galante entre ambas del cuadro tercero. Pero la fuerza de la representación se alcanzaría en los dúos de Rosina y Leonello, momento que la trama deparó en natural transcurso; el amorío tan esperado era una música arrolladora en un rendimiento vocal de altura.

El Teatro Lírico Andaluz recreó con amenidad un gran título de zarzuela

Al Coro le ocurrió algo peculiar al dividirse con ambigüedad las voces en timbres de tenor dramático, barítono y bajo; de hecho, parecían asomar líneas de canto que no estaban realmente escritas. Se contó con un conjunto de cámara en el foso, que ofrecía calidad en los cuadros tercero y cuarto (intriga a cargo de los dos violines y tensión en el piano); pero que se quedó corto en los preludios y romanzas vibrantes (hubo texturas donde la trompeta y el clarinete resultaban estentóreos).

El aspecto dramático estaba muy conseguido. Lo cómico entroncó fácilmente con el público, que disfrutaba con los enredos creados por los personajes. Se alternó bien la seriedad con la risa en el encuentro de Toribio, Flora y Casilda. Como es habitual en la zarzuela, al libreto original se añadía morcillas de candente actualidad o de un sello español (He comido como un príncipe y he bebido como un inglés en vacaciones). Chispeante el encuentro entre Leonello y Toribio: el primero retando rigurosamente las desavenencias amorosas y el segundo bromeando siempre para librarse del duelo.

Subrayamos el éxito de la zarzuela e instamos a que ésta se difunda entre los jóvenes. Ellos serían privilegiados herederos de un tesoro cultural, latente en decenas de autores y obras. Aún no somos conscientes de la cantidad, calidad y variedad que nuestra zarzuela proporciona al campo de la música.

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