Cultura

Algo allá abajo, en las profundidades

  • Alianza Editorial recupera un clásico de la ciencia ficción, 'El Kraken despierta' de John Wyndham

Un servidor descubrió a John Wyndham gracias a los títulos de dos obras suyas llevadas a la pantalla hace un buen puñado de años; me refiero, como el buen aficionado sabrá, a El día de los trífidos (1951), que inspiró la película homónima de 1962, y Los cuclillos de Midwich (1957), que, bajo el título de El pueblo de los malditos, dio lugar a sendas películas muy estimulantes, una de 1960, otra de 1995, y alguna otra derivación. John Wyndham tiene otras obras dignas de interés, como Chocky (1968), que el interesado encontrará en el catálogo del sello Minotauro, o El Kraken despierta (1953), felizmente recuperada por la editorial Alianza, y que en su día circuló en nuestro idioma como El Kraken acecha.

Esta última es una estupenda novela en torno a una invasión extraterrestre -uno de los grandes temas del género desde La guerra de los mundos de H. G. Wells y una de las pasiones de Wyndham como narrador-, planteada desde unos presupuestos críticos que reflejan el clima del momento en el que apareció, al calor de la Guerra Fría. El encuentro con seres de otro planeta debe entenderse, qué duda cabe, como parábola del encuentro con el extraño, el extranjero, el Otro.

La novela está estructurada en tres partes, tres fases, que anticipan la clasificación establecida en 1972 por el astrónomo y ufólogo Josef Allen Hynek. (Ignoro si Hynek se inspiró en Wyndham o si éste se basó en alguna clasificación previa). Estas tres partes, popularizadas por Steven Spielberg en Encuentros en la tercera fase (1977), serían las que siguen: Primera fase: avistamiento de uno o más objetos voladores no identificados surcando nuestros cielos, ya sean luces multicolores, platillos volantes u artilugios de diseño o tecnología no terráquea; Segunda fase: obtención u observación de pruebas del aterrizaje de los susodichos ovnis o, en su defecto, de sus consecuencias sobre la superficie terrestre, tales como animales asustados, rastros de calor, interferencias de origen anómalo o mensajes en el terreno (piensen en los famosos círculos aparecidos en campos de cultivo de Inglaterra); y Tercera fase: contacto directo con criaturas de otro planeta a los que Hynek se refería como "seres animados" para no herir sensibilidades (!), como si, en lugar de una inteligencia superior, tuviéramos que vérnoslas con una raza de pazguatos. Esta clasificación se amplió en años sucesivos hasta alcanzar siete fases, la última de las cuales supondría la aparición de un híbrido humano/extraterrestre nacido por métodos artificiales o ayuntamiento inverosímil. Y de esto trata precisamente Los cuclillos de Midwich, que alguna editorial haría bien en recuperar para el lector.

El Kraken despierta tiene como protagonista al matrimonio formado por Mike y Phyllis Watson, periodistas ambos, una óptima solución narrativa que permite a Wyndham ofrecer unos personajes bien informados, cercanos, accesibles. No son científicos ni políticos ni militares, pero se codean con ellos y van recogiendo información de sus respectivos ámbitos. Todo empieza con unas grandes bolas de fuego de origen desconocido que cruzan el cielo (primera fase) y van a caer en el océano, allá donde las aguas son más profundas, creando cinco grandes áreas de concentración y algunas más pequeñas a lo largo y ancho del planeta. Algunas son destruidas por las fuerzas de distintos países por invadir su espacio aéreo; no hay, sin embargo, respuesta por parte del otro. Más adelante (en la segunda fase), los oceanógrafos empiezan a documentar la decoloración de las aguas en las zonas donde cayeron las bolas ígneas, lo que hace sospechar que algo allá abajo, en las profundidades, está alterando el fondo marino con unos medios fuera de nuestro alcance. Algunos barcos desaparecen de manera inexplicable y las fuerzas armadas estadounidenses responden lanzando varias bombas atómicas en esas simas oceánicas. La tercera fase, la del contacto, será la de la guerra abierta de nosotros contra ellos.

La novela, escrita con encomiable buen pulso, buen gusto y sentido común (que no es, como dijera aquél, el más común de los sentidos), está llena de apuntes de gran finura: después de desaparecer misteriosamente un trasatlántico japonés, Mike Watson lee la noticia en diferentes cabeceras y, como buen inglés, acaba comentando a su esposa: "mañana leeremos el Times y sabremos qué paso de verdad". Wyndham se lleva el tinglado a un plano sociopolítico y reconstruye la reacción verosímil de los llamados poderes fácticos ante una amenaza de tales proporciones. Lo medios de comunicación niegan o manipulan los hechos, mientras los grandes consorcios financieros especulan con el desastre para sacar la mayor tajada posible del mismo: las acciones de compañías navieras caen por los suelos y suben las de las compañías aéreas; se dispara el precio de los seguros para las primeras, así como el del acero, el caucho y el plástico; se hunden las destilerías; etc. "Lo único que, al parecer, se mantiene constante son las fábricas de cerveza", apunta el narrador.

A continuación, los estados se pasan la patata caliente unos a otros y sólo reaccionan cuando el problema ha alcanzado proporciones planetarias. En la novela, ésta es la actitud ante una invasión alienígena; en la realidad, ésta fue la actitud ante la crisis económica, la salida a banca de entidades frágiles como un castillo de naipes o la burbuja inmobiliaria hinchada por unos u otros; y es hoy la actitud ante las consecuencias reales del cambio climático, los intereses en juego en Oriente Medio o la desidia con que se afronta el éxodo masivo en las fronteras europeas surorientales.

El Kraken despierta describe una especie de travesía del desierto desde la confortable ignorancia a la incómoda revelación, no para denunciar la existencia de algo allá arriba, en las alturas, en espera de su oportunidad, sino para recordarnos nuestra extrema fragilidad como sociedad y como especie.

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