ÓperaCrítica cine

Una Violetta rendida a su destino

La protagonista de La Traviata, según la Compañía de Ópera Nacional de Moldavia, en el escenario del Gran Teatro. La protagonista de La Traviata, según la Compañía de Ópera Nacional de Moldavia, en el escenario del Gran Teatro.

La protagonista de La Traviata, según la Compañía de Ópera Nacional de Moldavia, en el escenario del Gran Teatro. / alberto domínguez

En el corazón del otoño la ópera regresa a Huelva con un gran título, atractivo para todos los públicos. La Compañía de Ópera nacional de Moldavia nos ofrecía La Traviata en la que la protagonista, la orquesta y los decorados eran lo mejor de esta representación.

A lo largo del primer acto los artistas se familiarizaban despacio con el entorno; canto de estilo académico e impersonal y movimiento escénico aceptable fruto de un buen trabajo. Fue en el segundo acto cuando todo se encauzó con naturalidad, el argumento iba cobrando relieve a lo largo de la escena quinta, en la que Germont y Violetta mantienen un diálogo crucial.

A él le encarna un barítono de rico y penetrante timbre con frases en las que algunas notas suenan descolocadas; ella es una soprano que matiza con suma facilidad en beneficio de su caracterización. Mientras que en el primer acto no superó el reto de la coloratura y las notas de adorno, el tercero manifestaría toda la talla de la protagonista, que deja atrás su concupiscencia y desenfreno para cantar al mundo su sufrimiento y desolación; ahí rubricó su excelencia interpretativa pasando con absoluta maestría del forte al piano y colmando de pesar su línea de canto como pocas sopranos son capaces de hacer (el canto y la declamación eran lo mismo en su voz). Memorables Soffre il mio corpo ma tranquilla ho l'alma y Teneste la promessa.

Alfredo estuvo interpretado por un tenor que aun siendo muy expresivo sus agudos estaban desafinados; se le escuchaba ya en el primer acto cómo perdía brillo al atacar la zona superior. Su sobreesfuerzo defendiendo el papel no pasaba desapercibido hasta el punto de perder claridad. Entre el público hubo murmullos de desaprobación en medio de estas trabas técnicas.

Destacamos a Flora, una mezzosoprano de bonita voz que se imbricaba perfectamente en el desarrollo de la trama muchas veces dando seguridad al resto del reparto; durante el segundo acto disfrutamos de las cualidades de su timbre. El médico también se asignó a una voz que cautivaba el oído, con canto claro y sereno que describía la premonición fatal de la historia.

En cuanto a las intervenciones corales, caló el exquisito contraste de timbres masculinos y femeninos del segundo acto y estaba muy empastado el Coro de máscaras. El director marcaba un tempo demasiado rápido que restaba naturalidad a la línea de canto hasta el punto de que hubo números en los que el escenario y el foso estaban desacompasados. Por su lado, la Orquesta brindó toda la jugosidad y el dramatismo imprescindibles para una representación: en los temas de raíz popular, la flauta y el oboe fueron determinantes; para los grandes tutti la trompa y el fagot. Durante la escritura de la carta, el clarinete sonó con un regulador inmejorable. Pero lo sublime venía de la mano de la cuerda, prodigiosa en los recitativos acompañados de la ópera verdiana. Los moldavos personificaron el sufrimiento, vaticinado en la obertura y desarrollado a los pies del lecho de Violetta.

Un lujo los decorados: cuatro columnas y un cortinaje flanqueando la techumbre, evocación del mármol y la tapicería así como un estudio armónico del cromatismo en el vestuario (en la escena penúltima los cinco personajes llevaba cada uno un color). Muy logrados una vela y un crucifijo en un extremo del escenario del Gran Teatro de Huelva.

Respecto a los subtítulos en español, faltaban las tildes y los signos de apertura de interrogación y exclamación.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios