Cultura

Memoria y prodigio de José Viera

  • El prestigioso pintor aracenense fallece dejando atrás una dilatada carrera en las bellas artes

El pintor aracenense, José Viera. El pintor aracenense, José Viera.

El pintor aracenense, José Viera. / H. I. (Huelva)

Demasiado pronto, con un otoño en ciernes todavía, nos ha dejado el pintor José Viera. Como si esa bruma tan suya de los cuadros más inquietantes recorriera hoy la Sierra de Aracena y nos empapara, junto a castaños y alcornoques, del rocío de la melancolía. Su salud era frágil desde hace tiempo, pero la fortaleza y constancia de su trabajo nos hacían albergar la esperanza de seguir disfrutando, como lo hacía él mismo con paciencia de copista medieval, de la certeza del lápiz y la precisión de un pincel extraordinario, prodigioso en su fantasía y ejecución.

De formación autodidacta pero que pareciera haberse forjado en las más exigentes academias, Viera nos lega una obra soberbia, monumental, diría, en su extensión pero sobre todo en su maestría y belleza. Contemplar un dibujo, pintura o grabado suyos es un acontecimiento mayor. "El secreto de la obra de José Viera -escribí para un catágolo suyo- radica en esa obstinación del arte en la que el alma se regala, otros la venden, al espectador como se entrega un recado importante o se ofrece una flor. Se trata del misterio, de la maravillosa sorpresa del arte genuino, auténtico, esforzado. Cada obra así es una caja de Pandora o de Truenos, inspira la delicia o el terror pero jamás nos deja indiferentes como el plagio o la torpeza. Más que audacia es fe; más que empeño, maestría".

José María Viera, Pepe, como le llamaban por entrañable sus familiares y amigos, nació en Aracena hace ahora justo 71 años y tan pronto, 1975, como determinante fue su vocación exclusiva, se instaló en Madrid. Hasta 2005, en que por motivos de salud y querencia de ese paisaje natal que nunca le abandonó, vuelve a vivir y pintar en nuestra provincia. Tenía ya una larga y fértil trayectoria, que había llevado su obra a importantes Museos y Colecciones, cuando el Ministerio de Cultura le organiza en la Sala Julio González la exposición antológica que su obra merecía. Corría el año 2002 y quien se había estrenado con el grupo Arcilensis en 1970 y entrado en la capital de la mano de importantes Galerías de Arte como Siquier o Ynguanzo, había encontrado ya un lugar preeminente en la pintura del siglo que acababa.

Su también amigo, paisano y compañero de gozos y fatigas artísticas, Manuel Márquez Ortiz, escribirá algunos años después: "Puede que muchos empiecen a conocer ahora a José Viera, al José Viera pintor que de pronto ha aparecido nuevamente entre nosotros para regalarnos una historia artística antigua, forjada en otras latitudes, cargada de experiencia y repleta de contenido. Pero yo pasé, hace muchos años, momentos inolvidables a su lado viéndole dibujar, imbuido del mismo recogimiento y la misma veneración, supongo, que debió sentir el Verocchio cuando contempló por primera vez cómo manejaba la punta de plata su discípulo Leonardo da Vinci". Desde tu ausencia, tituló aquellas premonitorias palabras que hoy adquieren mayor profundidad aún.

Reconocida su alta calidad como dibujante y pintor, ya en el temprano 1976, y con un texto del poeta José Hierro, se nos presenta también el excelente grabador que nos ofrece para inquietud y gozo de sus lectores -en sentido literal, pues su obra plástica se lee como si fuese un relato mágico- unos cuantos libros de Arte con mayúsculas. La citada Apocalipsis, un Martirologio con textos de Fernando González de Canales, uno de sus mejores exégetas y amigos; y unas Puertas y Paisajes, con poemas de Luis Alberto de Cuenca, donde el erotismo adquiere un aire pop, que nos lleva a ese otro registro de Viera donde el color estalla entre los pliegues de la carne y la lencería. Libro éste de Luis Alberto y Pepe, al que teníamos que incorporar un texto mío, pero que quedó suspenso -y hasta suspendido- por la mirada pacata de una institución cuyo nombre ya no existe. Aunque sí pudo incorporarse en parte a la exposición que Huelva le debía y que, por fin, pudo llevarse a cabo en el Museo Provincial entre abril y junio de 2009.

Suele ocurrirnos con muchos creadores, fatalmente los más cercanos, que se nos olvida que están ahí y que su obra crece, tantas veces lejos. Y aunque nos lleguen nítidos sus ecos, es como si el tiempo no encontrara su momento de justicia local, de gloria propia. En algo reparó aquella exposición, cuyo catálogo sigue siendo hoy una joya, el olvido que en ocasiones somos. Desde su Comisario, José Baena Rojas, o el Presidente de Incudema, Manuel Eugenio Romero, quienes tanto insistieron en su celebración, hasta las instituciones que acogieron la idea como merecía, hay que agradecerles hoy que Huelva disfrutara de una obra trascendente, inteligente, poderosa.

Otro admirador de su obra, el escritor Marcos Ricardo Barnatán, nos propone una lectura que se nos antoja hoy reparadora del luto y contraria a la tristeza: "Porque efectivamente es el color el que nos salva, el mensaje de salvación está dado por el color. Ese color vivo, innegable, matizado y bello, con el que la vida expresa su protesta ante el mensaje ineludible de lo mortal. Es el color la vía por la que, reconociéndola, José Viera niega la muerte". Toda su obra adquiere en esta hora la dimensión de lo que pareciera cerrado, concluido. Nil Omne (Todo es nada) quiso titular Pepe aquel recorrido por buena parte de sus creaciones, que en tantas ocasiones nos remitían a las Vanitas barrocas y de nuestra propia existencia. Creo, sin embargo, que ese todo de memoria y prodigio que ya es su obra, también será a partir de ahora eterno en nuestras miradas.

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