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Historias del Fandango

Generoso y de rumbo

  • Pepe Marchena ganó muchísimo dinero, pero todo lo gastó porque no le tuvo apego, otra cigarra del flamenco que no pensó en el invierno

Foto de la calle de Marchena que el ayuntamiento rotuló con su nombre en 1940.

Foto de la calle de Marchena que el ayuntamiento rotuló con su nombre en 1940.

Fue Marchena una persona generosa y de rumbo por la que el dinero pasaba pero no tenía asiento. “Las monedas se han hecho redondas para que rueden”, decía. No tuvo apego al dinero, aunque ganó muchísimo. En los discos del fonógrafo cobraba tanto como el cantante lírico Miguel Fleta, que era el que más cobraba (un diez por ciento en España y el cinco en América). En un semestre de finales de los años veinte cobraba por este concepto veinte mil pesetas. Pero todo lo gastaba.  Como la mayoría de los flamencos, era una cigarra que cantaba sin preocuparse de que llegaría el invierno. Ni siquiera cuando se casó y tuvo un hijo cambió de comportamiento respecto al dinero.

El Liberal, 1929. El Liberal, 1929.

El Liberal, 1929.

Se cuenta que durante años, por Navidad, reunía en su casa a cantaores y guitarristas mayores y mermados de facultades, se vestía de frac y servía la mesa donde comían y bebían a discreción. Cena intercalada de cantes entre plato y plato, recuerdos que se contaban  de lo vivido expresados con nostalgia y ahogados con más manzanilla… Los tiempos pasados, de los que la memoria cree que fueron más sencillos y más amables. De cuando Pepe cantaba por un puñado de monedas, por calderilla. Más tarde, cuando cabalgaba a lomos del éxito como primerísima figura de los espectáculos de ‘ópera flamenca’ del promotor Vedrines, en un arranque de melancolía Marchena podía sentirse tan pobre como cuando chaval anhelando la libertad que disfrutaba entonces.

Las mujeres

Por no saber leer ni escribir se perdía acercamientos personales que le resultaban seductores, como era el poder leer las muchas cartas que recibía de mujeres que le confesaban intimidades que solo amigos muy cercanos podían conocer. En su mayoría, eran cartas que se quedaban sin respuesta, así que las autoras de las misivas se desilusionaban con su silencio y no volvían a escribirle. En todo caso, la profesión del artista -él lo reconocía-, era proclive a que se asomaran muchas mujeres a su vida.

En 1933 anunció en Huelva que se iba a casar con Carmen Vargas, bailaora que al parecer le había impresionado de tal manera que se enamoró de ella en una juerga entre artistas. Impactado por aquella estatua gitana de bronce bruñido, Marchena improvisó sobre la marcha la siguiente letra y se la cantó en un fandango que era todo un reclamo amatorio:

Cuando te veo bailar

Me dan ganas de adorarte.

Yo te quisiera rezar

Como a la Virgen del Arte

Y ponerte en un altar.

Dicen que al cante siguió un abrazo largo y emocionado de ambos, dando comienzo a un idilio que debería sellarse con la boda luego anunciada por él. Marchena y Carmen Vargas actuaron junto en la plaza de toros de Huelva el 23 de junio de 1933 y, claro, la fantasía popular esperaba confirmar, con alguna escena meliflua de cuento, la señal demostrativa de lo anunciado sobre el escenario …, pero de la boda no hubo nada.

Y en 1935 también habló de casamiento. Creyó haber encontrado la mujer apropiada y  anunció que se iba a casar con María Fernanda Gascón, la primera actriz de su compañía. Tampoco. Se casaría, finalmente, con Isabel Domínguez Cano, en 1945, que fue su compañera y madre de su hijo durante el resto de su vida.

Con su mujer, Isabel, y su hijo El Piqui. Foto de elcantejondo.blogspot.com. Con su mujer, Isabel,  y su hijo El Piqui. Foto de elcantejondo.blogspot.com.

Con su mujer, Isabel, y su hijo El Piqui. Foto de elcantejondo.blogspot.com.

Con Enrique el Mellizo de acompañante

Allá por donde iba actuando tenía amigos y se hacía acompañar de ellos cuando visitaba las ciudades. Y tenía también, diríamos, una cohorte fija de acompañantes. En un tiempo fue uno de ellos Enrique el Mellizo, de Cádiz, un cantaor veterano nacido en Cádiz en 1867.  Este Mellizo, hijo del legendario cantaor del mismo nombre, era ahijado de don Antonio Chacón, el que consiguió que no fuera a la mili organizando actuaciones para recaudar los cuatro mil reales que costaba librarlo del ejército.

El gusto por lo diferente

Le gustaba lo diferente, lo que impactara, el espectáculo desde sus múltiples facetas. Tuvo un discípulo al que conoció en una tienda de Gibraltar; se llamaba Hassia y  le confesó que admiraba su cante. Tanto que dejó su negocio y se marchó con él. “Un indio flamenco es una cosa mu seria”, decía con su sentido del humor. El indio cantiñeaba bien, pero se le resistía la pronunciación. Medio chapurreado entre inglés y moro, largaba sus camelos con estilo de buen cantaor. Llegó a cantar flamenco en una radio de Londres y en Madrid en el Circo Price. Estos personajes le gustaban, le divertían porque se salían de los moldes convencionales.

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