Cultura

Enemigo público nº 1

Sin duda alguna uno de las mejores películas de la cartelera de Huelva, escasa en títulos de entidad estos días, es Enemigos públicos, una excelente realización de Michael Mann sobre el famoso gángster norteamericano John Dillinger, declarado Enemigo Público número 1 y, por las extrañas inclinaciones de la época o por su pasmosa habilidad para escurrirse de las manos de la justicia, convertido en una especie de héroe carismático y en cierto modo romántico. En realidad, y como de alguna manera pudiera pensarse en la actualidad, porque en aquel tiempo los ciudadanos, la gente del común, culpaba a los bancos de la pobreza en una época, los años 30, de insoportable depresión económica. El pueblo pensaba que Dillinger, con sus provechosos atracos, les vengaba de alguna manera. Me consta que esto es inmoral pero las crónicas de su tiempo así nos lo cuentan.

Este distinguido 'biopic' presenta inevitablemente una curiosa fascinación por tan execrable criminal. Michael Mann es un director de films tan notables como El último mohicano (1992), Heat (1995), Alí (2001) y Collateral (2004), aunque para mí la más apreciable es El dilema (1999), que yo citaba en mi crítica, publicada aquí el pasado viernes día 28. El realizador, un wasp dilecto de la clase privilegiada estadounidense, despliega una vez más su talento y experiencia en esta crónica realista, reflexiva y de corte clásico, la visión intensa y dramática sobre el fulgurante ascenso e inevitable caída de uno de los más famosos gángsters y atracadores de bancos en el penoso marco de la Gran Depresión entre los años 1933 y 1934, tras el crack de Wall Street, con una ciudadanía amedrentada y abatida por una descomunal crisis económica.

Todo ello a través de una intensa narrativa visual donde la cámara acompasa la apasionada mirada del espectador y donde el realizador recupera la estela prodigiosa del cine clásico, dotando de vida a sus personajes, prototipos auténticos del hampa, retratados mil veces por el llamado cine negro de Hollywood, incluidos los tipos policiales, en este caso al mando del polémico J. Edgar Hoover, que puso a su mejor agente del FBI, el apuesto Melvin Purvis, diligentemente interpretado por Christian Bale, imprescindible en cualquier película de calidad, tras el más famoso atracador de bancos de Estados Unidos. Michael Mann, dominador admirable del cine de acción inteligente, imaginativo y, como en este caso, dentro de las normas de una tradición en género tan peculiar, aportando un cierto hiperrealismo al que no falta un hálito romántico que engarza espléndidamente con la personalidad mítica del protagonista.

Uno puede plantearse cierto asombro sobre el tratamiento un tanto hagiográfico del personaje, un forajido, un peligroso atracador, en tono exaltado con aires de heroicidad. Pero en su tiempo John Dillinger lo fue y alcanzó un insólito predicamento dada su condición de delincuente de la más alta graduación. Muy diferente al tratamiento que Max Nosseck le diera en 1945 o al que propusiera en 1973 John Millius, en ambos casos con el título Dillinger, Michael Mann, ahonda en el mito y pone especial énfasis en ese duelo entre el bandido de atractivo popular y el implacable Melvin Purvis, el competente defensor de la ley, que no duda en sobrepasar sus límites hasta abatir a tiros al peligroso criminal.

Junto a ese afortunado retrato del indeseable protagonista convertido en mito, Michael Mann nos brinda un riguroso panorama de la época, perfectamente ambientado sobre un momento en la vida de Estados Unidos y un estilo de vida donde todo ofrece una sensación de credibilidad y convicción expresiva. Un momento especialmente sensible sobre el poder del hampa, la corrupción política y policial, los sueños incumplidos de tantos ciudadanos, la frustración de muchos, la ruina de tantos, el engrandecimiento y ascensión de unos a costa de la miseria de otros y la creación del FBI, que trató de poner freno a tanta venalidad que permitía a los delincuentes ponerse a salvo cuando cruzaban la frontera de otro estado.

Un tono de autenticidad aflora en esta nueva y espléndida realización de Michael Mann. Enemigo como soy de las películas de larga duración, los 140 minutos que dura Enemigos públicos se pasan en un suspiro.

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