Cultura

Cotán-Pinto: un hombre de cine

He dejado pasar los días para que el dolor, la desolación y la profunda tristeza en que nos ha sumido la muerte inesperada de nuestro entrañable compañero y querido amigo, Santiago Cotán-Pinto y Núñez, que nunca nos abandonarán al recordarle, empañaran la memoria de tantas vivencias comunes en el trabajo informativo y la sincera amistad de casi cincuenta años, treinta y cinco de los cuales nos unieron en la labor radiofónica, muchos de ellos también en la prensa, tanto en el viejo Odiel y en este mismo diario en ocasiones. Santiago Cotán-Pinto estuvo en la primera hora de Radio Popular de Huelva, la Cope de hoy, que habíamos promovido meses antes de su inauguración, el que fuera su director, José María Roldán, Manolo Marín, José María Segovia, Fernando Guinea, Ricardo Bada, Manolo Peral y quien esto escribe. A la hora de iniciar las actividades, un inolvidable 15 de mayo de 1960, casi en presunta clandestinidad porque en aquella época el régimen recelaba de toda actividad informativa que no le fuera oficialmente adicta, Santiago, que había trabajado en Radio Popular de Sevilla, la famosa Radio Vida, compartiendo sus estudios con la dedicación radiofónica, en la crítica cinematográfica junto al admirado Romualdo Molina, en Radio Popular de Huelva, desempeñaría esta misma labor, compartiendo por mi parte con él, la realización del programa ¡Luz, cámara, acción!, dedicado al mundo del cine.

Pero ¿quién se encargaría de la labor deportiva en la nueva Emisora? Santiago, buen aficionado al fútbol y consciente de la importancia que el deporte y sobre todo la actividad futbolística tenía, y tiene, en la radio, dio un paso adelante y aceptó tan importante responsabilidad, que desde entonces y hasta hace unos meses -casi cincuenta años después- ha desempeñado con singular responsabilidad e indiscutible maestría.

Fue la suya, en los años en que estuvo dedicado a ello en la radio, un trabajo constante, fiel, sacrificado -lo saben muchos profesionales y aficionados y sobre todo los técnicos que le acompañaban-, en la infinidad de retransmisiones de los partidos que hacía desde innumerable campos de España, desde los más importantes, hasta los más insólitos o innominados, en condiciones a veces deplorables y lugares increíbles -como hace unos días recordaba en estas páginas el bueno de Isabelo Ramírez-, sin que en sus intervenciones traslucieran esas dificultades, empeñado como estuvo siempre en trasmitir a los aficionados onubenses los triunfos o las vicisitudes de su Recreativo del alma, al que siguió durante más de cuarenta años por esos campos de Dios, sin que jamás desmayara su empeño de informador de raza, nobleza y caballerosidad. En 1964 cuando Segismundo Hernández, competente empresario cinematográfico andaluz y tío de Santiago, decidió abrir en Huelva una sala de cine, dispuso con acierto que él, que ya tenía una cierta experiencia de su Gibraleón natal, desempeñara la gerencia del nuevo Cine Emperador que se abría para los onubenses en Diciembre de ese año. Santiago compartió desde entonces su trabajo en la radio y en el cine con idéntica solvencia y capacidad, sin restar ni un ápice de su fiel dedicación en uno y otro cometido. Fue entonces cuando le sustituí en la radio en la crítica cinematográfica que yo ya desempeñaba desde hacía tiempo en el antiguo Odiel. Esa es una faceta que quiero recordar hoy, a unos días de su llorada muerte, que tan desolados nos ha dejado.

Porque Santiago Cotán-Pinto fue siempre un hombre de cine. Lo conocía como el mejor de los expertos. Su prodigiosa memoria le permitía evocar fechas, datos, nombres y cualquier otro detalle con absoluta facilidad. Sabía de directores, guionistas, actores, actrices y rememoraba con pasmosa exactitud secuencias completas, pasajes estelares de grandes películas o de aquellas otras que a veces resultaban más remisas a la memoria, enjuiciando el trabajo de unos y de otros, destacando los valores, virtudes y defectos de los miles y miles de films que vio durante toda su vida, pues era amante del cine desde su más tierna infancia, lo que también compartíamos. Era un estudioso aventajado con un notable conocimiento que le permitía ser siempre un ponderado crítico y un riguroso analista en materia de cine. Por eso hoy he aprovechado esta sección para dedicarle mi emocionado y sentido recuerdo merecido con todos los honores. Hasta hace muy poco tiempo, hasta que la muerte de su querido hijo, Santi, otro ser admirable, de estirpe le venía, que se nos fue hace unos meses, y que tan inmenso dolor causó a sus padres, coincidíamos, junto a su esposa, nuestra querida Juanita, antigua compañera también en la radio, y la mía propia, en las salas de cine a las que él acudía sin perderse una sola película. Yo echaré de menos a ese hombre de cine -en el amplio sentido de la expresión- que fue Santiago Cotán-Pinto. Extrañaré no encontrarme con él para enfrascarnos inmediatamente en interminables charlas y a veces discusiones sobre ésta o aquella película.

Añoraré sin remedio tantos años de trabajo juntos, de esfuerzos, de sacrificios, de ilusiones y de esperanzas, porque era una persona íntegra en lo moral y en lo humano al que había que querer. Que el profundo pesar que hoy nos acongoja no asole nuestra resignación y nuestra esperanza como él, seguramente, desearía.

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