La intervención militar norteamericana del pasado día 3 suscita un buen número de preguntas en torno a los hechos acaecidos y plantea no pocas cuestiones sobre el porvenir inmediato de la hermana nación de Venezuela, sobre el hemisferio occidental en su conjunto y sobre las reglas, si queda alguna para aplicar, que regirán el sistema internacional en el futuro.
Sobre Venezuela, la manera en que ha tenido lugar la captura de Maduro apunta a que ésta no habría sido posible sin la complicidad de elementos chavistas próximos al depuesto mandatario. Cabe especular que dicha complicidad ha podido ser comprada (recuérdese la recompensa de 50 millones de dólares ofrecida por el Gobierno norteamericano) o bien, y esto es una especulación personal, que haya sido negociada previamente desde la cúpula chavista, amedrentada por el despliegue naval norteamericano y el hundimiento de una treintena de lanchas supuestamente dedicadas al narcotrafico. Al entregar al histriónico presidente, tan útil para jalear a las “masas populares” chavistas, con objeto de que sirva de chivo expiatorio, el núcleo duro del régimen (los Cabello, Padrino, Delcy Rodríguez, los principales jerarcas militares…) habría obtenido garantías de que la intervención no escalaría más allá, como sí sucedió en Panama en 1990 o en República Dominicana en 1965, con la consiguiente liquidación del régimen chavista.
Hay algún elemento que podría abonar esta última tesis, como la forma despectiva en que Trump se refirió en su intervención pública sobre Venezuela a María Corina Machado, galardonada con el tan codiciado Premio Nobel por el presidente norteamericano; la omisión, en esa misma comparecencia de una mención al legítimo presidente electo en 2024, Edmundo González Urrutia; el que la Casa Blanca confíe la transición a la democracia a la ahora presidenta en funciones Delcy Rodríguez, figura eminente del chavismo, sin plazos ni más condiciones, al menos aparentemente, que la sumisión a los futuros dictados de Washington (especialmente en lo que se refiere a los intereses petroleros de Estados Unidos en Venezuela), todo ello apunta a un acuerdo –más que a una imposición– entre el Gobierno norteamericano y la dictadura venezolana.
En todo caso, resulta ciertamente difícil de creer que el chavismo vaya a acceder mansamente a desmantelar su tinglado dictatorial y a traspasar el poder mediante un proceso de transición que debería ser breve. Un buen modo de comprobar si estamos ante el comienzo de un proceso de transición que debería ser democrática en Venezuela sería la inmediata liberación de los presos políticos, como exige la oposición al régimen.
Por otro lado, el ataque norteamericano del día 3 suscita la pregunta de en qué consistirá la política de la Administración estadounidense hacia el hemisferio occidental. De lo que se puede colegir de las declaraciones del presidente Trump, y de estos últimos elocuentes hechos, se desprende que estamos ante lo que algún analista ha bautizado como la doctrina Donroe, mezcla de la doctrina Monroe, de la política seguida por el presidente Theodor Roosevelt y sus sucesores y actualizada por el actual equipo dirigente en Washington. Las intervenciones norteamericanas en México, Guatemala, Santo Domingo o Panamá a lo largo del siglo XX ilustran la teoría con el ejemplo práctico.
Se trataría de garantizar un continente americano abierto y seguro para el comercio, las inversiones y la concepción geopolítica de Estados Unidos, expulsando en lo posible la importante presencia de China en Iberoamérica y asegurándose el pleno acceso a las materias primas iberoamericanas. La caída del régimen cubano parece estar también entre los objetivos de esta política.
Por último, y no menos importante, cabe interrogarse ante los últimos acontecimientos internacionales acerca del futuro orden global, una vez que el respeto al principio de soberanía de los Estados y al derecho internacional en su conjunto, por no hablar de la cada vez más inoperante Organización de Naciones Unidas, está desapareciendo como elemento orientador (nunca fue rector) de la praxis internacional de las grandes potencias. El caso que nos ocupa es un claro ejemplo. Es cierto que sería muy ingenuo pensar que antes imperaba el derecho internacional en todo su esplendor, pero lo que acaece en Gas, Ucrania o el Mar de la China Meridional es el ejercicio descarnado del uso de la fuerza armada basado en intereses de Estado, a veces con alguna cobertura más o menos jurídica como la lucha contra el “narcoterrorismo” (novedoso y ambiguo concepto), que ampararía la aplicación extraterritorial manu militari de las leyes norteamericanas.
Un nuevo reparto del mundo en “esferas de influencia” definido por un número reducido de grandes potencias( del que probablemente la Unión Europea estará ausente) aparece como una posibilidad real en un futuro próximo. Sobre estas cuestiones, remito a los lectores al artículo de Michael Ignatieff El destino de Venezuela y el futuro de la soberanía, publicado en el último número de la revista mexicana Letras Libres.
En todo caso, y de no haber un cambio profundo de dirección, vamos hacia un nuevo “estado de naturaleza”, entre hobbesiano y darwiniano, en el que la ley del más fuerte, militar, económica y tecnológicamente, prevalecerá y será la única válida.
Alfonso López Perona es embajador español.