La colmena

Magdalena Trillo

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De vacunas y cacerolas

Pasará la crisis y (antes o después) pasaremos al otro lado, pero más por un infarto o por cáncer que por el Covid-19

Las peticiones de dimisión a Pedro Sánchez se repiten por ciudades de toda España. Las peticiones de dimisión a Pedro Sánchez se repiten por ciudades de toda España.

Las peticiones de dimisión a Pedro Sánchez se repiten por ciudades de toda España. / Juan Carlos Muñoz

Hace cinco siglos los granadinos éramos unos 10 centímetros más bajos, vivíamos con suerte hasta los 60 y nos moríamos derrengados (en doble sentido de la palabra: torcidos y por agotamiento). Con los músculos machacados -en carne viva como diría mi madre- y los huesos molidos. Con artrosis en la columna vertebral, las encías inflamadas y los pocos dientes llenos de mellas, caries y sarro.

Hablo de la Granada nazarí del siglo XV, de la que se esfumó con la reconquista de los Reyes Católicos. No creo que importe, pero aclaro que entonces éramos moros, nos enterraban mirando a la Meca, nos amortajaban con un sudario de lino blanco y nos sepultaban en la tierra sin féretro para que pudiéramos alcanzar el paraíso.

Una excavación en el barrio de San Lázaro -forma parte de una intervención impulsada por la UGR y el CSIC-ha sacado a la luz una necrópolis con 40 cuerpos y su estudio nos está dando nuevas pistas sobre cómo éramos y de qué moríamos.

Hoy, en el mundo (supuestamente) desarrollado del tercer milenio, las enfermedades cardiovasculares se han situado como la principal causa de muerte (hasta un tercio de los 56 millones de personas que pierde cada año el planeta) y, agrupando en una categoría, sólo el cáncer es responsable de 10 millones de fallecimientos. Las infecciosas también destacan, pero vinculadas a las pésimas condiciones de vida de los países pobres, y seguidas muy de cerca por los siniestros, los accidentes de tráfico y hasta los suicidios. Pese al impacto mediático que suelen tener, muertes violentas como homicidios, atentados terroristas y catástrofes naturales apenas cuentan desde el punto de vista estadístico. Y tampoco lo harán las muertes del coronavirus por mucho que se hayan trastocado nuestras rutinas y por mucho que ahora ocupen el foco completo de la actualidad.

La percepción y la realidad no siempre van de la mano. Ni siquiera cuando se trata de cuestiones tangibles y objetivas. El título de este artículo es un ejemplo, De vacunas y cacerolas. Tanto he dudado sobre el enfoque que quería darle, tanto me he debatido entre escribir un artículo positivo o destructivo, tanto me he documentado sobre los dos temas, sobre lo público y lo soterrado, que al final he optado por hacerles cómplices de mi indefinición… Y de mi reflexión.

Se supone que es lo peor que puede ocurrirle a un escritor (de ficción y de no ficción): que se resista el mensaje. Pero ¿y si se trata de una historia tan abierta y moldeable que sólo cobra sentido cuando llega al otro lado del canal? ¿Cuando emisor y receptor se intercambian? Les propongo un juego: pónganse en mi lugar y decidan cómo encajan las piezas y cuál sería su final:

Mi historia va de vacunas y cacerolas. Nada tienen de relación entre sí salvo que coinciden en un mismo momento de transición y reflejan el tiempo de choque que siempre marca lo que se va y lo que viene: mientras en los laboratorios se acaricia la esperanza, en las calles cambiamos el entusiasmo de los aplausos por los golpes crispados de las sartenes y las cazuelas.

Muy cerca de donde ha aparecido la nueva necrópolis, hace unos días escuchaba una conversación ajena: "No tengo otra cosa que hacer: por las mañanas me paseo por el centro con la bandera (la llevaba atada al cuello a modo de capa) y por la tarde me vengo a la plaza a hacer ruido". Desde que empezamos a salir de casa con la desescalada, lafauna humana va integrándose de nuevo en el paisaje de la ciudad. Me siguen abrumando los cachas de los gimnasios que han reaparecido hasta morenos (nada que ver con el blanco flexo que lucimos los del teletrabajo) y me consuelan las barrigas flotadoras que confirman la mucha harina y levadura que hemos comprado en el supermercado.

Me pregunto qué contarán dentro de cinco siglos si radiografían nuestros restos. Porque el tiempo habrá devorado músculos y mollas y nos habrá dejado desnudos sin más referencias, tal vez, que una oxidada cacerola y unos hilachos blanquecinos apuntando a rojo y amarillo. ¿Cómo lo explicarán? ¿Qué historia contarán entonces? Me gusta mi titular, De vacunas y cacerolas.

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