Gente inteligente La sutil pero vital diferencia entre aceptar y resignarse

  • Diferenciar la aceptación de la resignación es una clave importante en nuestras vidas para entendernos y entender, para perdonar y avanzar, y para cambiar lo que no nos gusta.

La sutil pero vital diferencia entre aceptar y resignarse

Aceptar no es resignarse. Solemos tener muy claro cognitivamente que aceptar algo no es resignarse a algo. Sin embargo, emocionalmente nos encontramos más de una vez en situaciones en las que decimos que estamos aceptando cuando en realidad sólo nos estamos resignando y dejándonos llevar por las circunstancias como barcas arrastradas por la corriente. Por eso es tan importante conocer la diferencia entre aceptar y resignarse, para no vivir a la deriva.

Aceptar es un acto sublime. Es un paso indispensable para el desarrollo de la inteligencia emocional. La autoestima de las personas, su tolerancia y su valor de respeto, su capacidad de resiliencia, su integridad e incluso su capacidad de amar y de cambiar las cosas, se construyen con una buena dosis de aceptación, algo que dista mucho de la resignación.

La aceptación implica permitir, dejar entrar, dejar salir, fluir, tener en cuenta lo que realmente hay, y no lo que nos gustaría que hubiera, para actuar. No es tragar por tragar, eso lo hace la resignación. De hecho, ahí es donde radica la principal diferencia entre ambas opciones: con la aceptación actúas, con la resignación no.

Hay que saber diferenciar entre la aceptación y la resignación. Hay que saber diferenciar entre la aceptación y la resignación.

Hay que saber diferenciar entre la aceptación y la resignación. / M. G.

Cuestión de acción

Cada vez que usted reconoció en su vida que no sabía hacer algo y se puso manos a la obra en el aprendizaje, estaba aceptando. Cada vez que asumió una limitación y pidió ayuda, estaba aceptando. Cada vez que observó circunstancias hostiles para alcanzar sus metas y buscó herramientas para solventarlas, estaba usted aceptando.

Por el contrario, cada vez que ignoró un problema, se estaba resignando. Cada vez que dijo, “es así, no va a cambiar”, se estaba resignando. Cada vez que deseó o soñó que las cosas se arreglaran solas, se estaba resignando.

El peligro de resignarse es que la inacción que lleva asociada nos hace víctimas de las circunstancias y secuestra nuestros recursos para afrontar las situaciones. Por eso, resignándonos frenamos nuestro desarrollo.

Una metáfora para aprender a aceptar

Una vez que tenemos clara la diferencia entre aceptar y resignarse, usemos una metáfora para construir una pequeña guía de cómo aceptar las cosas para avanzar. Y permítame que use la metáfora que más me gusta: la corriente de la ría de Punta Umbría en su desembocadura. Primero porque me sirve muy bien para este cometido, y segundo porque adoro ese lugar del mundo que es La Canaleta.

Hay que saber diferenciar entre la aceptación y la resignación. Hay que saber diferenciar entre la aceptación y la resignación.

Hay que saber diferenciar entre la aceptación y la resignación.

La ría de Huelva lleva el agua de los ríos Tinto y Odiel hasta Punta Umbría. Es una ría con gran influencia del mar Atlántico en el que desemboca. Cuando sube o baja la marea, la corriente es muy fuerte. Y en esas circunstancias, a las pandillas que hemos respirado intensamente los veranos de la Punta Umbría de los años 70 y 80, nos encantaba cruzar a nado la ría para ir a coger bocas de barrilete a la otra banda, es decir, a la otra orilla. Una boca de barrilete es, por si no lo sabe, la pinza de un cangrejo propio de las marismas. Cogíamos los cangrejos, le quitábamos la pinza y los dejábamos libres porque les vuelve a crecer. Y por eso era doblemente divertido cruzar la corriente.

Para llegar donde queríamos, y aunque éramos jóvenes, nos dábamos cuenta intuitivamente de que no podíamos tirarnos al agua sin más. En vez de eso, andábamos por la orilla en dirección contraria a la corriente un rato. Más rato cuanto más fuerte era. Y mirando nuestro objetivo en diagonal, nos marcábamos el punto de llegada con mucha flexibilidad. Y entonces sí, a nadar. Aceptábamos la corriente.

Sabíamos que lo que no podíamos hacer era marcarnos un punto de llegada demasiado exigente y mucho menos no aceptar la corriente, porque luchar contra ella sólo nos llevaba a perder las fuerzas, a resignarnos y dejarnos arrastrar para acabar donde no queríamos. O a emprender una derrotada y humillante vuelta.

Así que teníamos una meta: coger bocas de barrilete. Y teníamos unas circunstancias hostiles: una fuerte corriente de bajada que podía arrastrarnos hacia mar abierto. Pero recorríamos los pasos de la aceptación.

El primer paso es comprender. No se acepta lo que no se comprende. Por eso para aceptar, hay que dedicarle tiempo a la comprensión de lo que está pasando, no de lo que nos gustaría que pasara. Pararnos a observar la situación que tenemos delante y debemos afrontar. Reflexionar y valorar el coste de la meta que nos proponemos, medir nuestros recursos, ver qué podemos evitar y qué no… Ese es el paso que más esfuerzo requiere y más energía nos consume.

Después de comprender, llega el momento íntimo y liberador de la aceptación: aceptar que hay una corriente intensa y ver cómo ponerla de nuestra parte para que nos sirva, o para que nos haga el mínimo daño posible.

La gente inteligente comprende y acepta. Así cambia las cosas que puede cambiar y se protege bien de las que no.

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