Por qué rumiamos tanto con el pasado

La rumiación no busca soluciones; es un círculo vicioso de pensamientos repetitivos y negativos sobre eventos pasados

Cuadro sobre una mujer pensativa.
Cuadro sobre una mujer pensativa. / M.G.

El ser humano es la única especie capaz de viajar en el tiempo sin moverse del sofá. Tenemos una asombrosa capacidad para recrear escenas que ocurrieron hace décadas, reviviendo olores, palabras exactas y, sobre todo, emociones. Sin embargo, este "superpoder" tiene un lado oscuro: la rumiación.

A diferencia de la reflexión saludable, la rumiación no busca soluciones; es un círculo vicioso de pensamientos repetitivos y negativos sobre eventos pasados. Es como una lengua que no deja de tocar una llaga en la boca: duele, pero no podemos parar. En este artículo, exploraremos desde la psicología por qué nos quedamos atrapados en el "debería haber hecho" y cómo la culpa se convierte en el ancla que nos impide avanzar.

 ¿Qué es exactamente la rumiación? En psicología, la rumiación se define como la tendencia a pensar de manera persistente en las causas, consecuencias y síntomas de nuestro malestar emocional. El término proviene de los rumiantes (como las vacas), que mastican, tragan, regurgitan y vuelven a masticar su alimento.Cuando rumiamos el pasado, hacemos lo mismo con nuestras experiencias:

Análisis sin fin: "¿Por qué me dijo eso?", "¿Qué vio en mi cara cuando respondí?"

Foco en el error: Ignoramos el contexto del pasado y nos juzgamos con la sabiduría del presente.

Pasividad: A diferencia de la resolución de problemas, la rumiación no genera un plan de acción, solo genera agotamiento.

Es fundamental entender que lo que nos ocurre no es un simple "recordar de vez en cuando"; eso sería lo humano y lo natural. De lo que estamos hablando aquí es de cuando el pasado te agarra por el cuello y se niega a soltarte. Es esa sensación de que los viejos fantasmas tienen las llaves de tu casa y proyectan una película que nunca pediste ver, una y otra vez. Ya sea un arrepentimiento que te quema, una herida que no cerró, una pérdida que te dejó un hueco o una rabia que todavía te hierve en la sangre, el resultado es el mismo: no estás donde tus pies están pisando, estás atrapado en el "ayer".

A veces sucede en el momento más cotidiano y absurdo. Estás lavando los platos, conduciendo hacia el trabajo o intentando, por fin, relajarte en el sofá cuando... ¡pum! De repente, las emociones te golpean de lleno. No es que elijas estar ahí; es que tu cerebro ha pulsado el botón de "play" en una memoria dolorosa antes de que tu parte consciente se diera cuenta de lo que estaba pasando. Es una emboscada emocional.

El guion suele ser predecible: repasas conversaciones antiguas editando lo que deberías haber dicho, imaginas finales alternativos donde tú ganabas o te castigas por variables que, siendo realistas, nunca pudiste controlar. De pronto, te invade una ola de vergüenza o de dolor sin motivo aparente, hasta que conectas los puntos y te das cuenta de que es "aquello". A veces es un recuerdo concreto; otras, es un susurro de fondo que te dice: “no fuiste suficiente”, “deberías haberlo previsto” o “la gente siempre te acaba dejando”. Tu mente se comporta como un jefe tóxico que te lanza una pila de expedientes sin resolver sobre el escritorio justo cuando estabas a punto de irte a descansar.

Pero hay una razón para este caos, tu cerebro no repite estos episodios porque disfrute torturándote. Lo hace porque algo en esa experiencia se quedó atascado; nunca se procesó, no se entendió o no se sintió como debía. Quizás en aquel momento solo podías centrarte en sobrevivir y tuviste que empujar tus emociones hacia el fondo para poder seguir caminando. Quizás no tuviste apoyo, o no hubo un cierre limpio, y ahora tu mente sigue dando vueltas como un motor gripado, intentando encontrarle un sentido a lo que pasó y, sobre todo, a lo que eso significa sobre quién eres hoy.

Ignorar ese dolor no lo hace desaparecer; solo le da esteroides en la sombra. Por eso, el silencio es el peor enemigo de la rumiación. Cuando estás ocupado, tu cerebro no tiene ancho de banda para rebuscar en el archivo de los traumas, pero en cuanto bajas el ritmo —al final del día, o al final del año—, tu mente aprovecha el espacio para decirte: “¡Perfecto! Ahora que no estamos haciendo nada, vamos a lidiar con todo esto que enterramos”.

Es tu sistema nervioso gritando que todavía no ha terminado el trabajo. Y el costo de escuchar ese grito en bucle es altísimo. Rumiar no te cura,te agota. Mantiene tu cuerpo en alerta máxima, tus pensamientos enredados y tu corazón anclado en un tiempo que ya no existe. Te roba la capacidad de sentirte a salvo y tranquilo en el presente, porque una parte de ti sigue viviendo en el "después de la tragedia".

Hoy quiero que aceptes dos verdades simultáneas: lo que pasó fue importante y dolió, por supuesto que sí, pero también mereces dejar de revivirlo cada noche. El objetivo no es que te amputes la memoria o que te obligues a "superarlo ya" por decreto. El objetivo es cambiar tu relación con el recuerdo, para que el pasado pueda ser simplemente eso, pasado, y deje de secuestrar tu vida cada vez que se hace el silencio.

Este cambio de perspectiva es, en realidad, el núcleo de la sanación psicológica: pasar de la resistencia a la atención consciente. Cuando dejas de luchar contra el pasado como si fuera un intruso que intenta arruinarte el día, y empiezas a verlo como un mensajero que trae información sin procesar, la dinámica interna cambia por completo.

Imagina que esos pensamientos recurrentes son como una alarma de humo que no deja de sonar; puedes intentar taparte los oídos o golpear el aparato, pero la alarma solo dejará de pitar cuando compruebes que no hay fuego o cuando ventiles la habitación. Al prestarle una atención compasiva y sin juicios a esa emoción "inconclusa", le estás diciendo a tu sistema nervioso: "Te escucho, no te estoy ignorando".

Este enfoque de "encuentro con la emoción" desarma el mecanismo de alerta de la amígdala cerebral. La rumiación suele ser un intento desesperado del cerebro por resolver un problema antiguo que no tiene solución lógica, pero sí emocional. Al validar ese dolor —por ejemplo, reconociendo que "aquella versión de mí se sintió profundamente sola y todavía necesita consuelo"—, el bucle pierde su razón de ser. El cerebro ya no necesita gritar porque el mensaje ha sido entregado y recibido. Ya no estás en modo "supervivencia" contra tu propio recuerdo, sino en modo "integración".

A medida que practicas este cambio, notarás que el volumen de esos pensamientos baja gradualmente. No es que el recuerdo desaparezca, es que deja de tener carga eléctrica. Se convierte en una página más de tu libro, en lugar de ser la única página que tu mente se ve obligada a leer una y otra vez. Al darle un lugar seguro a esa emoción, permites que el sistema nervioso se relaje, entendiendo que el peligro ya pasó y que tú, aquí en el presente, tienes el control para cuidar de esa parte de ti que todavía duele. Es, en esencia, aprender a ser el adulto compasivo que tu "yo del pasado" necesitaba en aquel momento.

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