Retrato al óleo de Manuel Vázquez López: una joya pictórica, casi desconocida, que se conserva en la colección privada de la Sociedad Hijos de Vázquez López

Tribuna

De las oficinas de la Sociedad Hijos de Vázquez López a los muros del arte urbano de Man-o-Matic, el retrato al óleo de Manuel Vázquez López, pintado en 1904 por un joven Eugenio Hermoso, se ha convertido en la imagen icónica de uno de los hombres que transformaron Huelva a finales del XIX

Manuel Vázquez López. Retrato al óleo, por Eugenio Hermoso. Colección: Sociedad Hijos de Vázquez López.
Manuel Vázquez López. Retrato al óleo, por Eugenio Hermoso. Colección: Sociedad Hijos de Vázquez López. / Alejandro Conejo
Antonio Agustín Gómez Gómez
- Director de la Biblioteca Provincial de Huelva.

01 de marzo 2026 - 06:01

Resulta llamativo que, pese a la relevancia histórica de Vázquez López y a la posición económica y social que alcanzó en vida, hayan llegado hasta nosotros tan pocas imágenes suyas. No existe una iconografía fotográfica abundante que permita reconstruir con precisión su fisonomía. Y, sin embargo, su rostro es hoy ampliamente reconocible y forma parte del imaginario colectivo onubense, gracias también a una poderosa representación que parece vigilar el corazón de la ciudad.

A los estudiosos y amantes de la historia nos resulta familiar la imagen clásica de Vázquez López en edad avanzada, con la barba completamente encanecida. Ese rostro “oficial” procede de un tesoro casi oculto que preside la sala de reuniones de la sociedad fundada por sus descendientes. Pero, además, a escasos metros de allí, muchos onubenses reconocen hoy esa misma fisonomía gracias al pincel —o, mejor dicho, al spray— de nuestro artista urbano más reputado, Man-o-Matic. Su grafiti, estampado en la puerta de acceso de un garaje cercano a la pintoresca calle Rábida —vía creada, precisamente, por la Sociedad Hijos de Vázquez López—, constituye una interpretación contemporánea de una mirada que nació hace más de un siglo. Lo que pocos saben es que ese icono popular tiene su origen en un óleo pintado en 1904 por un joven artista extremeño que apenas contaba veintiún años: Eugenio Hermoso.

Un encargo de 500 pesetas y una gallina de diez reales

El origen de este lienzo, que hoy preside las oficinas de la Sociedad Hijos de Vázquez López, fue un encargo póstumo de la Cámara de Comercio para homenajear a su primer presidente, recién fallecido. En el otoño de 1904, la elección recayó en Eugenio Hermoso, el «niño pintor» de Fregenal de la Sierra, que venía de asombrar al público en la Exposición Onubo-Extremeña de 1903.

Pedro García Morales, Juan Ramón Jiménez, Manuel Siurot y Eugenio Hermoso. Fotografía de Diego Calle (ca. 1914). Copia facilitada por Luis Llerena Baizán.
Pedro García Morales, Juan Ramón Jiménez, Manuel Siurot y Eugenio Hermoso. Fotografía de Diego Calle (ca. 1914). Copia facilitada por Luis Llerena Baizán.

Con apenas veintiún años, Hermoso recibió el encargo de retratar a un hombre que ya no estaba. En sus memorias, el pintor evocaría con gracia aquella etapa: «Pinté el retrato de Vázquez López, que casi tuve que inventar con la ayuda de alguna pequeña foto. Llevé el retrato, gustó y me encargaron dos más los familiares… Con estos encargos —quinientas pesetas cada uno— mejoró mucho mi situación, que el dinero por entonces tenía un poder adquisitivo enorme: diez reales una gallina». El artista trabajó a partir de una pequeña fotografía —hoy desaparecida— recurriendo a un procedimiento habitual cuando el retratado había fallecido: la recreación pictórica a partir de una imagen real captada por el objetivo fotográfico. El paradero de aquella fotografía, una carte de visite en la terminología de la época, sigue siendo un misterio, o quizá duerma en el álbum olvidado de algún descendiente que aún no hemos podido localizar.

Un joven maestro del retrato

Cuando recibió el encargo, Eugenio Hermoso era ya un artista precoz y reconocido. Nacido en Fregenal de la Sierra en 1883, había sido apodado desde niño el «niño pintor» por la temprana manifestación de su talento. Formado en Sevilla bajo la tutela de Gonzalo Bilbao y José Jiménez Aranda, y más tarde en Madrid, donde completó su aprendizaje copiando a los grandes maestros en el Museo del Prado, Hermoso había comenzado a destacar en el panorama artístico nacional.

Grafitti portada cochera del edificio Vázquez López, por Man-o-matic.
Grafitti portada cochera del edificio Vázquez López, por Man-o-matic. / Alejandro Conejo

En esos primeros años obtuvo premios significativos y atrajo la atención de la crítica por la corrección de su dibujo, el dominio del color y la fuerza expresiva de sus composiciones. Su participación en la Exposición Onubo-Extremeña de 1903, celebrada en Huelva, resultó decisiva: allí obtuvo una Medalla de Oro y el Premio de Su Majestad el Rey, consolidando una relación temprana con la ciudad que ayuda a explicar el posterior encargo del retrato de Vázquez López.

Un retrato que captura el alma detrás de la pupila

Desde el punto de vista artístico, el retrato de Manuel Vázquez López revela ya las cualidades que definirían a Eugenio Hermoso como uno de los grandes pintores de su generación. Sobre un fondo oscuro, la figura emerge gracias a un eficaz juego de claroscuros que remite a la tradición tenebrista española, con claros ecos de Zurbarán y Ribera. La paleta es austera: el negro del traje, la blancura de la camisa y la carnación del rostro concentran toda la atención del espectador.

Esa herencia tenebrista se percibe en la sobriedad compositiva y en el uso expresivo de la luz, pero la verdadera novedad está en la psicología del personaje: la capacidad de Hermoso para “capturar el alma detrás de la pupila”, que demuestra ya la madurez y la sensibilidad de un pintor excepcionalmente precoz.

Grafitti portada cochera del edificio Vázquez López, por Man-o-matic.
Grafitti portada cochera del edificio Vázquez López, por Man-o-matic. / Alejandro Conejo

La luz modela el volumen y subraya la expresión. La mirada, firme y directa, transmite autoridad, experiencia y templanza. Hermoso presenta a Vázquez López como un hombre consciente de su papel, seguro de sí mismo, cuya serenidad refuerza la imagen de poder que el retrato debía fijar para la posteridad.

Tanto gustó el cuadro que se hicieron numerosas copias —«copias no mías», puntualizaba el propio pintor— destinadas a las distintas instituciones que el prócer había presidido. Algunas de ellas se conservan: una copia de menor calidad cuelga en la sede de la Autoridad Portuaria y otra ilustra las memorias de la Cámara de Comercio en el Archivo Municipal.

Eugenio Hermoso y Huelva

La relación de Hermoso con Huelva no se limitó a este temprano encargo. En 1914 se instaló en la ciudad para dirigir la Academia de Pintura dependiente del Ayuntamiento y la Diputación Provincial. Su nombramiento contó con el respaldo entusiasta de Juan Ramón Jiménez, quien no dudó en alabar públicamente el valor artístico y humano del pintor. En una carta dirigida al diario La Provincia, el Nobel escribía: «Hermoso es un gran artista puro... Su ejemplo, al frente de la Academia de Huelva, será de elevación y de dignificación del arte».

Durante aquellos años, el de Fregenal se integró plenamente en la vida cultural onubense. Frecuentó la conocida Tertulia de la Palmera, en la Plaza de las Monjas, donde compartía conversaciones con Manuel Siurot —con quien mantuvo una amistad que duró toda la vida—, el fotógrafo Diego Calle y otros intelectuales que animaban la vida cultural de aquella Huelva cosmopolita y efervescente. Ejerció además una notable influencia como maestro, formando a jóvenes artistas locales. El paisaje y los tipos populares de la provincia —las marismas del Tinto y del Odiel, la costa de Punta Umbría, los atuendos tradicionales— pasaron a formar parte de su universo creativo, enriqueciendo una obra que siempre mantuvo una profunda conexión con lo humano.

Tras su etapa onubense, Hermoso se estableció definitivamente en Madrid en 1919, donde llegó a codearse con Baroja, Ortega y Gasset o Valle-Inclán y alcanzó reconocimiento institucional y académico. Elegido académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y catedrático de la Escuela Superior de Bellas Artes, su trayectoria quedó marcada por una constante atención a la figura humana y al estudio psicológico del retrato.

El óleo de Manuel Vázquez López, ejecutado cuando el pintor aún iniciaba su carrera, anticipa ya esas virtudes. Más de 120 años después, la obra sigue cumpliendo la función para la que fue concebida: representar e inmortalizar la imagen “oficial” de un hombre clave en la historia de Huelva. Pocas pinturas han logrado algo semejante. Esa poderosa imagen, que refleja también el poder y la influencia de las élites sociales y económicas de su tiempo, ha saltado del marco dorado al arte callejero, reconvertida hoy en un icono que sigue extendiendo su mirada y su presencia en la ciudad.

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