NOTAS AL MARGEN
David Fernández
Gestionar el éxito
Huelva Paranormal
En un momento de desesperación, una mujer acudió a la iglesia de la Virgen de la Victoria, en busca de consuelo ante la grave enfermedad de su familiar. Lo que allí vivió iba a marcar para siempre su vida y la de quienes la rodean.
Habían pasado ya varios días desde que el diagnóstico se había convertido en una sombra que pesaba sobre toda la familia. En la habitación del Hospital Juan Ramón Jiménez, el aire se enrarecía –más por los gestos que en sí mismo-, el silencio constante y los médicos hablaban con esa voz baja que evita dar falsas esperanzas. Ella, agotada, con los ojos ya hinchados de tanto llorar, decidió salir unos minutos. No sabía bien hacia dónde iba, pero sintió la necesidad de caminar, de respirar, de encontrar un lugar en el que poder descansar y su alma pudiera igualmente descansar del miedo y de la presión de esos días.
Sin pensarlo demasiado, tomó el camino hacia la iglesia de la Virgen de la Victoria, un templo que conocía desde niña pero que hacía años no visitaba. Daba igual la distancia o la lluvia… El sonido de sus propios pasos sobre el suelo le parecía ajeno, como si el tiempo se hubiera para en ese momento, como si se hubiera detenido. Cuando entró, la penumbra del interior la envolvió con una calma inesperada. Las velas parpadeaban frente a la imagen de la Virgen, que desde su altar parecía mirar con ternura a cada uno de los presentes.
Se sentó en uno de los bancos del fondo, sin saber muy bien qué decir ni qué pedir. Apenas podía articular una oración. Su corazón latía con fuerza, y las lágrimas volvieron a brotar, silenciosas. En ese instante, cerró los ojos y, en un murmullo casi imperceptible, suplicó: “Ayúdame, por favor. No puedo más. Haz que se salve”.
El silencio de la iglesia era tan profundo que podía escucharse hasta el más mínimo sonido. Fue entonces cuando, entre aquel sosiego y el aroma del incienso, algo cambió. Una sensación cálida, casi imposible de describir, la envolvió. Y de pronto, escuchó una voz. No era un pensamiento ni un eco ahí manifestándose de su propia mente. Era una voz dulce, clara, maternal, que le dijo: “Tranquila, se va a recuperar”.
El tiempo pareció detenerse. Abrió los ojos de golpe, convencida de que alguien le había hablado. Pero no había nadie cerca. Solo la figura de la Virgen, iluminada por una luz tenue, parecía mirarla con una expresión serena, casi viva. El corazón se le aceleró, y un escalofrío recorrió su espalda. Le pareció que los ojos de la Virgen se habían movido, que la observaban con compasión.
Asustada, se levantó apresuradamente. El resonar de sus pasos resonó en el templo vacío. Empujó la puerta y salió a la calle con el alma temblando entre el miedo y la esperanza. El aire fresco la golpeó de lleno, y por un instante dudó de sí misma, de lo que había vivido. ¿Había sido real aquella voz? ¿O era el producto del cansancio y la angustia?
Con el corazón agitado, caminó deprisa hacia el hospital. Durante el trayecto, recordó las palabras que había escuchado, repitiéndolas una y otra vez, como si fueran un mantra: “Se va a recuperar”. Al llegar, respiró hondo antes de entrar en la habitación. Lo que vio al abrir la puerta la dejó sin palabras.
El familiar, que horas antes yacía pálido y casi sin fuerzas, estaba despierto, con los ojos brillantes y una expresión de alivio. La enfermera, sorprendida, le explicó que había experimentado una mejora muy repentina, algo que no sabían explicar del todo. Ella se acercó, temblando, sin poder contener las lágrimas. El familiar la miró y, con una voz débil pero clara, le dijo: “He soñado con la Virgen de la Victoria. Me sonreía… y le he pedido que me traigas una foto suya”.
La emoción fue tan grande que apenas pudo responder. En ese instante comprendió que algo más grande que la razón había ocurrido. Las palabras que había escuchado en la iglesia, la mirada viva de la Virgen, el cambio inesperado en la salud de su familiar… todo era inexplicable, se unía en un hilo invisible que tejía una historia de fe.
Durante los días siguientes, la recuperación fue tan rápida que los médicos apenas podían explicarlo. Cada visita al hospital era una confirmación de ese momento supremo, extraño, que había vivido. Ella, sin embargo, no buscó respuestas. Sabía, en lo más profundo de su ser, que la promesa se había cumplido.
Volvió a la iglesia pocos días después, esta vez sin miedo. Llevaba una pequeña fotografía de su familiar, ya sonriente, y un ramo de flores blancas. Se acercó al altar con paso lento, miró de nuevo a la imagen de la Virgen y, con un nudo en la garganta, susurró: “Gracias”. La mirada de la Virgen, serena y luminosa, parecía acompañarla una vez más, pero ahora no había temor. Solo gratitud y paz. Sólo con escribir este caso se me ponen los pelos de punta.
Esta mujer acude cada vez que puede a ver a la Virgen de la Victoria. No lo hace por obligación ni por superstición, sino por un profundo agradecimiento. Cada vela encendida es un recuerdo vivo de aquel día en que, en medio del dolor y la desesperanza, una voz inexplicable que le devolvió la fe.
En su casa, junto a la cama del familiar que hoy goza de buena salud, hay una pequeña imagen de la Virgen. Cada mañana, ambos la miran en silencio antes de comenzar el día. Y aunque las palabras no se pronuncian, hay una certeza muy grande como es que la fe, cuando nace del amor, tiene la fuerza de mover montañas.
*Si ha tenido alguna experiencia paranormal, de cualquier tipo, no dude en comunicarse conmigo. Investigaré gratis su caso (como siempre lo hago) y trataré de ofrecerle respuestas: contacto@josemanuelgarciabautista.net
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