Ponce se adelanta a su tiempo y defiende en 1931 que las tareas del hogar han de ser compartidas por la pareja

Crónicas de otra Huelva

“La poesía del hogar no consiste solamente en zalamerías fugaces y contemplar el rayo de luna, cuando lo hay, sino en el gozo de unir los mutuos esfuerzos en todas las cosas necesarias”

Un hombre realizando tareas domésticas.
Un hombre realizando tareas domésticas. / M.G.
José Ponce Bernal / Felicidad Mendoza Ponce

Huelva, 02 de marzo 2026 - 05:00

La introducción

LA INTRODUCCIÓN

Andar entre los pucheros

Este artículo, de tono costumbrista y humorístico, reflexiona sobre el matrimonio y la vida doméstica. A partir de un tema cotidiano —la cocina en el hogar— el autor construye una pieza que combina observación social, ironía y una crítica indirecta a los roles tradicionales de género, una idea con la que Ponce Bernal se adelanta a su tiempo y adopta una postura muy de nuestros tiempos.

Desde el punto de vista estilístico, destaca el uso deliberado de un lenguaje coloquial elevado, con frases largas, incisos y referencias metafóricas (“el navío económico”, “casa de huéspedes”, “andar entre los pucheros”). El artículo alterna reflexiones generales con un ejemplo narrativo final, recurso frecuente en el articulismo de la época, que permite cerrar el texto con un desenlace humorístico y moralizante. La ironía es constante y culmina en la frase final, donde el autor desmonta con sarcasmo la decisión del protagonista.

La originalidad del texto reside en su ambigüedad crítica. Por un lado, Ponce Bernal defiende explícitamente la colaboración doméstica entre marido y mujer, afirmando que no hay “desdoro alguno” en que el hombre cocine, una postura relativamente avanzada para el contexto de 1931. Por otro, el relato final introduce una lectura más conservadora, al ridiculizar al marido que abandona el hogar, calificándolo de “tonto de capirote”, lo que neutraliza en parte el discurso igualitario previo y refuerza el tono burlesco.

En conjunto, el artículo refleja bien la mentalidad de transición de la sociedad española de la época, situada entre valores tradicionales y nuevas ideas sobre el matrimonio y la convivencia. Más que proponer una reforma profunda, el autor utiliza el humor y la exageración para invitar al lector a reflexionar sobre la vida conyugal, manteniendo siempre una distancia irónica que evita el enfrentamiento directo y busca, ante todo, la complicidad del público lector.

Conviene advertir que es de todo punto necesario comer para que el matrimonio viva, bien sea mal avenido o bien avenido. Lo primero y principal porque no se puede vivir sin comer. Lo segundo porque el matrimonio no es cosa de muertos, sino de vivos. Si pues el matrimonio –dos en uno, o dos en veinte, que ahora no tratamos de eso– ha de comer, fuerza es que alguno aderece los condimentos. ¿A quién incumbe esta obligación culinaria? En los hogares donde el navío económico va viento en popa, el condimento corre a cargo de manos expertas y mercenarias. Más donde no hay harina –donde todo, según grave sentencia, es mohína– ese menester lo desempeñan por regla general las mujeres. Acontece también que en muchos hogares, repletos de abundancia, la señora interviene en la cocina, sabedora de que así place a su marido. Lo menos frecuente es que los maridos cocinen. Y ciertamente no alcanzo a comprender la razón de ello. Pues si el marido es hábil en el manejo de las cacerolas y aderezo de las salsas, ¿por qué ha de ser un desdoro el que prepare la comida? El hogar es una construcción en la que deben de colaborar indistintamente, marido y mujer. Todo detalle es de capital importancia en el hogar y así como la mujer puede intervenir, consoladora y delicadamente, en los graves negocios del marido, de la misma manera el marido puede freír una tortilla o limpiar los peroles. Que la poesía del hogar no consiste solamente en zalamerías fugaces y contemplar el rayo de luna, cuando lo hay, sino en el gozo de unir los mutuos esfuerzos en todas las cosas necesarias. No solo debe de haber participación de alegrías sino también participación de dolores y contratiempos. Eso es hogar y lo que no sea así, es casa de huéspedes, más o menos confortable.

Recorte de 'Comer matrimonio viva'.
Recorte de 'Comer matrimonio viva'. / M.G.

Opino, pues, que llegado el caso no hay desdoro alguno en que el marido ande entre los pucheros. Con lo que no puedo transigir es con que la señora, no solo no vea con agrado esta buena disposición del marido, sino que, a hurtadillas, desbarate el plan cocineril y estropee los guisos con el propósito de armar la consabida bronca.

Tal le sucedió a un buenazo y pacientísimo amigo mío. Guisaba él y su señora complacíase en averiar el curso de los guisos para refrotarle la tortilla negra por las narices o el asado sin sal. Mi amigo, agotada la paciencia, se ha separado de su agria compañera.

«Como yo puedo guisar muy bien si me dejan solo –me decía– la mala intención de mi mujer es evidente, y, por tanto, me separo de una esposa que hace imposible mi vida hasta cuando le sirvo de cocinero».

Esta ha sido la razón que pesó en el ánimo de mi pobre amigo, que con sus peroles y cazuelas, fuese con la música a otra parte. Indudablemente era tonto de capirote.

Blanqui-Azul

Diario de Huelva, 7 de enero de 1931

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