Mario Pousada: la belleza de no poner fronteras
Trinchera Sonora
El músico onubense firma en ‘Amalgama’ un viaje sonoro donde el jazz, la tradición y el mestizaje cultural se convierten en un acto de identidad y riqueza artística
El mestizaje no es una amenaza. Nunca lo ha sido. Es, de hecho, uno de los motores más poderosos del avance de la civilización. La cultura no progresa cuando se encierra, sino cuando se mezcla, cuando dialoga, cuando se deja atravesar por otras miradas, otros lenguajes y otras formas de entender el mundo. Las músicas que han perdurado no lo han hecho por pureza, sino por permeabilidad. Por esa capacidad de absorber, transformar y devolver algo nuevo. En tiempos en los que la xenofobia y el miedo al otro vuelven a levantar la voz, reivindicar el mestizaje no es solo una postura artística: es una declaración ética.
En ese territorio fértil, abierto y sin fronteras cómodas habita la música de Mario Pousada. Un músico que no entiende la creación como una suma de estilos, sino como un espacio de encuentro. Escuchar su trabajo no es asistir a una demostración de virtuosismo —aunque lo haya—, sino dejarse llevar por un lenguaje que se construye desde la curiosidad, el respeto y la escucha profunda de tradiciones muy diversas.
Nacido en Huelva en 1995, Pousada lleva años trazando un camino propio que huye de las etiquetas cerradas. Su formación en jazz y música moderna, entre Lisboa y Sevilla, es solo una parte del viaje. La otra, quizá la más determinante, nace de su fascinación por las músicas populares y tradicionales del Magreb, los Balcanes, Oriente Medio o Asia Central. No como ornamento exótico, sino como raíz viva. En sus composiciones conviven sonoridades antiguas y lenguajes contemporáneos con una naturalidad desarmante, como si siempre hubieran estado destinadas a encontrarse.
Su último trabajo, Amalgama (2025), es el mejor ejemplo de esa forma de entender la música. El título no engaña: aquí no hay compartimentos estancos ni jerarquías culturales. Todo dialoga. Todo suma. Las piezas fluyen sin pedir permiso, borrando la frontera entre el jazz, el rock, la música étnica y la improvisación contemporánea. Es un disco que no busca deslumbrar al oyente, sino invitarlo a cruzar un umbral. Eso sí, exige algo a cambio: desprenderse de prejuicios, escuchar sin mapas preconcebidos y aceptar que la belleza también puede venir de lugares inesperados.
Lo admirable del trabajo de Pousada es que ese mestizaje no suena forzado ni intelectualizado. Hay una profunda vocación comunicativa en su música. Cada tema respira, se despliega con calma, construyendo paisajes que remiten tanto a lo ritual como a lo urbano. No hay urgencia, pero tampoco complacencia. Hay oficio, sensibilidad y una enorme capacidad para generar climas emocionales que atrapan sin necesidad de palabras.
Quizá por eso su música resulta tan accesible pese a su riqueza. No es un ejercicio hermético ni una propuesta destinada a minorías ilustradas. Al contrario: es una invitación abierta a viajar. A dejarse llevar por melodías que parecen antiguas y nuevas al mismo tiempo, por ritmos que conectan territorios y por un lenguaje musical que entiende la tradición como un punto de partida, nunca como un ancla.
A lo largo de su trayectoria, Mario Pousada ha colaborado con artistas de universos muy distintos —del flamenco a la música gnawa, de la copla al jazz— y ha desarrollado una intensa labor pedagógica dentro y fuera de España. Todo ello se percibe en su manera de tocar y de componer: hay conocimiento, pero también humildad; hay técnica, pero siempre al servicio de la emoción.
En un panorama musical cada vez más dominado por la inmediatez y el consumo rápido, propuestas como la suya resultan no solo valiosas, sino necesarias. Amalgama no es un disco para pasar de fondo: es un trabajo que pide atención y devuelve recompensa. Escucharlo es recordar que la música puede ser un espacio de encuentro, un territorio común donde las diferencias no separan, sino que enriquecen.
Huelva puede sentirse orgullosa de contar con un creador así. No por una cuestión de origen, sino por lo que representa: una manera abierta, valiente y profundamente cultural de entender la música. Mario Pousada no sigue modas ni persigue etiquetas. Construye puentes. Y en un tiempo de muros, eso lo convierte en una de las propuestas más singulares, coherentes y necesarias que ha dado esta tierra en los últimos años.
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