juicio por el doble crimen de almonte | declaración del acusado

"Primero, no soy capaz de hacer algo así; segundo, yo estaba trabajando"

  • Francisco J. Medina, muy sereno, responde ante el tribunal que no es celoso ni controlador

  • No se explica cómo su ADN llegó a las toallas si hacía tres años que no entraba en el piso

Tranquilo, concreto y seguro de sí mismo, de su versión de los hechos. Así se mostró en la tarde de ayer ante el jurado popular que lo juzga por los asesinatos de Miguel Ángel y María Domínguez el almonteño Francisco Javier Medina, único acusado por los luctuosos hechos acontecidos el 27 de abril de 2013. "Primero, yo no soy capaz de hacer algo así; segundo, yo estaba trabajando cuando sucedió todo", sentenció durante el turno del interrogatorio de uno de sus abogados, Juan Ángel Rivera. "Yo no los maté", aclaró.

A lo largo de tres horas, el presunto autor de las muertes violentas de padre e hija defendió con uñas y dientes su postura y alabó al que fuera su compañero de trabajo en el supermercado y marido de Marianela Olmedo (quien mantenía con él una relación extramatrimonial), Miguel Ángel Domínguez. "Era una bellísima persona, que no tenía ningún problema con nadie, no conocía de conflictos y jamás se metía en problemas". Con la menor también mantuvo un contacto usual al principio, aunque después, cuando ya se convirtió en el amante de su madre allá por 2009, "evitaba el contacto con ella".

Cuando me enteré de las muertes estuve días sin ir a trabajar, llorando como un niño chico"

De su relación con Olmedo detalló que era "de idas y venidas; unas veces estábamos bien y otras no, pero nunca la insulté ni la controlé". Es más, garantizó que "jamás le pedí que se separara de Miguel Ángel y siempre la he respetado; era ella la que venía a mí, hacíamos las paces y volvíamos". Tanto es así, afirmó, que considera que Marianela era "como el perro del hortelano, que ni come ni deja comer y no me dejaba vivir mi vida".

Medina entiende que ella "sí era celosa" y se exculpa de ejercer cualquier tipo de control sobre Olmedo, ni de su forma de vestir ni de las personas con las que podía relacionarse. A las preguntas del fiscal, Pablo Mora, sobre si le tenía celos a Miguel Ángel -lo que se considera el móvil del crimen-, el almonteño espetó: "¿Celos por qué? ¿Si yo no estaba con Marianela de qué iba a tener yo celos?".

El procesado se considera una persona "totalmente sincera" y que, en caso de ver mucha sangre, "me desmayo". Cuando el Ministerio Público pidió que se le exhibieran las tres toallas en las que el Instituto Nacional de Toxicología localizó sus restos genéticos y que se encontraban en repartidas en los dos baños del piso de la avenida de los Reyes donde se cometió el crimen, Francisco Javier aseguró que nunca las había visto "ni me lavé el cuerpo con ninguna de ellas el día del crimen". Se reiteró en sus declaraciones precedentes, asegurando que llevaba por lo menos tres años sin acceder a la vivienda del matrimonio Domínguez Olmedo y que "es inexplicable que mi ADN esté en ellas".

Aquel trágico 27 de abril de última sabatina rociera en Almonte estuvo trabajando entre las 15:00 y las 22:00 en el supermercado, precisó a las acusaciones y la defensa, a lo que añadió que cree que no salió de allí a repartir ningún pedido. En torno a las 22:05 aproximadamente "salí del supermercado con otros compañeros", entre los que estaba Marianela. A las 22:10, cuando estaba llegando a casa de sus padres en la calle Cristo, "me llamó el gerente porque se le había olvidado darme las llaves" del comercio para que él pudiera abrirlo el lunes a primera hora.

En ese impás de "cuatro o cinco minutos" se encontró cerca del Chaparral con dos caballistas a los que saludó desde su Golf de color azul. Y aquí fue donde el abogado de las víctimas, Gustavo Arduán, lo puso contra las cuerdas. Profundizó más sobre la temporalidad de este breve trayecto -hay que tener en cuenta que los investigadores fechan el doble crimen entre las 21:50 y las 22:10- y evidenció ante el jurado que algo no concuerda en su relato. Porque Medina, además, realizó una llamada a Marianela de más de 400 segundos (unos siete minutos) cuando ambos habían abandonado ya, presuntamente, el supermercado. La comunicación se inició exactamente a las 22:09.

El inculpado acabó enredado en la madeja del letrado y admitió que en esos escasos cinco minutos que tardó en llegar en coche del trabajo a su casa llamó a Marianela durante siete minutos, se encontró con los caballistas e intercambió con ellos unas palabras desde el coche y también conversó con su gerente por teléfono sobre el olvido en la entrega de las llaves.

Prosiguió el relato indicando que se duchó y se fue a alquilar una película y a buscar la cena para verse esa noche con Olmedo en la casa que ella había alquilado y que habitaba desde que el 8 de abril se había separado de facto de Miguel Ángel. Ella estaba "preocupada porque no conseguía que él le cogiera el teléfono y lo estuvo llamando hasta la 1:00", a lo que Medina la animó para que se quedara tranquila.

Aquella noche durmieron juntos y él se marchó "a las 7:30 u 8:00 del domingo 28 a casa de mis padres y estuve acostado hasta las 12:30; luego recogí a Marianela, comimos juntos y quedamos en ir a Sevilla por la tarde". Él sabía que ella había ido al piso de la avenida de los Reyes para dejar algo de ropa a la niña, concretamente un paraguas y unos calcetines que dejó en el rellano de la escalera. Y que "se había agobiado mucho más porque ya el teléfono de Miguel Ángel estaba apagado y no conseguía contactar con su hija". Por lo que decidieron pasar la tarde en la capital hispalense. Ambos había observado que uno de los ventanales estaba abierto a pesar del frío que hacía aquel día, "lo que me pareció extraño". Pero no subieron al domicilio.

El lunes 29 de abril fue cuando el padre de Marianela Olmedo entró al piso del matrimonio y encontró los cuerpos sin vida de su yerno y su nieta. La reacción del presunto autor de los hechos fue estar "días sin ir a trabajar, tirado en la cama, llorando como un niño chico". Cuando su defensa le preguntó que por qué faltó al trabajo, que si fue algo generalizado entre los compañeros del supermercado, el joven aseguró que "Miguel Ángel y María eran personas queridas, me sentía culpable; él era una persona muy especial y querida en el pueblo".

Desmintió que él supiera dónde Marianela tenía las llaves del piso y admitió tener unas zapatillas Nike del 44,5 "para jugar al fútbol" (calza un 42), aunque la suela de éstas no se corresponde con las pisadas de la escena del crimen.

Reiteró su colaboración con la Guardia Civil desde el primer momento y con la Justicia después. De hecho, ayer no se negó a responder las preguntas de ninguna de las partes. Lo hizo, a entender del abogado de las víctimas, "con una solidez y tranquilidad pasmosas".

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