La librería Ribary: un rincón suizo en la Huelva de la primera mitad del siglo XX
El joven Max J. Ribary llegó a la capital onubense con poco más de veinte años y se integró pronto en la vida social con un punto de encuentro entre lenguas, culturas y circuitos internacionales del libro
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Durante la segunda mitad del siglo XIX, Huelva dejó de ser una pequeña villa marinera para convertirse en una ciudad en rápida expansión. El crecimiento de la población fue realmente intenso: de apenas 8.500 habitantes en 1857 se pasó a más de 21.000 hacia 1900, alcanzando los 44.872 en 1930. Este aumento demográfico, ligado al desarrollo de la minería, la actividad portuaria y el comercio internacional, transformó profundamente la fisonomía urbana y la vida cotidiana, generando nuevas necesidades culturales y nuevos espacios que dieran respuesta a dicha demanda.
En ese contexto de expansión económica y humana, Huelva se abrió al exterior como nunca antes. Junto a los flujos de mercancías y capitales llegaron técnicos, comerciantes y profesionales extranjeros que contribuyeron decisivamente a su dinamismo social y cultural. También llegaron libros, periódicos, idiomas y hábitos lectores que encontraron acomodo en una red de librerías, gabinetes de lectura y establecimientos mixtos que funcionaron como auténticos santuarios del libro. Uno de los más singulares fue la librería de Max J. Ribary, un ciudadano suizo que dejó también su huella en la vida comercial y cultural de la ciudad durante buena parte de la primera mitad del siglo XX.
Nacido en 1886 en Baden
Max Joseph Ribary había nacido en 1886 en Baden, en Suiza. Poco sabemos de las razones que lo llevaron a instalarse en Huelva, pero su presencia está documentada al menos desde 1911. Tenía entonces apenas veinticinco años y figuraba empadronado como huésped en la calle Murillo, en casa de Francisca Carvajal y Pérez de Vargas, una rica hacendada originaria de Bailén. Ese mismo año contrajo matrimonio con María Dolores Carvajal, hija de su casera, iniciando una vida familiar que lo integró plenamente en la sociedad local. Ribary no fue, por tanto, un extranjero de paso, sino alguien que hizo de Huelva su hogar.
Su nombre aparece por primera vez vinculado al mundo del libro en 1916, cuando la librería Ribary se recoge en el Anuario General de España. Poco después, desde 1918, el establecimiento figura de manera continuada en los Libros de Matrícula de la Contribución Industrial de Huelva, conservados en el Archivo Histórico Provincial, lo que confirma una actividad comercial estable y plenamente consolidada.
La librería se encontraba en la céntrica calle Alonso de Mora —la actual Espronceda—, una ubicación estratégica dentro del entramado urbano. Era un tiempo en el que los comercios salpicaban el corazón de la ciudad, muy lejos de los modelos de consumo masivo a los que hoy estamos habituados, concentrados en centros comerciales periféricos. Espacios de la modernidad que han contribuido, en buena medida, a alterar y empobrecer aquella rica vida comercial que caracterizaba a nuestros centros históricos.
Como ocurría con muchas librerías de la época, el negocio de Ribary era mucho más que un simple despacho de libros. Funcionaba también como almacén de artículos de escritorio, ofrecía servicios de encuadernación e imprenta y atendía a un público variado, desde estudiantes hasta profesionales. A todo ello se sumaba una faceta hoy poco conocida pero muy significativa de las aficiones del dueño: Ribary se anunciaba como experto filatélico y comprador de colecciones de sellos, un ámbito que conectaba la librería con redes de coleccionismo internacional y con una clientela especializada.
El dominio de varios idiomas fue otro de los rasgos distintivos de Max J. Ribary. Al menos desde 1916 impartía clases de inglés, francés y alemán, actividad que anunciaba en la prensa local. La Provincia lo presentaba como profesor de lenguas en los bajos de la calle Canalejas, donde simultaneaba la enseñanza con la compraventa filatélica. Este prestigio como docente acabaría llevándolo al ámbito de la enseñanza oficial: en 1928 figura en el Boletín Oficial del Estado como profesor de alemán en el Instituto Nacional de Segunda Enseñanza de Huelva. La librería Ribary fue, por tanto, también un espacio donde convergían el aprendizaje de idiomas y el acceso a una cultura europea cada vez más demandada.
Uno de los aspectos más interesantes —y menos conocidos— de la librería Ribary es su relación con la poderosa Rio Tinto Company Limited. La documentación de la compañía británica, estudiada por María Dolores Carrasco Canelo en su evocador libro sobre la biblioteca victoriana del barrio inglés de Bellavista, en Minas de Riotinto, revela que el establecimiento del librero suizo actuó como cauce de salida para los fondos considerados prescindibles de la biblioteca británica. Ante la necesidad de liberar espacio para nuevas adquisiciones, se revisaban los ejemplares antiguos, sobre todo novelas y obras de ficción catalogadas como obsolete fiction o incluso useless. Muchos de estos volúmenes eran enviados a la librería de Ribary para su reventa a bajo precio, generalmente por veinticinco céntimos. Los ejemplares en peor estado se destinaban al Seamen’s Institute, donde cumplían una función benéfica entre los marineros extranjeros que recalaban en el puerto.
Gracias a este circuito, muchos libros en inglés, provenientes de una biblioteca corporativa de origen británico, acabaron circulando por Huelva, al alcance de lectores que difícilmente habrían tenido acceso a ellos de otro modo. La librería Ribary se convirtió así en un eslabón más para la difusión de la cultura anglosajona en la ciudad, y también en un espacio para la reutilización de los llamados libros de lance o de ocasión.
Pero Ribary no solo vendía libros de segunda mano. Entre los volúmenes nuevos que pasaron por su establecimiento destacan las guías de viaje ilustradas de la colección Black’s Beautiful Books, publicadas por la prestigiosa editorial londinense Adam and Charles Black. Se trataba de obras de cuidada edición, muy apreciadas por el público anglosajón y por lectores acomodados. Hoy se conservan diecinueve de estas guías en la Biblioteca Provincial de Huelva, dentro del fondo Vázquez López, y algunos ejemplares mantienen todavía la pegatina comercial de la librería: «Max J. Ribary & Cía., Alonso de Mora, 10, Huelva». Son pequeños restos materiales que hablan de las redes internacionales del comercio librero que llegaban hasta nuestra ciudad.
Control de la censura
La trayectoria de la librería Ribary no estuvo al margen de los grandes acontecimientos del siglo XX. Durante la Guerra Civil, el establecimiento quedó sometido al control de la censura. La orden de 29 de mayo de 1937 obligaba a las librerías de la zona nacional a remitir periódicamente a la Delegación de Estado para Prensa y Propaganda listas detalladas de los libros que ponían a la venta. En la documentación de este organismo aparece mencionada la librería e imprenta Max J. Ribary, prueba de que también este espacio cultural fue vigilado y regulado en un tiempo de restricciones y control ideológico.
Las últimas referencias oficiales que hemos podido localizar respecto a la librería se encuentran en la Guía de editores y libreros de España de 1959. En la edición siguiente, publicada en 1964, el establecimiento ya no figura. A partir de entonces, el rastro documental se diluye y la librería Ribary desaparece del mapa comercial de Huelva.
Con ella se cerraba una etapa. La librería de Max J. Ribary fue algo más que un negocio: fue un punto de encuentro entre lenguas, culturas y circuitos internacionales del libro; un espacio donde convivieron la enseñanza, el coleccionismo y la lectura. Un ejemplo más de cómo la Huelva de finales del XIX y comienzos del XX fue, también, una ciudad lectora. Un santuario del libro que, aunque hoy ya no exista, merece ser recordado como parte del patrimonio cultural onubense y como uno de aquellos antiguos rincones en el que los amantes de los libros y la lectura se encontraban en nuestra ciudad.
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