Juglares del Whisky: poesía con resaca de rock
Versos recitados, estribillos cantados y guitarras de taberna dan forma a un proyecto tan literario como indomable nacido en los micros abiertos del 1900
La figura del juglar pertenece a otro tiempo. A una época en la que las historias viajaban de pueblo en pueblo dentro de una guitarra, de una voz o de un puñado de versos. No había escenarios gigantes ni algoritmos que decidieran qué canción debía sonar. Solo había un artista, un puñado de palabras bien hiladas y la voluntad de contar algo verdadero. Aquellos juglares caminaban kilómetros para llevar sus relatos allí donde hubiese oídos dispuestos a escuchar. Y aunque los siglos han cambiado muchas cosas, hay algo de ese espíritu que sigue sobreviviendo en los márgenes de la música.
En Huelva, ese viejo oficio ha encontrado una forma nueva de manifestarse. Se llama Juglares del Whisky y no es una banda al uso, ni pretende serlo. Es más bien un artefacto literario-musical construido con poesía, guitarras, armónica, ironía y una buena dosis de espíritu canalla.
Detrás del proyecto están Ángel González, Mario Calvo y Rubén Pérez, tres nombres que se presentan con seudónimos que dicen mucho de lo que ocurre cuando se suben a un escenario: el poeta canalla, el pirata de la rima y la guitarra impostora. Los dos primeros se conocen desde la juventud y comparten una vieja pasión por la literatura, la métrica y la poesía clásica. De hecho, están trabajando juntos en un libro de sonetos mientras Ángel suma a su trayectoria una novela escrita íntegramente en décimas, Memorias de un sinvergüenza. El tercero llegó casi por casualidad, armado con una guitarra que —según él mismo bromea— no debería estar tocando, ya que siempre fue bajista. Pero a veces los accidentes creativos son el principio de algo interesante.
Todo comenzó en los micros abiertos del bar 1900. Ángel y Mario habían decidido probar suerte recitando algunos poemas. Rubén aceptó acompañarlos con unos arpegios sencillos para darles un poco de atmósfera. Aquella idea mínima, casi improvisada, empezó a transformarse poco a poco en algo distinto: versos que se mezclaban con canciones, estrofas recitadas que desembocaban en estribillos cantados, armónicas que aparecían entre décimas y sonetos. Sin proponérselo, habían construido una pequeña criatura híbrida entre la poesía oral y el rock de barra de bar. Así nacieron Juglares del Whisky.
El nombre no engaña. En su universo conviven el humor canalla, la nostalgia literaria y una cierta estética bohemia donde la palabra sigue teniendo peso. En sus canciones aparecen mujeres, alcohol, ironía, guiños a la tradición literaria y también algún zarpazo social. Ángel recita con un tono narrativo que recuerda a los viejos contadores de historias mientras Mario convierte las rimas en canciones que pueden sonar a blues, pop o rock según lo pida el momento. Entre ambos se cuelan ecos de autores que han sabido mezclar poesía y música sin complejos, desde Joaquín Sabina hasta Robe Iniesta o Javier Krahe, referencias que sobrevuelan su imaginario sin convertirse nunca en un molde.
Rubén, por su parte, sostiene la arquitectura sonora con esa “guitarra impostora” que ya forma parte de la identidad del grupo. Con un pedal looper y algunos arreglos sencillos consigue que las canciones respiren más allá del formato acústico, dejando espacio para que las palabras hagan su trabajo.
El resultado de todo ese proceso es una maqueta titulada Mester de Golfería, nombre que resume bastante bien la filosofía del proyecto. Un guiño directo al mester de juglaría medieval, pero pasado por el filtro de un grupo que se mueve entre bares, escenarios pequeños y una escena que no siempre sabe qué hacer con algo tan difícil de clasificar. Las canciones se grabaron casi de manera espontánea, en apenas unas horas de estudio y con la ayuda de amigos como el técnico Alejandro Ramos y el batería Carlos Gálvez, que se lanzó a improvisar sin conocer previamente los temas. Ese espíritu artesanal recorre todo el trabajo.
Hay piezas que coquetean con el blues, otras con el rock clásico, alguna que se vuelve casi punk en su suciedad —como Pájaro de mal agüero— y otras que se detienen en terrenos más pausados. Lucille se convierte en un pequeño homenaje a la legendaria guitarra de B.B. King, mientras Que regresen los 90’s destila nostalgia generacional. En Amalgama, incluso, se atreven a entrelazar versos de autores como Lorca, Bécquer o Espronceda, demostrando que la tradición puede convivir perfectamente con la ironía de un estribillo de bar.
Nada de esto nace con pretensiones de mercado. De hecho, el propio grupo reconoce que su propuesta no encaja fácilmente en los circuitos habituales, donde muchas salas prefieren bandas de versiones antes que proyectos originales y, mucho menos, si incluyen poesía recitada. Pero precisamente ahí reside la gracia de Juglares del Whisky: en ese carácter artesanal, imperfecto y libre que se resiste a convertirse en un producto. Mientras otros buscan fórmulas, ellos siguen afinando versos. Quizá por eso han adoptado una especie de lema que resume bastante bien su filosofía vital: “Románticos, solo si cae en sábado.”
El resto del tiempo prefieren seguir siendo juglares. Lanzando rimas al viento, guitarra en mano, whisky en la barra y la certeza de que, incluso en una época de ruido constante, todavía hay historias que merecen ser contadas.
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