Huelva y sus cementerios. Un recorrido histórico por el patrimonio de la muerte

De las necrópolis megalíticas a los modernos panteones, el mapa funerario de la provincia revela el rostro más humano de su historia

El cementerio de La Soledad de la capital alberga un interesante repertorio escultórico.
El cementerio de La Soledad de la capital alberga un interesante repertorio escultórico. / Rafa del Barrio

El ser humano no ha soportado nunca la idea de desaparecer. Decía Ortega y Gasset que es el único ser en la Tierra que vive proyectándose hacia el futuro, y que lo hace porque sabe que no lo tendrá, que tarde o temprano, lo quiera o no, de una forma o de otra, morirá. Esa conciencia de su propia caducidad es precisamente la que lo ha hecho constructor, artista, narrador o creyente, y así ha sido desde el principio de los tiempos. Cada cultura ha intentado siempre prolongarse más allá de sí misma, fingir que puede vencer a la muerte perdurando a través de una huella que deje constancia de su paso por el mundo. Los cementerios son el resultado más antiguo y más humano de esa necesidad de permanecer cuando todo lo demás se borra. Antes de que existieran las ciudades, muchas comunidades prehistóricas eligieron los lugares de enterramiento como centros simbólicos de su propia existencia. Los dólmenes, túmulos y necrópolis eran puntos de referencia territorial. De hecho, hay evidencias de numerosos pueblos neolíticos que se fundaron junto a sus necrópolis, usándolas como eje ritual y de identidad. Como una defensa contra el olvido, el arte funerario ha sido el modo más antiguo de vencer al tiempo. Cada época ha inventado su propia forma de mantener a los muertos presentes. En las culturas megalíticas, los enterramientos eran el punto de encuentro entre el cielo y la tierra; en las civilizaciones clásicas, la tumba fue la prolongación de la casa; en la Edad Media, los cementerios rodeaban los templos y daban sentido a la comunidad; y ya en la Edad Moderna, el miedo a las enfermedades llevó a los muertos fuera del centro de las ciudades.

La provincia entera es una topografía de la muerte, desde los enterramientos neolíticos como este de El Pozuelo hasta los modernos cementerios.
La provincia entera es una topografía de la muerte, desde los enterramientos neolíticos como este de El Pozuelo hasta los modernos cementerios.

En Huelva, ese rastro atraviesa al menos seis milenios. La provincia entera es una topografía de la muerte, desde los enterramientos neolíticos de la Cueva de la Mora o los conjuntos megalíticos de El Pozuelo y el Dolmen de Soto, el territorio onubense ofrece una secuencia funeraria ininterrumpida a lo largo de miles de años. Las tumbas del Seminario, las necrópolis tartésicas de La Joya, el Parque Moret y La Esperanza, las romanas de Punta Umbría y La Orden, las islámicas de San Pedro y La Merced en la capital o los enterramientos medievales de Niebla o Santa Olalla del Cala trazan una misma línea que llega hasta el presente. La historia de un territorio puede leerse en sus templos, en los libros o en los restos que esconde su subsuelo, pero también -puede que sobre todo- en sus cementerios, y resulta que la más reciente de nuestra provincia la guardan algunos realmente curiosos.

Los restos de la Tumba 14 de la necrópolis tartésica de La Joya, con casi 3.000 años de antigüedad.
Los restos de la Tumba 14 de la necrópolis tartésica de La Joya, con casi 3.000 años de antigüedad.

En la capital, el actual cementerio de La Soledad destaca por albergar los restos de uno de los nombres más universales de la historia contemporánea que, resulta, ni siquiera es real: el cadáver del mayor William Martin, el “hombre que nunca existió”, yace, o debería hacerlo, bajo una lápida sencilla que cuenta la insólita historia de un cadáver que cambió el curso de la Segunda Guerra Mundial. Diseñado por Pérez Carasa e inaugurado en 1928, La Soledad cuenta con una forma radial bastante inusual en España, configurada por una planta semicircular dividida en seis sectores -San Juan, San Marcos, Santiago, San Pedro, San Lucas y San Mateo- que convergen en una rotonda central, donde se alza la imagen de la Virgen sobre una fuente decorada con tritones de hierro fundido que fueron recuperados de la antigua Fuente Magna de la Plaza de las Monjas. El cementerio, que sustituyó al antiguo recinto de San Sebastián, que a su vez sucedió al de San Pedro, clausurado por razones sanitarias, y al cementerio clandestino del cabezo de La Horca, posee un notable repertorio escultórico y se considera un ejemplo de urbanismo funerario racionalista.

La tumba de William Martin, 'el hombre que nunca existió', en el cementerio de La Soledad (Huelva).
La tumba de William Martin, 'el hombre que nunca existió', en el cementerio de La Soledad (Huelva).

Allí reposan algunos de los principales nombres de la burguesía local, como el empresario, alcalde y benefactor Antonio de Mora Claros, el político liberal José Coto Cobián, el periodista y editor Guillermo Duclós o ilustres apellidos de la colonia extranjera vinculada a la minería y al comercio marítimo, como Guillermo Sundheim, el empresario alemán que impulsó el ferrocarril y el puerto de Huelva, los Weickert, los Clauss, los Wetzig o los Hexamer, sin olvidar el panteón de los Litri, que reúne a varias generaciones de la dinastía de toreros.

La peculiar forma radial del cementerio de La Soledad es bastante inusual.
La peculiar forma radial del cementerio de La Soledad es bastante inusual.

En contraste con la solemnidad de la ciudad, los cementerios rurales del Andévalo y la Sierra conservan ese toque único, especial, de la tradición. El de Calañas, fechado en 1888 y ampliado en 1927, es un caso excepcional por la riqueza de su decoración cerámica. Sus muros encalados se coronan con molduras de ladrillo y unos remates vidriados en forma de antorcha llamados flambeaux que constituyen un recurso decorativo rarísimo en la provincia. Además, en su trazado original se documentó la existencia de un sector separado para no católicos, más tarde incorporado al conjunto, que ilustra la división confesional de la Huelva del siglo XIX. El de Zufre conserva un curioso trazado escalonado sobre la ladera, con un admirado crucero de piedra en el centro, mientras que Galaroza destaca por mantener la vieja costumbre del descanso bajo tierra y la práctica ausencia de nichos, que pervive en muy pocos lugares de Andalucía.

El de Cortelazor conserva aún un trozo de tierra sin consagrar que la tradición cristiana reservaba a suicidas o no creyentes, y el de Almonaster tiene unas vistas tan impresionantes que se ha convertido en un atractivo turístico más de un pueblo que ya está considerado de los más bonitos del mundo. Encinasola esconde una original arquitectura de frontera, con una iconografía luso-andaluza que demuestra el interesante mestizaje cultural y social de la localidad, que se refleja además, como ocurre en Ayamonte, en los numerosos apellidos portugueses que hay escritos en sus lápidas. En Santa Olalla del Cala, el castillo medieval sirvió como cementerio durante el siglo XIX y comienzos del XX, y sus muros llegaron a ser perforados para alojar nichos y osarios. Cerrado en 1917 y restaurado en 2006, el recinto revela un episodio insólito de superposición entre la arquitectura militar y la funeraria.

El otro legado británico

La historia minera e industrial del siglo XIX también dejó su huella en la forma en que se entendía la muerte. Los ingenieros, técnicos y empresarios británicos que explotaron las minas levantaron sus propios cementerios, regidos por las normas de la Iglesia anglicana. El cementerio británico de Huelva, contiguo a La Soledad y que aún hoy, a pesar de las promesas de restauración y puesta en valor, continúa abandonado a su suerte, fue creado en los años treinta en un terreno de 3.650 metros cuadrados, con una pequeña casa de guarda y un portón de hierro. Perteneciente a la Iglesia Española Reformada Episcopal, conserva cerca de doscientas sepulturas documentadas en el Burial Register del Consulado. Sus lápidas planas, cruces celtas y obeliscos, tallados en mármol y piedra caliza, siguen el canon de los cementerios jardín victorianos, y sus nombres remiten a la colonia extranjera que articuló el comercio y la minería, aunque también descansan allí algunos héroes de guerra como el sargento de la RAF Philip Bernard Crossan y el de la fuerza aérea australiana Geoffrey Lennox Avern, caídos en territorio onubense en 1942.

Los cementerios 'ingleses' de Riotinto, Tharsis y Huelva recogen el testigo funerario del legado británico.
Los cementerios 'ingleses' de Riotinto, Tharsis y Huelva recogen el testigo funerario del legado británico.
El cementerio ingles de Huelva sigue en mal estado, pese a las promesas de reparación y puesta en valor.
El cementerio ingles de Huelva sigue en mal estado, pese a las promesas de reparación y puesta en valor. / Josué Correa

En Riotinto, el cementerio inglés de Bellavista, fundado en 1877, ocupa un pequeño recinto ajardinado junto al barrio victoriano del mismo nombre. Alberga cincuenta y seis sepulturas -cuarenta y siete protestantes y nueve católicas- y una portada de hierro forjado diseñada en 1929 por el ingeniero Alan Brace. Las inscripciones, todas en inglés, siguen la tradicional fórmula “In Loving Memory” y recogen la vida de ingenieros, médicos y familiares de la Rio Tinto Company Limited. En Tharsis, el cementerio protestante de Pueblo Nuevo, construido hacia 1875, fue abandonado durante décadas hasta su restauración entre 2007 y 2009. Declarado Bien de Interés Cultural, mantiene sus muros de mampostería, las lápidas originales y paneles bilingües que explican su historia. La última sepultura, la de Phyllis Tracey Gray, data de 1988. Los tres recintos -Huelva, Bellavista y Tharsis- forman un conjunto único en España y son una fuente esencial para estudiar la presencia británica en Andalucía.

La industria minera tiene también otra expresión funeraria en el cementerio municipal de Nerva, levantado en 1917 según los modelos de salubridad industrial y del que se conservan los planos y reglamentos originales elaborados por la empresa minera, muy valiosos para entender la organización social del entorno. Muy distinto es el caso de La Naya, el cementerio del poblado minero abandonado en 1972. El lugar, hoy cubierto de maleza, es de lo poco que se conserva de aquel poblamiento industrial desaparecido, pero sobre todo es, contra todo lo que debería representar, un monumento al olvido.

Tierra de artistas

Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí descansan en el cementerio de Moguer.
Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí descansan en el cementerio de Moguer.

El patrimonio funerario de la provincia es también un fiel guardián de su cultura. En Moguer, bajo un panteón de granito y piedra de Novelda, reposan desde 1959 los restos del poeta y Premio Nobel Juan Ramón Jiménez y los de su esposa Zenobia Camprubí. La obra, realizada por el marmolista Francisco Fuertes Pérez, refleja la estética sobria del poeta. En el mismo municipio, bajo el Pino de Fuentepiña, descansa el burrito Platero. En San Juan del Puerto, el periodista Jesús Quintero tiene desde 2023 un mausoleo diseñado por Elías Rodríguez Picón: una escultura de bronce a tamaño natural que supone la primera intervención de arte contemporáneo en un camposanto onubense.

Por supuesto, como testigos que son de todas sus obras, los cementerios también pueden mostrar el lado más cruel del ser humano. Huelva, Nerva, Minas de Riotinto, San Juan del Puerto, Isla Cristina, Almonte, Encinasola o Higuera de la Sierra, entre otros muchos, albergan el rastro terrible de la Guerra Civil y la represión franquista. Se calcula que hay más de 6.500 personas enterradas en fosas comunes en los cementerios de la provincia, un amargo recordatorio del capítulo más triste de la historia de España, pero también de la necesidad de preservar y reparar la memoria y garantizar la justicia.

Exhumaciones en una de las fosas comunes del cementerio de La Soledad.
Exhumaciones en una de las fosas comunes del cementerio de La Soledad.

Cortelazor, Cumbres Mayores y su bella entrada de piedra caliza, Aroche, junto a la muralla medieval, Higuera de la Sierra con su patio rodeado de cipreses, El Almendro, Villanueva de las Cruces, Cabezas Rubias, con unas curiosas tumbas de mampostería, El Cerro de Andévalo, Paymogo, La Zarza, que conserva restos del trazado minero del siglo XIX, Puebla de Guzmán, Aljaraque, Villarrasa, La Granada de Riotinto, Los Marines, Cumbres de San Bartolomé, Rosal de la Frontera, San Bartolomé de la Torre, Alosno... El Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico (IAPH) tiene inventariados un total de treinta y tres cementerios o elementos funerarios en la provincia, desde capillas hasta necrópolis completas que, en conjunto, forman un patrimonio único, capaz de resumir como ninguno la evolución de la fe, la economía, la cultura, la historia de Huelva y, sobre todo, la de su gente. Las mismas manos que levantaron el Dolmen de Soto, las que tallaron ídolos y estelas y forjaron tesoros, las que construyeron castillos y torres, que navegaron sus mares y excavaron sus minas… Esas que levantaron muelles, edificios y fábricas o que cambiaron el curso de las guerras descansan hoy bajo una misma tierra, resistiéndose al olvido. Venciendo a la mismísima muerte. Cada lápida, cada tumba, cada recuerdo de muerte es en sí mismo un canto a la vida, por eso no hay monumentos más sinceros, ni más humanos, que los cementerios.

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