NOTAS AL MARGEN
David Fernández
Gestionar el éxito
El último puerto de Oriente
El sol caía a plomo sobre la colina, coloreando el estuario en púrpura y ocre. Brillando lo justo para arrancar un destello leve al metal pulido del casco de Eudoros, que terminaba de ajustárselo pasándose el dedo índice cuidadosamente bajo la barbilla. Notaba el peso familiar del bronce sobre la nariz y una molesta gota de sudor que le bajaba hasta la nuca. Desde su posición de guardia, apoyado en el muro que coronaba la altura por el norte, la vista era abrumadora, absolutamente ajena a todo lo que había dejado atrás en el Egeo. A su espalda, una sólida estructura de piedra y pizarra protegía el corazón de la ciudad, que latía silencioso, dormido. Abajo, el puerto era un avispero.
Ante sus ojos se extendía una urbe bulliciosa, ajetreada, que olía a salitre y pescado fresco. Los últimos pescadores bajaban la captura del día de sus pequeñas embarcaciones de basta madera junto a las que se mecían las grandes naves de carga: barcos redondeados, de vientre profundo y madera oscura, que compartían amarre con otros navíos más esbeltos y nerviosos. Sobre los tablones del embarcadero, todavía húmedos por el rocío, correteaban algunos niños de un lado a otro. Allí el movimiento era continuo. Hileras de hombres cargaban sobre sus hombros bloques de metal grisáceo, proyectando sus alargadas sombras en la orilla mientras llenaban las bodegas. De las naves recién llegadas emergían ánforas y recipientes barnizados que pasaban de mano en mano, reluciendo sobre la neblina en medio de un murmullo políglota, una mezcla de voces extranjeras mezcladas con los dialectos locales, dispuestas todas a cerrar tratos, dar unas órdenes o simplemente saludar.
La mirada del guardia se deslizó desde el agua hacia el interior. La ciudad despertaba bajo una luz rasante que perfilaba los tejados, un laberinto compacto de muros que se apretaban unos contra otros, trepando desde la ría hasta la ladera del cabezo. Eran construcciones sólidas, levantadas sobre bonitos zócalos de pizarra oscura desde los que se alzaban muros de adobe encalado. En las estrechas calles, el tránsito de carros comenzaba a hacerse notar entre voces y chirriar de ruedas, mezclándose con grupos de mercaderes madrugadores que se dirigían hacia el gran edificio de piedra de la zona baja, cuyas puertas se abrían de par en par para recibir el día. Al oeste, el aire vibraba de otra manera. Bajo los techos de los talleres, el trabajo aprovechaba el fresco de la mañana y el zumbido de los tornos ya era constante. Algunas de las figuras se inclinaban sobre la arcilla pálida, modelando piezas con rapidez, mientras otros avivaban el fuego de los hornos, cuyo resplandor rojizo palidecía a medida que el sol ganaba altura. La ciudad entera, como un engranaje ruidoso, se ponía en marcha. No había nada igual en todo Occidente, pensaba Eudoros mientras volvía la vista al mar, el origen y el destino de todo aquel vaivén. Desde las orillas calmas y enfangadas hasta su desembocadura, allá al sur, la ría era el cordón umbilical que alimentaba un mundo que estaba empezando a descubrir.
En 1930, una draga despertó por la fuerza un viejo casco corintio que dormía bajo la ría de Huelva y lo sacó a la superficie. Hoy, ese hallazgo constituye una de las piezas más singulares de la arqueología peninsular, y es curioso, pero durante mucho tiempo se pensó que, prácticamente, aquello había llegado a Huelva por accidente. Nada más lejos de la realidad. El casco no era el resto de un naufragio solitario, sino la punta del iceberg de una realidad histórica que ha costado descifrar pese a que ha estado siempre bajo el suelo que pisan los onubenses todos los días. Bajo el ajetreo infantil de la Plaza de las Monjas, del cotidiano ir y venir de la calle Concepción, del trasiego del tráfico de Méndez Núñez y la calle Puerto yace la primera gran ciudad-emporio de Occidente, la misma que un día abrió sus puertas a los griegos y su sabiduría.
Para comprender la verdadera dimensión de la presencia helena en la ciudad de Huelva hay que acudir, como casi siempre, a los datos. Solo en una primera revisión de los fondos del Museo de Huelva, que distó mucho de ser exhaustiva, Fernando González de Canales, Académico Correspondiente de la Real Academia de la Historia y uno de los más reconocidos investigadores de la protohistoria de Huelva, y el historiador Jorge Llompartlograron identificar más de dos mil piezas de cerámica griega arcaica (el periodo previo a la etapa más popular, la clásica), de entre finales del siglo VII a. C. y la segunda mitad del VI a. C. Dos mil piezas que tan solo representan la parte visible de una realidad mucho mayor. González de Canales asegura que, dado que la mayoría de los solares del centro no se han excavado y que el riesgo de derrumbe de los edificios colindantes ha limitado sensiblemente el área excavada en aquellos en los que sí se ha podido intervenir, la proyección real es vertiginosa: “puede estimarse en decenas de miles o, quizás más correctamente, en algunos cientos de miles” el número de piezas griegas de la época.
No existe nada similar por cantidad a Huelva en toda la península ibérica salvo, quizás, la colonia griega de Ampurias (Girona), aunque sin las cerámicas atenienses de lujo que atesora la capital onubense. De hecho, obviando los grandes asentamientos propiamente griegos, lo de Huelva solo es comparable con emporios legendarios como Gravisca (el puerto de la Tarquinia etrusca en Italia) o Naukratis (el puerto comercial griego en el Egipto de los faraones). El análisis cualitativo es igual de contundente. En Huelva han aparecido obras de los mejores pintores griegos de figuras negras, como Clitias, Sófilos, el Pintor de la Gorgona y los populares pintores de comastas, figuras de danzarines que adornaban copas y otras vasijas: “Estos vasos reflejan la pujanza de un emporio que, por su elevada disponibilidad de plata, podía permitirse la adquisición de bienes de prestigio sumamente apetecidos”, explica González de Canales.
Puestos a reescribir la historia, hay hallazgos aún más sorprendentes. El dogma ha sostenido tradicionalmente que toda la cerámica griega hallada en Andalucía era importada. Sin embargo, determinadas piezas de Huelva representan una ‘anomalía’ que lo contradice. Tras encontrar que muchas de ellas presentaban pastas de color verdoso-amarillento que no encajaban con las producciones griegas conocidas, los investigadores acudieron a la física nuclear para resolver un enigma que, por otro lado, resultó ser lo más lógico. Los análisis por activación neutrónica, realizados en los prestigiosos laboratorios Actlabs de Canadá, confirmaron que la composición de esta pasta era semejante a la de muestras de arcillas de las canteras de Gibraleón y de otras zonas cercanas a la ciudad, como detalla González de Canales, que tiene claro que este dato revela que los griegos residentes en Huelva, fieles a sus costumbres, “produjeron su propia vajilla tradicional, reduciendo así la dependencia de las importaciones”. Hubo, por tanto, artesanos griegos viviendo en la ciudad, construyendo sus propios hornos y torneando la arcilla onubense para satisfacer la demanda interna, que debió ser intensa. Esta producción local ha servido, además, como un registro medioambiental involuntario de la época.
Al analizar la composición química de esas cerámicas fabricadas in situ se detectó una clara contaminación de las pastas cerámicas por oro y, sobre todo, plata. González de Canales cree que el metal “penetró en la estructura cerámica durante los más de dos mil quinientos años que los fragmentos permanecieron en un medio contaminado” por la intensa actividad metalúrgica de la ciudad, corroborada por el “constante hallazgo en las excavaciones de escorias de plata”, residuos de las fundiciones que trabajaban día y noche procesando el mineral procedente de las minas de Riotinto o Tharsis. La profunda penetración griega se evidencia también por las inscripciones sobre vasos cerámicos, destacando las menciones a cuatro deidades en concreto: Atenea, diosa de la guerra y patrona de Atenas; Niké, diosa alada de la victoria; Hestia, diosa del fuego sagrado del hogar; y al famoso semidiós Heracles, el Hércules romano. Estos grafitos van más allá de la mera devoción: son la prueba de una vida cotidiana arraigada. La presencia de sus dioses sobre piezas fabricadas con arcilla onubense demuestra que aquellos hombres no eran simples transeúntes, sino residentes que mantuvieron sus costumbres lejos de su tierra porque se sentían en casa.
Para González de Canales, toda esta evidencia arqueológica no es más que la demostración de que los textos griegos clásicos hablaban de una realidad geográfica tangible, de un lugar concreto del mapa y de la historia cuando se referían a Tarteso. El investigador onubense cree que todos estos hallazgos permiten identificar Huelva “con el lugar que, con anterioridad, los textos bíblicos denominaron Tarsis y los asirios, Tarsisi”. En la literatura clásica, “Tarteso representa, ante todo, una ciudad-emporio rica en plata”, un espacio en el que se desarrollaban importantes actividades comerciales. Esta descripción “responde plenamente al asentamiento protohistórico de Huelva”, que contaba en esa época con más de 20 hectáreas “densamente urbanizadas”, un tamaño excepcional o, cuanto menos, lo suficientemente grande como para sorprender, y mucho, a cualquiera que llegara desde el otro lado del mundo. Su subsuelo sigue guardando, cree González de Canales, la confirmación de que la ciudad-emporio de Argantonio, el gran mercado de la plata que fascinó a los poetas griegos, estuvo exactamente aquí, donde el Odiel se encuentra con el Tinto.
Lástima que aquel tiempo de prosperidad tuviera los días contados. Muy pronto llegarían sombrías noticias sobre los primeros problemas en las rutas comerciales, y enseguida empezaría a detenerse aquel flujo constante de naves en el puerto, hasta que un día alguien, quizás el propio Eudoros, decidiera que había llegado el momento de marcharse de allí. De tomar un bote, remar en silencio hasta mitad de la hermosa ría y dejar que su viejo y ajado casco se hundiera hasta el fondo. Allí permanecería, protegido por el fango y el olvido, mientras la ciudad, arriba en la superficie, cambiaba mil veces de forma, de manos y gobiernos, de costumbres, de lengua y hasta de nombre. Veinticinco siglos desde que se apagara su luz en el confín del mundo antiguo.
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