Hace 75 años fue historia

Los golpistas ocupan toda la provincia

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EL golpe del 18 de julio de 1936 solo triunfó inicialmente en las ciudades de Sevilla, Cádiz, Jerez, Córdoba y Granada, siendo Huelva la única capital y provincia de Andalucía Occidental que se mantuvo fiel al Gobierno de la República. Málaga, Jaén y Almería también se mantuvieron fieles en la defensa del régimen republicano en Andalucía Oriental. No es extraño que los mineros de Nerva-Ríotinto, como se conocía entonces a la cuenca minera, fueran los primeros en reaccionar al golpe, ya que en la zona existía una fuerte implantación sindical y política de izquierdas que le otorgaban cierto grado de iniciativa y organización.

Así, el 19 de julio los mineros respondieron a la llamada del gobernador militar de Huelva, el general Sebastián Pozas Perea, improvisando una columna de coches y camiones semiblindados, con varios cientos de civiles, algunos armados con escopetas de caza, algún que otro fúsil y muchos de ellos desarmados que escoltaban la dinamita requisada a la Riotinto Company Limited para hacer frente a los golpistas en Sevilla. Sin embargo, el general Pozas se equivocó cuando envió por delante al comandante de la Guardia Civil, Gregorio Haro Lumbreras, con antecedentes golpistas, para que protegiera el avance de la columna minera, ya que se pasó al lado de los sublevados y emboscó a la columna en La Pañoleta, en la entrada de Sevilla. Un camión de dinamita saltó por los aires, murieron 25 personas y cayeron prisioneras otras 71. Los demás huyeron como pudieron.

Aquella acción hizo que Queipo mantuviera desde el principio una postura preventiva sobre la cuenca minera, más aún cuando los mineros volvieron a sumarse dos días después a una segunda expedición, en un tren que debía llevar, esta vez sí, protección militar, pero que quedó estacionado en La Palma del Condado, ya que no hubo posibilidad de dotar de armas a quienes debían ir a Sevilla a defender el orden Constitucional. Desde Madrid se dio la orden: "No hay posibilidad de dotar a la columna de armamento preciso, por lo que es conveniente aplazar la marcha sobre Sevilla". A partir de ahí, los mineros se mostraron muy activos en toda la provincia, asaltando cuarteles de la Guardia Civil, requisando armas y alimentos, y también asaltando y quemando centros religiosos.

"Como la situación en Huelva no está muy clara, he ordenado al comandante Haro y sus guardias civiles que se queden hasta nueva orden en Sevilla, pues las organizaciones obreras dominan los pueblos de la carretera de Huelva a Sevilla…", decía en Unión Radio el general Queipo de Llano tras los sucesos de La Pañoleta. En el mes de julio las columnas golpistas, recibido el apoyo desde Marruecos a través del puente aéreo establecido, se dedicaron inicialmente a controlar la provincia de Sevilla y a consolidar corredores con las capitales sublevadas: Cádiz, Córdoba y Granada. Huelva quedó con muy pocas fuerzas militares y sin asistencia desde el Gobierno central de Madrid. Lo sabía Queipo y decidió asegurarse inicialmente la franja del litoral y el Condado enviando a tal misión al sanguinario comandante Antonio Castejón Espinosa, quien con sus legionarios había vencido la resistencia en barrios sevillanos, como Triana o La Macarena. Su brutalidad era conocida: "No se dudó en anteponer delante de la legión a hombres, mujeres y niños como parapetos humanos para asaltar las barricadas", indicaba José María García Márquez en su libro UGT de Sevilla. Golpe militar, resistencia y represión.

El avance fue muy rápido al replegarse las escasas fuerzas de defensa establecidas por las autoridades republicanas en La Palma del Condado. El 24 de julio se inició la ofensiva rebelde, siendo Chucena y Almonte los primeros pueblos en caer; a partir de ahí en muy pocos días las columnas del comandante Antonio Castejón y las del capitán de Corbeta, Ramón de Carranza, entraron en Bollullos, Manzanilla, La Palma, Rociana, Villalba del Alcor, Niebla, Bonares, Escacena, Lucena, Paterna, Villarrasa y Niebla. Carranza llegó a Valverde del Camino donde se estableció el límite con la zona republicana y donde se producirían continuos enfrentamientos con la resistencia de los mineros que fracasaron en todas sus ofensivas.

Huelva capital fue ocupada el 29 de julio. Las autoridades republicanas trataron de huir hacia Casablanca en el barco Vázquez López, pero el gobernador civil, y los mandos de la Guardia Civil y Carabineros, que habían permanecido defendiendo a la República, vieron como aquel barco soltó amarras sin ellos. Carranza no se detuvo y partió inmediatamente hacia Isla Cristina y Ayamonte. Un día después el comandante Haro Lumbreras fue nombrado gobernador civil y militar de Huelva desde donde dirigió la represión y se dedicó a lucrarse con la incautación de bienes de ciudadanos republicanos, por lo que los propios sublevados le llegaron a incoar varias causas judiciales. Terminaría lejos de Huelva muerto a tiros de un subordinado.

La primera fase de la ocupación de Huelva había terminado. Las contraofensivas lanzadas por los mineros fueron rechazadas, ante las fuerzas militares mejor organizadas y entrenadas. La cuenca minera y la Sierra quedaron como zonas controladas por las organizaciones de izquierdas, pero aislada del territorio controlado por el gobierno republicano central que inicialmente se vio sorprendido y falto de iniciativa ante el golpe militar. Aún así, Queipo no se atrevió a entrar en las minas, tal como dejó escrito en sus memorias: "Era preciso que aquellas columnitas de trescientos o cuatro hombres de que pudiéramos disponer se viesen enfrentadas por una o varias masas de hombres y sufrir un desastre que era preciso evitar en aquellas circunstancias" . Y eso que reconocía la importancia de controlar la explotación minera: "La ocupación de Huelva nos facilitaría tomar las minas de río Tinto de donde obtendríamos cobre".

La ofensiva se retrasó hasta estar seguro de su triunfo. Había que aislar la zona, para lo que envió, en lo que ya sería la segunda fase de la ocupación, al capitán de Corbeta, Pedro Pérez de Guzmán y Urzaiz, a San Bartolomé de las Torres, Puebla de Guzmán, La Zarza, Calañas y Almonaster, lo que significaba controlar la raya con Portugal para evitar que los mineros huyesen por la frontera y recibiesen apoyos desde el país vecino. Hacia el norte se hacía imposible huir, ya que a mediados de agosto el teniente coronel Yagüe y el comandante Antonio Castejón lanzaron su ofensiva contra Badajoz, para lo que pasaron a controlar Santa Olalla y Cala, antes de avanzar sobre Zafra, Almendralejo y Mérida para unir los ejércitos sublevados del norte y el sur.

Una vez conseguido el objetivo de aislar a la Sierra y a la cuenca minera, que quedaron como una bolsa republicana rodeada del territorio controlado por los rebeldes, Queipo mandó realizar operaciones sincronizadas de varias columnas. El comandante de Requetés, Luis Redondo , al mando de la que llevaba su nombre, a la que se la llegó a conocer como "la columna tragapueblos", se lanzó a mediados de agosto a expulsar a los mineros que se habían hecho fuertes en varios pueblos de la Sierra, así penetró en el eje de la carretera Sevilla-Lisboa, haciéndose con el control de Zufre, Higuera de la Sierra, Aracena (18 de agosto), Los Marines, Fuenteheridos, Galaroza, Jabugo y Cortegana. De ahí a la cuenca minera, llegando a Campofrío el 25 de agosto antes de apostarse en Bella Vista, El Valle, Alto la Mesa, La Atalaya y Salvochea (El Campillo), donde se encontró con la columna del capitán Varela Paz.

El capitán de la Guardia Civil, Gumersindo Varela Paz, en los primeros días del golpe se había mantenido fiel a las autoridades republicanas, pero ante el hecho inminente de la ocupación de Huelva se retractó y pasó al bando rebelde. Desde Valverde del Camino avanzó rompiendo las defensas mineras de El Empalme hasta alcanzar el 25 de agosto Zalamea y al día siguiente entró en Salvochea, donde hubo varios muertos de derechas encerrados en la cárcel que fue incendiada. La represión fue brutal hasta el punto de que fueron fusilados la mayoría de hombres de la aldea de La Atalaya, junto al cráter horadado de la mina, a la que se le empezó a conocer como "la aldea de las viudas". Redondo emplazó sus baterías artilleras mirando a la mina y a Nerva, a la espera de que el comandante Álvarez Rementería culminase la operación de pinza diseñada para el control de la cuenca minera, apoyado por la aviación que había bombardeado en los días previos varias localidades de la zona.

Nerva, un pueblo de 17.000 habitantes y núcleo de la mayor resistencia obrera de la provincia, quedó indefenso mientras veía cómo las tropas, al mando del comandante de Infantería, Eduardo Álvarez-Rementería, se acercaban tras ocupar Aznalcollar, El Castillo de las Guardas y las aldeas cercanas sevillanas. No se disparó ni un solo tiro, el alcalde socialista ordenó entregar el pueblo pacíficamente y respetar la vida de los presos. Así se hizo tras crearse en el pueblo una falsa sensación de seguridad pues a nadie se había matado. Queipo venía amenazando a la cuenca desde Unión Radio de Sevilla (EAJ-5) tratando de minar la moral de quienes se habían mantenido fieles a la República: "se va estrechando el cerco de Río Tinto, pues aquellos obreros se han empeñado en recibir un castigo que será proporcionado a la resistencia". Poca resistencia y mucho castigo, ya que en las dos fosas comunes del cementerio de Nerva se calcula que hay más de 1.400 fusilados. Las contradicciones se dejaron sentir, ya que mientras los golpistas nombraban nuevo alcalde a Manuel Albarrán, su hermano Arturo era torturado y fusilado, por haber montado una pequeña emisora de radio (la primera de la provincia), con cuyos aparatos requisados se creó después Radio Nacional de España en Huelva.

Queipo aprovechó su triunfo en la deseada cuenca minera para unos días después fusilar a 67 detenidos sobrevivientes de la acción de La Pañoleta, tras tenerlos encerrados en el asfixiante barco-prisión Cabo Carvoeiro anclado en el Guadalquivir y a quienes había utilizado como rehenes: "les recuerdo que tengo aquí setenta mineros de Río Tinto, cogidos en el campo de batalla, sobre los que puedo ejercer represalia, si lo estimase preciso". Sólo un menor de edad de San Juan del Puerto evitó los paredones donde fueron fusilados en Sevilla como escarmiento a la resistencia al golpe militar.

La organización disciplinada de las tropas se impuso a la desorganizada voluntad de unos milicianos carentes de formación militar. Completada esta nueva fase, solo quedaba hacerse con los residuos de poblaciones onubenses aisladas. Redondo volvió a la Sierra haciéndose con Aroche, Rosal de la Frontera y Valdelarco, regresando a Sevilla antes de terminar agosto. El capitán Varela Paz sería el encargado de hacerse con los últimos reductos onubenses, ocupando el 17 de septiembre Cumbres Mayores y dos días después Cumbres de Enmedio y Cumbres de San Bartolomé.

Encinasola fue un caso excepcional, ya que desde el 11 de agosto el teniente de Carabineros, Enrique Ruz Pérez, decidió volar puntos de acceso al pueblo para evitar la llegada de los mineros de la cuenca del río Tinto que habían asaltado el cuartel de la Guardia Civil de Aroche. Los izquierdistas cortaron el fluido eléctrico y acosaron a los sublevados que recibieron apoyo desde Portugal. La liberación total llegó el 23 de septiembre cuando se presentó en la población la columna dirigida por el capitán de la Guardia Civil, Gumersindo Varela Paz, completando así el control de todas las poblaciones onubenses.

Sólo quedaron en las sierras los fugitivos y los grupos guerrilleros que se habían formado tras el rápido avance rebelde. La guerra de guerrillas continuó, lo que supuso que el estado de guerra no se levantase en el norte de Huelva hasta noviembre de 1939, varios meses después de haber concluido oficialmente la guerra civil. La represión fue brutal en toda Huelva. Un informe presentado en 2007, en el Congreso Internacional de Historia y Memoria, celebrado en Granada, cifró en 10.000 personas las fusiladas en toda la provincia, donde más que guerra hubo el aplastamiento de la sociedad civil por el poder militar sublevado.

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