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Gente Inteligente

La gente inteligente no controla sus emociones, las gestiona

  • La autogestión emocional implica comprender, aceptar, perdonar o perdonarse y actuar, porque no es inteligente no hacer nada para estar mejor

La gente inteligente no controla sus emociones, las gestiona

Puede que no estemos de acuerdo en la esencia del título de este artículo, pero ofrézcame el beneficio de la duda y siga leyendo… A mí, el aroma que deja el verbo controlar, me inquieta. Cuando me dicen que tengo que controlar algo me evoca mucho esfuerzo consciente y cierta tendencia a la inflexibilidad. Por eso cuando se trata de sensaciones, emociones o estados de ánimo prefiero que me hablen de gestionar. Y también por eso creo que la gente inteligente no controla sus emociones, las gestiona.

En lo que sí supongo que estamos de acuerdo es en que controlar no es lo mismo que gestionar, y ni de lejos ninguna de las dos acciones implica evitar afrontar lo que sea que nos llega en la vida. Y entonces, ¿por qué tantas veces no hacemos nada por estar mejor?

También estaremos de acuerdo en la certeza de que todas las emociones son positivas, o eso espero, aunque sólo sea por las veces que lo hemos repetido. Pueden ser agradables, como la alegría o la sorpresa - si está seguida de alegría, claro-. Y pueden ser desagradables, como el enfado, el miedo o el asco. Pero todas son positivas, porque nos dan un mensaje muy valioso que nos sirve para adaptarnos y afrontar con éxito las situaciones en las que nos surgen.

¿Autocontrol o autogestión?

Así que, dígame: ¿prefiere tener autocontrol emocional o ser capaz de autogestionarse emocionalmente?

La autogestión o autorregulación emocional es la capacidad que tiene para manejar bien sus emociones, esto es, de forma que le sirva. Y para eso es necesario que se haga usted consciente de la relación que existe entre lo que siente, lo que piensa, y la conducta que pone en marcha después. ¿Es de evitación o de afrontamiento? ¿Es entrar en la queja? ¿Le acerca o le aleja de su meta? ¿Qué hace?

La respuesta a esta última pregunta es importante, porque lo que distingue de verdad a la gente inteligente es su capacidad para no resignarse y actuar para cambiar de emoción con cierta flexibilidad hacia las agradables. Y el primer paso siempre es el mismo, y es que debe usted observarse, tomar conciencia de lo que siente, cómo lo siente y por qué.

Cuando una situación le seca la boca, querer hacer desaparecer sin más esa sensación no es una buena gestión emocional. Si lo que le pasa es que ver a alguien le provoca un pellizco en el estómago, ignorar ese pellizco tampoco es una buena gestión emocional. Si en determinadas situaciones no es usted capaz de hablar con fluidez o le cuesta defender sus argumentos, por muy convencida o convenido que esté, empeñarse en controlar o fustigarse después por no haber sido capaz no hace que consiga gestionarse emocionalmente mejor la próxima vez.

La gestión emocional implica comprensión, o sea, entender por qué surge la emoción. Eso necesita reflexión y autoconocimiento. Así, comprendiendo, podemos aceptar y actuar para avanzar, porque no se acepta lo que no se comprende, y eso en parte en lo que nos bloquea.

Porque aceptar es algo fácil de decir, pero no tan fácil de hacer. Ni siquiera cuando decimos que aceptamos algo tenemos la certeza de estar haciéndolo. Muchas veces, especialmente con lo más complicado, tenemos tendencia a resignarnos, que es cuando decimos que aceptamos, pero no hacemos nada.

Aceptar para avanzar

Aceptar implica acción, y aceptar para avanzar requiere esfuerzo, más cuando más desagradable e intensa es la emoción. La buena noticia es que hay una estrategia para hacerlo en tres pasos, y la mayor parte del trabajo está en el primero.

El primer paso es la comprensión. Comprender requiere que se pare a ver qué parte de usted no reacciona o no reaccionó como le hubiera gustado, y cuál sí. También necesita diferenciar lo que esperaba de la situación, de la otra persona o de usted, de lo que realmente sucedió. E identifique qué recursos propios tiene ya que le sirven o le hubieran servido para gestionar sus emociones, y cuáles puede mejorar para la próxima ocasión.

Ya, ya lo sé. Le he avisado. El paso de la comprensión es el más complicado. Necesita tiempo y dedicación, y sobre todo honestidad, que es esa sinceridad y coherencia con usted misma o usted mismo, lejos de la mirada y el juicio de otras personas, y también lejos de su propio juicio, posiblemente el más exigente.

Hecha la comprensión, si la ha transitado bien, el siguiente paso posiblemente le requerirá ya menos esfuerzo. Se trata de la aceptación en sí, es decir, de aceptar su emoción y sentirla, o aceptar que usted o esa persona lo hicieron lo mejor que supieron, con los recursos que tenían y lo que sabían en ese momento.

Cuando acepta desde la comprensión, le ocurre como cuando ve una película dos veces en momentos muy diferentes de su vida. Probablemente se fijará en distintas escenas y le llamarán la atención cosas diferentes del guion. Porque la segunda vez mira la película con toda su nueva experiencia acumulada, y eso le permite hacerse consciente de detalles que la primera vez, simplemente, le pasaron desapercibidos.

Así es como se avanza. Viendo la película que le provoca o le provocó los sentimientos que no le gustan, y dejándola ir. Ese es el tercer paso: el perdón. Perdonar o perdonarse es un ejercicio liberador que facilita la acción, y mucho más fácil de llevar a cabo si está precedido de la comprensión y la aceptación.

Así, ya libre de cargas, puede decidir cómo lo quiere hacer la próxima vez. Porque la inteligencia emocional sin acción no sirve de mucho. Por eso la gente inteligente, además de gestionar sus emociones, actúa.

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