El extraño relato de una supuesta abducción en Huelva
Huelva Paranormal
Un vecino de la provincia denuncia un episodio nocturno con pérdida de consciencia, luces anómalas y consecuencias físicas aún sin aclarar
No eran ni las dos de la madrugada cuando la carretera quedó en silencio. Un silencio tremendamente denso, impropio de una vía secundaria que, aunque modesta, une varios núcleos rurales del Andévalo onubense. A esa hora, lo habitual es cruzarse con algún camión rezagado o con agricultores que apuran la noche. Aquella madrugada, sin embargo, no pasó nada. O eso pensó durante unos segundos Manuel R. C., vecino de 47 años, hasta que las luces del coche comenzaron a fallar.
Manuel regresaba a casa tras cubrir un turno extra como encargado de mantenimiento en una finca agrícola. Conduce ese tramo desde hace más de veinte años. Conoce cada curva, cada milímetro, cada bache, cada cambio de rasante. “Es una carretera fea, recta, aburrida. Justo por eso me di cuenta enseguida de que algo no encajaba”, explica ahora, semanas después, con la voz más calmada de lo que cabría esperar.
Según su testimonio, el primer indicio fue una luz blanquecina en el horizonte, suspendida sobre los árboles. No se movía. No parpadeaba. Simplemente estaba ahí. Pensó en un dron, luego en un helicóptero. Ninguna de las dos opciones le convenció. “No hacía ruido. Nada. Ni viento”, insiste. Fue entonces cuando el motor del coche se detuvo sin previo aviso y el cuadro quedó a oscuras.
El móvil, que llevaba en el asiento del copiloto, también se apagó. Manuel se quedó solo, con una sensación que define como “una presión rara en el pecho, como si el aire pesara más”. No recuerda haber salido del vehículo. De hecho, ese es uno de los detalles que más le desconciertan. “No sé cómo acabé fuera. Simplemente ya no estaba dentro”.
Recuerdos muy difusos
El relato entra ahí en una zona difusa, pero no caótica. Manuel describe una secuencia coherente, sin saltos bruscos, aunque admite lagunas. Asegura haber visto una estructura ovalada, de un tamaño difícil de calcular, flotando a escasos metros del asfalto. La superficie, dice, no era metálica al uso. “No brillaba como el metal. Era más bien mate, como si absorbiera la luz”.
No habla de seres verdes ni de figuras grotescas. Al contrario. Afirma haber percibido presencias humanoides, de estatura similar a la suya, con rasgos apenas distinguibles. “No vi bocas ni ojos claros. Pero sabía que estaban ahí. Y sabía que me observaban”. La comunicación, según cuenta, no fue verbal. “No me hablaron. Me transmitían ideas. Sensaciones”.
Durante ese tiempo, que él no recuerda o no puede cuantificar, sintió que le examinaban. No hubo dolor. Tampoco miedo extremo. Más bien una calma forzada, casi artificial. “Era como si no me dejaran asustarme”, explica. Recuerda una luz intensa y después, nada. Un corte limpio.
Manuel despertó dentro de su coche, con el motor apagado. Habían pasado más de tres horas desde el momento en que todo se detuvo. Lo supo después. En ese intervalo, su familia y dos compañeros de trabajo intentaron localizarle sin éxito. Nadie vio nada extraño en la carretera. Ni luces, ni ruidos, ni marcas visibles.
A simple vista, tampoco él presentaba signos evidentes. No había golpes ni heridas. Solo un pequeño enrojecimiento circular en el antebrazo izquierdo, del tamaño de una moneda. Pensó en una picadura. Días más tarde, el enrojecimiento seguía ahí. No dolía, pero tampoco desaparecía.
Acudió a su médico de cabecera. El informe, al que he tenido acceso, no habla de anomalías clínicas relevantes. Analíticas normales. Constantes dentro de rango. El médico anota, eso sí, “episodio de ansiedad nocturna asociado a posible trastorno disociativo”. Manuel no quedó satisfecho. “No me sentí escuchado”, reconoce.
Consecuencias del “encuentro”
Desde entonces duerme mal. A ratos. Se despierta con la sensación de haber olvidado algo importante. Su entorno más cercano está confuso y dividido. Su mujer evita hablar del tema. Sus padres lo atribuyen al cansancio acumulado. Un amigo de la infancia, en cambio, le cree sin reservas. “Manuel no es un tio mentiroso o fantasioso, tiene la misma imaginación que un cangrejo… Nunca lo ha sido”, asegura.
El caso ha llegado también a oídos de investigadores del fenómeno OVNI en Andalucía, que han visitado la zona y recogido testimonios. No han encontrado pruebas físicas concluyentes, pero sí algunas coincidencias llamativas. En las semanas previas al suceso, varios vecinos de municipios cercanos alertaron de luces anómalas en el cielo nocturno, descritas con patrones similares tales como movimientos erráticos, cambios bruscos de intensidad, silencio absoluto.
Fuentes consultadas de la Guardia Civil señalan que la carretera no registró incidencias esa noche y que no hubo fallos en el suministro eléctrico de la zona. En otras consultas realizadas tampoco constan vuelos militares ni civiles a baja altura en ese tramo horario.
¿Una supuesta abducción?
El fenómeno de las supuestas abducciones no es nuevo, aunque sí poco habitual en la provincia de Huelva. Casos similares han sido documentados en otras zonas rurales del país desde los años setenta, casi siempre con un patrón común como es la presencia del conductor solitario, carretera secundaria, fallo eléctrico y lapsos de tiempo sin explicar. La explicación científica suele apuntar a episodios de microsueño, estrés extremo o estados alterados de conciencia. Aun así, no todos los detalles encajan siempre con facilidad.
Manuel es consciente del escepticismo que genera su historia. No busca fama ni sacar un rédito económico, no quiere hablar mucho de este tema. De hecho, accedió a contar su experiencia con reticencias y pidió mantener el anonimato parcial para proteger a su familia. “Si pudiera olvidarlo, lo haría. Pero no puedo”, confiesa.
Cuando se le pregunta qué cree que ocurrió realmente aquella noche, duda. Ya no habla con la misma seguridad que al principio. “No sé si fue algo raro. No sé si fueron extraterrestres. Solo sé que algo pasó. Algo que no estaba en mis planes ni en los de nadie”.
Ha vuelto a conducir por esa carretera. Lo hace de día. De noche, todavía no. Dice que no tiene miedo, aunque baja la voz al afirmarlo. “Es respeto”, matiza. Respeto a una experiencia que, sea cual sea su origen, le ha cambiado la forma de mirar el cielo cuando apaga el motor y se queda solo, escuchando un silencio que ahora le resulta menos vacío.
En el Andévalo, el cielo aún conserva un secreto y la historia de Manuel, su experiencia, es ejemplo de ello. Algunos sonríen. Otros callan. Y unos pocos miran hacia arriba, por si acaso.
*Si ha tenido alguna experiencia paranormal, de cualquier tipo, no dude en comunicarse conmigo. Investigaré gratis su caso (como siempre lo hago) y trataré de ofrecerle respuestas: contacto@josemanuelgarciabautista.net
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