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El presidente de la Diputación, tras el acompañamiento a las víctimas, aboga por afrontar el aislamiento de Huelva, que “ya no puede aceptar que todo siga igual”

Estación de trenes de Huelva con un tren Alvia a Madrid. / Renfe
David Toscano

HAY hechos que marcan para siempre una tierra. Lo ocurrido en Huelva no ha sido una tragedia lejana ni abstracta. Ha atravesado toda la provincia y dejado una huella profunda en una sociedad que, desde el respeto y el dolor, sabe que ya nada volverá a ser igual. Hemos sufrido sin consuelo. Para bien y también para mal aquí todo está cerca y todo nos toca. En Huelva siempre tenemos un nombre conocido, una familia cercana, un vínculo que nos une. Cuando eso ocurre, el dolor deja de ser individual y se convierte en colectivo. Hemos guardado silencio por respeto. Hemos acompañado a las familias. Hemos entendido el tiempo del duelo. Pero una vez pasado el funeral, el respeto no puede confundirse con resignación.

Desde la consideración más absoluta a ese dolor vivido, hay una realidad que no se puede ignorar: una provincia que ha pasado por esta catástrofe no puede continuar viviendo aislada, con un trato desigual, con inseguridad y con un futuro incierto para sus hijos. Lo ocurrido no puede explicarse como una incidencia puntual ni como una avería concreta. Reducirlo a eso sería no asumir la dimensión real de lo sucedido. Este hecho ha situado a Huelva ante un punto de no retorno, porque ha roto algo esencial: la confianza en que lo básico está garantizado.

Durante años, esta provincia ha convivido con un aislamiento persistente en materia de comunicaciones. Con una única conexión ferroviaria directa con la capital del Estado, frágil y vulnerable. Con retrasos constantes y una situación que se fue normalizando, aunque nunca debió considerarse normal. Después de la tragedia, esa normalización ya no es posible. Una provincia que ha visto de frente el horror no puede mirar hacia otro lado ni aceptar que todo siga igual. Hemos llegado a hablar de esta situación con humor, como una forma de resistir. Le llamábamos el tren de la bruja… Hoy hablar de este tren nos quiebra la voz. Porque cuando una tragedia así golpea a una provincia, el humor desaparece; nos lo han robado.

No podemos olvidar que nuestra única conexión ferroviaria con Madrid es ese tren en el que han muerto 45 personas, 28 de ellas residentes en la provincia de Huelva. Ni tampoco las numerosas incidencias sufridas durante años. Ha habido demasiadas ocasiones en las que se ha obligado a los pasajeros a bajar del tren de noche, en mitad del trayecto, ante la imposibilidad de continuar. Eso ocurrió constantemente. Fue real. Y, por desgracia, se convirtió en algo habitual.

Esto ya no va de comodidad, va de seguridad, de igualdad y de futuro

¿De verdad alguien cree que, después de lo ocurrido, esa situación puede volver a vivirse en esta provincia sin inquietud, sin miedo y sin una profunda desconfianza? Huelva ha reclamado siempre desde la lealtad institucional. Ha buscado el consenso y la suma de esfuerzos, impulsando espacios como la Comisión por las Infraestructuras para avanzar con responsabilidad y sin confrontación. Ha habido anuncios, compromisos y promesas. Pero los hechos no han llegado con la misma claridad ni con la misma urgencia.

Mientras tanto, la realidad es clara. Huelva no dispone de aeropuerto. Y su conexión ferroviaria no garantiza hoy las condiciones que una provincia del siglo XXI necesita para vivir, trabajar y desarrollarse con normalidad. Esto ya no va de comodidad. Va de seguridad, de igualdad y de futuro. No pedimos obras extraordinarias ni proyectos desproporcionados. No pedimos ser más que nadie. Pedimos lo mismo que se considera básico en otros territorios. Desde la humildad, sí. Pero también desde la firmeza de quien sabe que no aceptar menos no es un privilegio, es un derecho.

Por eso hoy decimos basta. Lo que ha pasado ha supuesto un cambio profundo en nuestras vidas. Tristemente, lo sabemos porque el dolor es real y compartido. Huelva ha quedado marcada para siempre por un accidente ferroviario que nunca debió ocurrir.

Y cuando algo así sucede, ya nada vuelve a ser igual.

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