Tribuna de opinión

Después del choque: lo que no se vio del accidente de Adamuz

Testimonio directo que ofrece una superviviente onubense del Alvia de Huelva tras la tragedia

Primeros ingresos en Urgencias del Hospital Reina Sofía de Córdoba la noche del accidente en Adamuz. / Juan Ayala
Victoria Camacho Fernández

El 18 de enero de 2026 yo iba en uno de los trenes que chocaron en Adamuz. Lo escribo así, sin adjetivos, porque todavía me cuesta encontrar palabras que no exageren ni se queden cortas. A veces la memoria vuelve como una imagen nítida; otras, como un ruido seco que irrumpe sin avisar.

Antes del impacto no había nada extraordinario. Un trayecto más, una rutina compartida con desconocidos. Personas leyendo, mirando el móvil, pensando en llegar. Ese “antes” importa, porque los accidentes no ocurren en escenarios excepcionales, sino en contextos cotidianos. La vida no avisa cuando va a romperse.

El choque fue brutal. El cuerpo entiende lo que ocurre antes que la cabeza: la sacudida, el golpe, el silencio posterior. Un silencio espeso que dura segundos, pero se queda dentro de me Después llegan los gritos, el desconcierto, la dificultad para orientarse, la necesidad inmediata de comprobar si sigues viva y si quienes te rodean también lo están.

Mis lesiones no eran visibles a simple vista, pero fueron graves: fracturas de las apófisis transversas de las vértebras L1, L2 y L3, fractura de la costilla número 12 izquierda, esguince en el pie izquierdo, además de múltiples contusiones y moratones. En ese momento, como ocurre tantas veces, aún no era consciente del alcance real del daño. Solo sabía que el dolor estaba ahí y que necesitaba ayuda.

La primera atención la recibí en el Hospital de Campaña de Adamuz. Allí encontré algo que nunca olvidaré: un trato ejemplar, profesional y profundamente humano. Servicios de emergencia y vecinos anónimos del pueblo actuaron con una entrega y una solidaridad que, en medio del caos, sostienen a cualquiera. Ese comportamiento merece ser reconocido públicamente.

Posteriormente fui trasladada al Hospital Juan Ramón Jiménez de Huelva. Y es aquí donde el relato cambia. Llegué muy afectada física y emocionalmente, aún en estado de shock, y me encontré con una atención carente de empatía y humanidad. Mis síntomas fueron minimizados y, finalmente, se decidió derivarme al Hospital Infanta Elena, no en ambulancia, sino por mis propios medios.

Me quedé en la sala de urgencias sin camilla, sin analgesia y completamente sola, esperando a que un familiar pudiera acudir para trasladarme. En ese momento, más que el dolor físico, lo que pesaba era la sensación de abandono.

En el Hospital Infanta Elena se me realizaron radiografías que no detectaron lesiones. Volví a casa, pero el dolor era insoportable. Tuve que avisar al 061 y regresar de nuevo a urgencias.

Tras una larga espera, sentada en una silla de ruedas, se me practicó finalmente un TC, donde por fin aparecieron las fracturas. Solo entonces se me pasó a una cama, se me indicó que debía permanecer completamente recta boca arriba y se decidió mi ingreso.

Durante esos días, los más dolorosos de mi vida, no se me informó con claridad de todas las lesiones que padecía. Fue doce días después, al leer yo misma los informes de alta, cuando descubri la totalidad de las fracturas. Nadie debería enterarse así de lo que le ocurre a su propio cuerpo.

Ser víctima de un accidente grave no termina en el impacto. Continúa en los pasillos de los hospitales, en las salas de espera, en la forma en que te hablan –o no te hablan– cuando estás vulnerable. El trato posterior forma parte del daño o de la reparación, tanto como el accidente en sí.

Quiero destacar, con la misma claridad con la que señalo lo que falló, el buen trato recibido por parte de la gerente y del personal sanitario de la planta de traumatología, así como la disposición y apoyo del alcalde de Lepe.

Porque también es justo reconocer cuando las personas están a la altura de lo que una víctima necesita.

Los medios hablaron del accidente de Adamuz en términos de cifras, protocolos e investigaciones. Todo eso es necesario. Pero hay otra parte que rara vez se cuenta: la de quienes sobreviven y luego deben luchar para que su dolor sea creído, atendido y tratado con dignidad.

Contar mi experiencia es una forma de recordar que detrás de cada accidente conocido a nivel mundial hay personas concretas que aún están intentando recomponerse. Y que eso también importa.

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