Huelva

War Room: psicología y política

  • La psicología aporta respuestas a muchas cuestiones relacionadas con la política y es la razón por la que los partidos acuden cada vez con más frecuencia a esta ciencia 

Joe Biden, presidente electo de los Estados Unidos. Joe Biden, presidente electo de los Estados Unidos.

Joe Biden, presidente electo de los Estados Unidos. / Efe (Huelva)

¿Cómo tomamos nuestras decisiones políticas? ¿Por qué rechazamos a unos políticos y aceptamos a otros? ¿Cómo percibimos los mensajes? ¿Cómo influye una campaña electoral? ó ¿Saben los partidos qué tienen que hacer para convencer al electorado y ganar unas elecciones? Podríamos seguir haciéndonos preguntas hasta el infinito y más allá, pero las respuestas exactas no las tiene nadie. En todo caso, existen explicaciones que nos pueden ayudar a comprender la política, aclaraciones que vienen de mano de la psicología, de ahí que cada vez los partidos recurran más a esta ciencia para elaborar sus mensajes, persuadir al electorado e, incluso, elegir a los líderes que serán los encargados de convencer a los ciudadanos.

¿Qué aporta la psicología a la política? Para esta pregunta sí tenemos respuesta. Si la política, en palabras de Platón, es el arte de gobernar a los hombres con su consentimiento, y la psicología es la ciencia que estudia la conducta de las personas, es obvio que la relación entre ambas queda netamente definida.

En las sociedades occidentales y democráticas la psicología es un elemento fundamental para entender por qué nos comportamos políticamente de una manera y no de otra, y es también una herramienta fundamental para analizar, comprender y prever cómo actúa la persona desde el punto de vista político tanto de manera individual como colectivamente, es decir, perteneciendo a grupos con características, ideologías y comportamientos comunes.

Ya en 1895, Le Bon abordaba lo irracional de la política en su obra Psicología de las masas, y entendía la psicología política como “el conocimiento de los medios que permiten gobernar de manera útil a los pueblos”, una manera muy peculiar de entender este binomio psicología-política. Por cierto, se trataba de un ferviente fascista y racista que alumbró intelectualmente el camino a Hitler y Mussolini.

Por tanto, la psicología analiza qué lleva a una persona a apoyar o no una decisión o ideología, pero también cómo pueden reaccionar cuando esa ideología, el partido que la encarna, y sobre todo el líder que nuclea ese pensamiento político, se comporta de una manera u otra. Ya en los años 20 del pasado siglo, el eminente asesor de los presidentes estadounidenses Hoover y Roosvelt, Charles Merriam, se convertía en un entusiasta defensor de la relación entre psicología y política.

La influencia del entorno

El interés de la psicología por el comportamiento electoral viene de lejos. En los años 50 del siglo XX, los libros Las elecciones de la gente y El votante americano permitieron trasladar al votante medio estadounidense cuestiones tales como el estudio de las variables psicológicas a la hora de predecir el voto de los ciudadanos. Por cierto, de esta época es el estudio de referencia del grupo Columbia, que concluye que las campañas electorales tienen escasa influencia en la decisión de voto, y se relacionaba con las investigaciones de Lazarsfeld (1944) sobre las influencias de familiares, amigos y compañeros de trabajo sobre los votantes indecisos.

Si hay un ámbito de estudio y de trabajo que tiene un especial interés y trascendencia por parte de los partidos y de sus asesores es la psicología del liderazgo. Entender cuáles son las claves que permiten a una persona y a una organización constituirse en líder y poder conectar adecuadamente, atraer, enamorar, y en el caso extremo manipular la conducta del mayor número de personas posibles, es un deseo y anhelo que la política siempre ha tenido.

Harold Lasswell, profesor de la Universidad de Chicago y considerado el padre intelectual de la psicología política, apuntaba en 1930 que las experiencias de la infancia son decisivas en la conducta política de la madurez y, por tanto, la biografía de los políticos resultaba esencial para el estudio del juego político. Según este prestigioso profesor, los motivos privados de los políticos adquieren significación “pública”, es decir la conducta pública de los políticos ha de verse como racionalización de motivos privados, por ello, llegaba a afirmar que los políticos eran personas infantiloides con una perpetua necesidad de reconocimiento social.

Pero no sólo el líder político influye en las personas y los grupos. Existen otros elementos que explican la conducta de la persona dentro de la colectividad y que en psicología se denomina procesos de influencia social. Permiten entender cómo los grupos funcionan, cimentan un pensamiento y toman decisiones, o por qué las personas dentro de su grupo identitario tienden a diferenciarse de los grupos opuestos y a hacerlo de manera extrema, ajustando sus expectativas hacia su líder o hacia su ideología.

Polarización grupal

Conocer estos mecanismos es fundamental para la política porque, desde esta óptica, se explican por ejemplo fenómenos como el de la polarización grupal, es decir, cómo las personas actúan dentro un grupo o de un movimiento con el que se sienten identificados, y lo hacen en algunos casos de manera más extrema que cuando esas decisiones la toman de manera individualizada y sin la presión del grupo.

La psicología también explica la persuasión es su más amplio sentido, es decir, qué mecanismos de comunicación permiten una especial conexión entre el líder político y su electorado de manera que el líder parezca atractivo al electorado y se llegue a una conexión con él.

La persuasión, como tristemente sabemos, puede terminar en situaciones límites. El origen del estudio de la conducta persuasiva y extrema de un líder hacia un colectivo tiene su origen en los años 30 y 40 del siglo pasado, y llegó de la mano de los primeros psicólogos sociales. No es casualidad que se tratara de alemanes de origen judío que huyeron de la persecución nazi, y algunos de ellos, ya en prestigiosas universidades de Estados Unidos, trataron de explicar por qué la personalidad de un líder autocrático pudo manipular la conducta de casi todo un país, saltándose en muchos casos las normas sociales y éticas más elementales.

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