‘WAR ROOM’

Vox utiliza WhatsApp como nuevo campo de batalla para la política

  • El ascenso de líderes populistas en todas partes del mundo, también en España, tiene mucho que ver con el papel que están jugando las redes sociales como amplificadores

Vox utiliza WhatsApp como nuevo campo de batalla para la política Vox utiliza WhatsApp como nuevo campo de batalla para la política

Vox utiliza WhatsApp como nuevo campo de batalla para la política

Todavía hay quien no se lo cree. Que un partido sin estructura que estuvo a punto de no presentarse a las elecciones andaluzas haya sido capaz de colarse en el Parlamento con 12 diputados y hoy tenga una destacada presencia en todas las encuestas electorales no es una cuestión de suerte. Casi todo el mundo sigue preguntándose a qué se debe, cómo lo ha hecho, dónde está el secreto de Vox. El análisis es complejo y no obedece a una sola causa, pero ya hoy se sabe que ha contado con un potente aliado: WhatsApp.

En todos los partidos se preguntan si tan fácil es, cómo es que ellos no han sido capaces de dar con la tecla. Pues porque no es tan fácil.

El ascenso de líderes populistas en todas partes del mundo, también en España, tiene mucho que ver con el papel que están jugando las redes sociales como amplificadores de la polarización política, permitiendo que el odio y las noticias falsas circulen con relativa facilidad a pesar del esfuerzo que están haciendo muchas plataformas para controlar las fake news.

En este mundo paralelo, emerge WhatsApp como una poderosa herramienta de propaganda que puede llegar a más gente que las redes sociales. Las propias características de esta mezcla de red social y privada hacen que sea imposible conocer el origen de la información, y por tanto, diferenciar entre lo verdadero y lo falso. La ausencia de resortes legales y técnicos que permitan monitorear conversaciones privadas favorece también que la información viaje sin control. Ante la ausencia de cortafuegos, los liderazgos antisistemas se han lanzado a por los desencantados de la sociedad.

A pesar de lo sorprendente su resultado, Vox no ha inventado nada. Antes, la campaña del ultraderechista Jair Bolsonaro, en Brasil, fue un diseño de laboratorio en el que se aplicaron innovaciones en las tecnologías de comunicación política. El resultado fue una monumental campaña de guerra sucia muy cuestionable desde un punto de vista democrático.

Los estrategas de Bolsonaro organizaron una potente cibertropa integrada por individuos con experiencia militar que, junto a usuarios políticamente motivados y compañías de comunicación locales e internacionales, pusieron en circulación un contenido malicioso que invadió miles de grupos públicos y privados de WhatsApp. Una descomunal intoxicación informativa en un país con 147 millones de electores, de los que al menos 120 millones tienen la aplicación en su móvil, y donde el 66% de los votantes leen información política a través de esta vía.

Por poner sólo algunos ejemplos, entre los bulos más difundidos por los grupos de WhatsApp estaba el relacionado con el supuesto kit gay (un libro de educación sexual para utilizar con niños de 6 años) o un proyecto de ley que autorizaría la legalización de la pedofilia.

Tal fue la montaña de basura informativa que una investigación del periódico Folha de S. Paulo desveló después que el 97% de las noticas que compartían en sus móviles los seguidores de Bolsonaro era falsas o manipuladas. De poco sirvió que durante la campaña electoral, WhatsApp, propiedad de Facebook, bloqueara cientos de miles de cuentas, entre las que se encontraba una usada por el hijo del candidato, Flavio Bolsonaro. El daño ya estaba hecho.

En España, donde un tercio de los usuarios utiliza WhatsApp como principal fuente de información, ya está funcionando también como potente arma de propaganda, primero en el procés catalán y luego en la expansión de Vox.

Los ultraderechistas tenían poca visibilidad en los medios de comunicación tradicionales y en otras redes sociales, así que decidieron funcionar como un canal de comunicación, dirigiéndose a quienes se fiaban más de ellos que de la prensa. WhatsApp se presentaba como un territorio aún virgen, en el que sólo hizo falta encender la mecha para que los mensajes corrieran como la pólvora.

Hasta el infinito y más allá

En las listas de difusión está la clave de la viralización de sus mensajes en pocos minutos. Vox cuenta con listas de difusión a la que cualquiera puede suscribirse con poco más de un click, y desde ellas se encargan de mover elaborados mensajes hasta conseguir la repercusión deseada.

A cuántas personas envía directamente Vox por WhatsApp sus mensajes es un dato que no se conoce. Una lista de difusión tiene un límite de 256 contactos, pero con un mismo número de teléfono se pueden crear tantas listas como se quiera. Un método sencillo y barato con el que ha logrado crear un ejército de cibermilitantes armados con un teléfono capaz de viralizar un mensaje en cuestión de minutos. A través de una pirámide exponencial, el éxito se alcanza cuando los contenidos rebasan la barrera de la militancia y consigue llegar a un electorado no politizado.

Los mensajes destacan por su elaboración; suelen ser textos largos, parecidos a un argumentario político, con emojis, enlaces, distintos tipos de letra, frases directas y claras intenciones. Nunca intentan ocultar el origen de los textos, sino que son llamamientos reales del partido. El más conocido es el “Eres de Vox pero aún no lo sabes”.

WhatsApp se ha destapado en estas elecciones como una potentísima herramienta de comunicación política, con unos ratios de apertura del 90%, algo inédito hasta el momento. Pero no todo es la tecnología; para que funcione ha de existir una base sólida de voluntarios que actúen como transmisores. Y, como siempre en política, se ha de conocer al votante, saber qué le preocupa, cuáles son sus miedos y sus frustraciones, y en función de esta información, crear unos contenidos que den respuesta a sus problemas y refuercen sus sentimientos. WhatsApp es sólo la herramienta.

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