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Tribuna de opinión

Otoño y la melancolía

  • Quizá la creatividad sea la más airosa salida para que el melancólico pueda soportar la vida

‘Melancolía I’, grabado de Alberto Durero.

‘Melancolía I’, grabado de Alberto Durero. / M. G.

El poeta Ángel González nos dejó un magnífico retrato de ese estado y esa luz en su Otoño y otras luces. Y es que en estos últimos momentos otoñales, en que los días se achican y el ánimo se vuelve un tanto oblicuo, como la luz de la tarde, tal vez sea un buen momento para pensar en la melancolía.

El cineasta Lars Von Trier hizo una obra de arte en su película de 2011 Melancolía. El filme nos remite al dolor hondo e interno de la condición melancólica y para ello utiliza la imagen del fin de mundo como metáfora de ese sentimiento atroz de pérdida, de acabamiento. La película del danés, de una intensa belleza poética visual, nos sitúa en la celebración de una boda que, por desgracia, será efímera y que nos deja ver toda la banalidad del esfuerzo humano por alcanzar la felicidad pues el planeta Melancolía chocará, inevitablemente, con la Tierra en pocas horas y ésta desaparecerá, pues, como dice la coprotagonista: “La vida en la Tierra es malvada. La Tierra es malvada. Nadie la echará de menos”. Toda la película produce una honda turbación parecida a la que se hace mas presente en estos días efímeros del otoño en que sentimos con más plasticidad cómo el tiempo se nos escapa entre las manos, cómo la vida es una pérdida permanente hasta nuestra propia muerte, la gran pérdida.Borges decía que el tiempo es la sustancia de la que él estaba hecho y nosotros también podemos afirmar esa verdad, pues como decía mi padre, “el tiempo es lo único que no pasa jamás… porque es el gran disolvente de las formas, las máquinas, las ilusiones, los éxitos, con su herramienta de años jamás enmohecida... y musita su tocata y fuga en el aria amarga de los poetas verdaderos, de los poetas tristes”, puros melancólicos.

Aristóteles, en su Problema XXX, se preguntaba acerca de las causas por las que el hombre de genio, el creador, se siente presa de una gran melancolía; tal vez sea el único paliativo posible del ánimo abrumado, la única huida que se vislumbra.

El filósofo italiano Girogio Agamben, en un precioso ensayo (Estancias. La palabra y el fantasma en la cultura occidental), nos habla profusamente de la melancolía, del “demonio meridiano” de los monjes medievales, de la constelación psicológica de la acidia (productora de la malitia, el rancor, la pusilaminitas, la desperatio, el torpor y la evagatio mentis) y cómo este sentimiento atraviesa el tiempo hasta llegar a nuestros días, transformada en una dolencia psicológica, o no tanto. Y es que el melancólico, hijo de Saturno (el que está saciado, harto), padece a menudo síndromes de tipo fisiológico; de ello habla Panofsky cuando refiere el silbido de la oreja izquierda como síntoma inequívoco de esta condición y ahí está el bello grabado de Durero, como fiel reflejo de esa peculiaridad en la melancolía.

Para Agamben, la melancolía actual es la heredera laica de la tristeza claustral... “la capacidad fantasmática de hacer aparecer como perdido un objeto inapropiable... pues, en términos psicológicos, la retracción del melancólico no delata un eclipse del deseo sino, más bien, el hacerse inalcanzable de su objeto: la suya es la perversión de una voluntad que quiere el objeto, pero no la vía que conduce a él, y yerra a la vez el camino hacia el propio deseo”. Y trae también a colación, cómo no, la obra de Freud, Duelo y Melancolía, comentando la distinción que el profesor vienés hace entre ambos conceptos: en el duelo se ha perdido un objeto concreto, en la melancolía no está claro qué es lo que se ha perdido, pues que es una pérdida que escapa a la “conciencia”, que subyace en ese lugar profundo al que llama “inconsciente”.

Quizás la creatividad sea la más airosa salida que, por la vía de la imaginación fantasmática, permite al melancólico soportar la vida, porque, como decía el atormentado Franz Kafka, “existe un punto de llegada, pero ningún camino”. Tal vez este sea uno de los pensamientos más hondos que nos dejó sobre la imposibilidad de su deseo y su doliente melancolía.

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