Análisis | Doble fondo

Roberto Pareja

El ‘ayusismo’ no es ninguna broma

Es complicado entender cómo ha calado hasta en la izquierda el discurso huero y faltón de una mediocre altiva, más con su calamitosa gestión de la pandemia a cuestas

El líder del PP, Pablo Casado, y la presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso.

El líder del PP, Pablo Casado, y la presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso. / David Mudarra (EFE)

Madrid ha caído rendido a los pies de la nueva estrella emergente de la derecha, que ha barrido literalmente a la izquierda del mapa político con un nacionalismo castizo que muchos se tomaban a choteo y que ha puesto finalmente a bailar el chotis a toda España en la particular verbena de Isabel Díaz Ayuso.

Que no tiene nada de paloma, es un halcón que picotea sin complejos en el nido de la ultraderecha y ha pintado de azul el llamado cinturón rojo, que se le ha caído hasta los tobillos a los socialistas y compañía dejando al desnudo las vergüenzas (de fondo y forma) de la izquierda madrileña, más desnortada que ayer y menos que mañana...

Y así han pasado ya 26 años, con una hegemonía del PP que el supermartes se ha hecho insoportable, hasta el punto de provocar la estampida del otro figurón de la nueva política que quedaba en pie en el tablero tras la caída de Albert Rivera...

Pesadilla de Iglesias

La nueva reina pop de la política se jactaba en la furibunda campaña de haber provocado la salida de Pablo Iglesias del Gobierno de Pedro Sánchez (nunca hubo una obsesión más rentable) y ahora puede presumir de haberlo desterrado a Galapagar para cambiar pañales como el otro enfant terrible venido a menos (a la nada) tras su sonoro portazo a los madrileños que han confiado en un candidato morado que ni va a dignarse a pisar la Asamblea de Madrid...

Muy mal don Pablo, esta salida por la puerta de atrás no parece de recibo por fracasado e impotente que se sienta y su intento de asalto a los cielos desde que emergiera en las europeas de 2014 de la mano del 15-M culmina siete años después con un nubarrón que suena a pura y simple espantada.

El ayusismo es un nuevo fenómeno político que resulta vitamínico para unas siglas debilitadas por un carrusel judicial que tiene al gran jefe dando tumbos como muestran su desatinado afán de mudanza de la sede de Génova y esos abrazos (no le hacía ascos a ministros de Vox en un eventual Gabinete, según proclamaba antes de las generales de 2019) devenidos en repudio (en la desopilante moción de censura del pasado octubre) a la ultraderecha....

Peculiar entre otras cosas

Los madrileños han avalado masivamente un peculiar estilo de defender el ideario de la derecha desde un populismo cañí, con desparpajo en las formas y ultraliberalismo en el fondo que no sólo ha ejercido de imán entre los seguidores de Vox sino que también ha hecho estragos en la izquierda...

Es que ha ganado en todos los distritos de la capital, en 176 de los 179 municipios de Madrid y con sus 1.620.213 votos ha fulminado el clásico cinturón rojo del sur de la comunidad, tradicional caladero de votos del PSOE.

Y eso que el meteorito que ha impactado en la política española presenta una calamitosa gestión de la pandemia y hasta abandonó a su suerte a los mayores en las residencias durante la primera ola.

Ella y sus ocurrencias. Ella y sus lemas. Ella y la libertad. Ella... y sus 65 escaños. Casado se convirtió en la estrella invitada de la gloriosa noche que se vivió en la calle Génova, donde su juntaron en el balcón un perdedor nato, él, y una ganadora nota y nata, ella.

El ayusismo no es ninguna sinfonía y se basa en letras pegadizas y ritmos machacones de bandera (cómo le gustan las enseñas) entre mantras virales como “la vida a la madrileña” o el “libertad o comunismo”. Funciona a golpe de pedal. Las cañas en la terraza sustituyeron cualquier crítica posible a su gestión; su estrategia consiste en encadenar con su media sonrisa torpedos haciendo del tradicional gusto por la casquería en Madrid una manera de hacer política, siempre pisando los callos de sus rivales.

Faltona y pendenciera, no se ajusta a los cánones de la corrección política, aunque ya se ha visto de qué le vale tanto esmero y tanta caballerosiad al angelote Gabilondo, que aunque nunca se mete en el barro ha acabado en el fango... como si la culpa del mayor descalabro socialista de la historia en Madrid no hubiera sido servida en bandeja desde Moncloa, que ya estaría reclamando su cuota de responsabilidad si la princesa se hubiera convertido en sapo el 4-M. Pero no...

Hay baronesa para rato y rotos... Casado la mira de reojo.

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