Aragón se encuentra en plena campaña electoral, y a una semana de que se conozca el nombre de quien será presidente de su Gobierno los próximos años, algunos sondeos apuntan que Vox podría ser segunda fuerza, con el PP primero. El PSOE recibiría el descalabro más serio de su historia reciente. El declive socialista, con sus candidatos contaminados por el rechazo generalizado a Pedro Sánchez, coloca a Pilar Alegría en una situación muy precaria. No estaba en primera línea de la política aragonesa hasta que Sánchez la hizo ministra; no tuvo buena relación con Javier Lambán, quien, sin embargo, fue muy querido en el socialismo aragonés y respetado por el resto de los partidos; cuando el sanchismo advirtió que Alegría no ganaría las primarias para secretaria general del PSOE aragonés, desde la Moncloa se presionó a su rival para que no se presentara y la ministra saliera automáticamente elegida.
En Extremadura también se empeñó Sánchez en mantener la candidatura de Gallardo, en contra del criterio del PSOE extremeño. Cuando se produjo el anunciado desastre, Gallardo se resistió todo lo que pudo para no renunciar a la dirección regional, pero acabó dimitiendo. En esas elecciones Vox logrará el mejor resultado de su historia en la región, y va a ocurrir lo mismo en Aragón.
Situación que va camino de producirse en las autonómicas del resto de España: Vox crece de forma desmesurada y no hay quiniela que no incluya como fórmula segura una coalición de Gobierno del PP y Vox. Feijóo sigue descartándola porque no cree que sea buena para España ni, por supuesto, para el PP. Pero son los votos los que mandan.
No hay analista, sociólogo, empresario, estratega político ni periodista bien informado y años a sus espaldas que no hayan asumido que el futuro pasa por el centro, centroderecha y ultraderecha.
Los favores de Sánchez a Abascal
El PSOE, que cuenta con buenos estrategas, busca un terreno en el que una derecha con dos partidos fuertes, al aplicar la ley D’Hont sume menos escaños que los que tendría con un PP asentado y Vox distanciado muy atrás. Por eso, en esta legislatura, la prioridad de la Moncloa y Ferraz –esta sede con mucho menos peso desde las caídas de Ábalos, Cerdán y Salazar– es dar protagonismo a Vox.
Si el PP ignora a su rival –el mejor medio para no darle protagonismo–, el sanchismo presenta permanentemente al PP como aliado de Vox, los engloba en la “ultraderecha”, y promueve iniciativas sociales que permiten a Vox enarbolar banderas contrarias a través de movilizaciones que los colocan en primer plano del debate político. El ejemplo último ha sido el decreto ley de regularización de inmigrantes que lleven más de cinco meses en España y no cuenten con antecedentes penales.
Una regularización que, con los obligados condicionamientos, no sólo acepta el PP, sino también la Conferencia Episcopal. Por razones humanitarias pero también porque importantes sectores difícilmente sobrevivirían sin la mano de obra que aportan los inmigrantes, como el transporte, la construcción, la hostelería y servicios sociales como la atención a los mayores. Por no mencionar que un inmigrante en situación legal cotiza a la Seguridad Social y paga impuestos. Vox, sin embargo, incide en los aspectos nocivos: más delincuencia y precariedad en los prestaciones que se ofrece a los ciudadanos, fundamentalmente la sanidad.
En el PP saben que tiene a sus rivales en dos frentes: el sanchista y Vox. Hasta ahora, no está acertando en la respuesta, entre otras razones porque Feijóo no cuenta con un buen equipo que sepa de estrategia política. Como ocurre con algunos de los principales colaboradores de Sánchez, utilizan el insulto en lugar de la política inteligente. Es el principal defecto de Feijóo, y sólo en los últimos tiempos parece moverse con más tino; pero lo hace en solitario, nadie de su equipo destaca por intervenciones, propuestas o iniciativas de relevancia. Aburren, o suenan a déjà vu, sabido. Nada nuevo.
Gobierno PP-Vox
Siguen empeñados en marcar distancias con Vox, que es lógico aunque si los números siguen inalterables, en algún momento se verá el PP obligado a negociar con Abascal. En el partido empiezan escucharse voces que se plantean ir al ataque, pero hasta el momento nadie cambia de estrategia. Hay argumentos con los que cuestionar a Vox y sus políticas: desde su falta de experiencia de gestión e indefinición ante asuntos clave relacionados con las políticas que más importan a los ciudadanos, hasta el autoritarismo como línea habitual de actuación. Con una clara falta de democracia interna y otros asuntos internos que saldrán algún día. Son los que han provocado la salida de varias de las cabezas más destacadas del partido, empezando por Iván Espinosa de los Monteros, siguiendo por Macarena Olona, que además de ser obligada a ser candidata en Andalucía ha sufrido una brutal campaña personal haciéndola aparecer como una mujer ególatra y conflictiva, o el descabezamiento de su ex secretario general Javier Ortega Smith, al que han retirado todos sus cargos y desalojado al gallinero en el Congreso. La lista es larga, éstos son solo los fundadores y personas de máxima confianza de Abascal, que se rodea ahora de nuevos asesores.
Destaca entre ellos Kiko Méndez Monasterio, hombre de confianza de quien en el auténtico creador y dirigente de Vox, Julio Ariza. Méndez Monasterio, se ha publicado estos días, cobra casi 30.000 euros mensuales,como asesor de Abascal, a través de una sociedad limitada en la que no hay más trabajadores. También dirigentes del movimiento joven Revuelta están o han estado a sueldo de Vox con cifras mensuales superiores a las de los ministros.
Revuelta ha sido clave para que Vox entre con fuerza en el ámbito de los jóvenes, donde su porcentaje de votantes es mayoritario, sobre todo entre universitarios. Pero la dirección de Vox y Revuelta han entrado en crisis estos meses, precisamente por rechazo a sus actitudes violentas. Si en los últimos tiempos aparecen noticias poco gratas para Bambú –sede de Vox–, en gran parte se debe a que jóvenes de Revuelta están filtrando información.
No hay partido limpio de polvo y paja, y el PP tiene puntos débiles, porque en el pasado ha sido protagonista de importantes escándalos, lo que ahora no ocurre aunque Feijóo sufre las consecuencias del mal comportamiento de algunos ex compañeros. Vox, sin experiencia de Gobierno siendo una formación de corta historia, puede presumir de que si ha cometido pecados son de escasa relevancia frente a otros grandes escándalos. Si la situación actual se prolonga, con un PSOE que se acerca al abismo y un Vox que se fortalece gracias entre otras cosas a errores del PP y a la ayuda del PSOE, España está abocada a un gobierno PP-Vox. Y entonces Feijóo y Abascal tendrán que entenderse.
¿Es una salida óptima para España? Probablemente no, y de aquí a que se celebren las elecciones Feijóo tiene en su mano evitarlo recuperando, con una estrategia convincente, los votos que se le han ido a Vox. Pero sí cabe una reflexión: en ningún caso esa fórmula PP-Vox, indeseable para muchos, sería peor que la alianza que ha formado el Gobierno con socios antiespañoles, anticonstitucionales y de la ultraizquierda más irresponsable y sectaria.