Iván Palomares, compositor: "Estar en la conversación de los Goya ya es un premio"

Está nominado por la película 'Leo y Lou', de Carlos Solano, con Isak Férriz

El compositor Iván Palomares
El compositor Iván Palomares / Natalia Gutiérrez
Francisco Andrés Gallardo

11 de febrero 2026 - 07:02

El compositor y director de orquesta madrileño Iván Palomares (Madrid, 1977) se ha consolidado como uno de los autores más innovadoras y sensibles del panorama cinematográfico español tras alcanzar un hito en los Premios Goya 2026. Con su reciente candidatura por Leo y Lou, suma su tercera nominación a Mejor Banda Sonora Original, convirtiéndose en el único creador con nominacioes únicas en tres filmes distintos de la Academia. Esta trayectoria, que inició con En las estrellas (2019) y continuó con Las niñas de cristal (2023), demuestra una capacidad excepcional para construir universos sonoros. Su partitura también está presente en La Templanza o La cocinera de Castamar.

-De nuevo en la batalla de los Goya.

–Lo vivo desde la gratitud y la tranquilidad. Volver a estar en la conversación de los premios Goya por Leo y Lou ya es un premio. Más aún si es por tercera vez y con una música que no busca llamar la atención, sino simplemente quedarse en la obra.

–Usted se ha convertido en el compositor que otorga identidad sonora al cine de autor, con la música como protagonista. ¿Cómo valora su hito de tres nominaciones únicas en las películas que ha trabajado?

–Con Carlos Solano, el director de Leo y Lou, trabajé previamente en su cortometraje Extraños en la Carretera. Diez años después, logró levantar esta nueva película con Zeta Studios y la productora Miriam Rodríguez. La buena sintonía previa hizo posible que hiciéramos equipo rápidamente. Desde el punto de vista musical, el reto era crear una identidad con elementos gallegos siendo yo madrileño. Como ya hice con las tradiciones otomanas o flamencas en otros proyectos. Las ganas superaron al miedo.

–¿Cómo es la historia?

–Es la historia de diálogo entre una niña muda (Julia Sulleiro) y un adulto perdido (Isak Férriz), todo esto abría puertas preciosas para la música.

–¿Cuál fue el punto de partida para este trabajo?

–Tras muchas conversaciones con la productora y el director decidimos que la música debía ser sencilla y honesta. Tenía que funcionar emocionalmente entre los silencios de los personajes, sin avasallar, apoyándose en el alma de los solistas. Salvo un par de escenas más cinemáticas, como la competición de pesca, toda la carga emocional está muy contenida para que la película respire sin imposiciones.

–¿Con qué orquesta ha grabado esta banda sonora y cuál fue el momento más desafiante de las grabaciones?

–Grabamos con la sección de cuerdas de la orquesta Mad4Strings en Madrid. Lo más difícil fue que los músicos entendieran el concepto sin tener aún las referencias de guitarras o ritmos listas. La orquesta tenía una función de apoyo armónico casi desapercibido para dejar espacio a los solistas. Al haber grabado conmigo antes quizás esperaban algo distinto y fue un reto mantener la dinámica de grabación sin esos contextos sonoros completos.

–¿Qué le atrae del cine de autor y cómo adapta su lenguaje a visiones tan diversas?

–Me atrae el espacio para la creatividad y la experimentación previa, sin recurrir a músicas preexistentes para ilustrar ideas. Creo que la voz personal surge de una mezcla de técnica e intuición, pero no es algo que yo imponga. Mi prioridad es que el concepto musical consensuado sea el más adecuado para la película; trabajo desde esa dirección compartida.

–¿Qué tipo de atmósfera emocional busca construir en este film?

–En esta película quería algo muy terrenal y humano, pero que pudiera interpretarse como una pequeña fábula para no caer en el drama existencial. Nos dimos cuenta de que lo excesivamente poético alejaba a los personajes de su realidad. Al final, ese limbo espiritual se logra con el uso puntual del silbido, que me gusta cuando es idóneo, mientras que lo emocional se apoya en notas rasgueadas de guitarra o una flauta que suena cuando la protagonista, Leo, evoca a sus padres.

–¿Considera que la música funciona como contrapunto narrativo o acompaña de forma sincrónica a la imagen?

–Buscamos expresamente una distancia no sincrónica. Al inicio, para ilustrar la desconexión emocional de Leo, la música se aleja de lo que vemos en pantalla. A medida que ella se encuentra mejor, recuperamos esa sincronía en las secuencias de viaje para generar un efecto más cinemático. En general, la parte emocional siempre intenta desprenderse de la sincronización obvia para aumentar la profundidad del relato.

–Sin entrar en detalles que revelen la trama, ¿Hay alguna escena de la que se sienta especialmente orgulloso por haberla adornado con su sonrisa?

–Hay una escena preciosa en un faro con una interpretación maravillosa de Isak Férriz. Es un punto de inflexión emocional frente a un mar calmado. Mi relación con el mar es de mucha cercanía y me gustó componer esa escena con cuerdas que simulan esa “escucha” infinita del océano, a la que se suma la guitarra para representar lo humano.

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