El Rocío

Aquella romería de 1918

Aquella romería de 1918 Aquella romería de 1918

Aquella romería de 1918

Fue el año que Huelva conoció la obra del llorado periodista y escritor, José Nogales, Cartas del Rocío, publicada por el Ateneo de Sevilla en 1900 y reeditada por su hermandad con fines benéficos. Y el mismo que Niebla estrenaba un azulejo de la Virgen en la capilla del Cristo de la Columna, por donde transitaba la hermandad de Huelva en su camino al Rocío desde 1880.

Nada hacía presagiar que aquella romería de 1918, que cayó en las mismas fechas que este año, fuera a ser distinta de las anteriores, por mucho que desde principios de siglo había signos evidentes de cambios en la devoción rociera. Para entonces se habían sucedido la primera conmemoración de la historia de esta devoción en 1913 (El Rocío Chico), las importantes obras de 1915 en la ermita, que movilizaron a la opinión pública rociera; o la reorganización institucional de la Hermandad Matriz en 1917, a raíz de la aprobación del nuevo código de derecho canónico en 1914. Y la fundación en menos de quince años, de dos nuevas hermandades (San Juan del Puerto y Benacazón), o la irrupción del Rocío con fuerza en todas las manifestaciones de las bellas artes. Pese a todo, ni siquiera un diario de proximidad como La Provincia, se olió lo que se cocía en aquel Pentecostés gozoso.

El Rocío era ya un paradigma de la cultura, de la identidad y de la religiosidad

Es verdad que distraía el ambiente informativo, las portadas y los titulares de los últimos coletazos de la primera guerra mundial, los efectos mortíferos de la pandemia conocida como "la gripe española", o la nueva crisis política provocada por el avance de los nacionalismos en España. Pero entremedio, en plena fiebre de las coronaciones canónicas, no faltaban noticias de esta o aquella coronación. La última había sido la de la Virgen de los Milagros, patrona del Puerto de Santa María, coronada por Almaraz y Santos el 8 de septiembre de 1916. O la que se preparaba para el día 8 de septiembre de este mismo año en Covadonga, donde se coronaba a la patrona de Asturias, conmemorando los siete siglos de la Reconquista.

El Rocío era ya un paradigma de la cultura, de la identidad y de la religiosidad popular andaluza, convertido en un lugar y en una experiencia referencial, a base de haber conquistado desde un espacio periférico con un gran valor simbólico, las tierras de las tres provincias hermanas de Huelva, Sevilla y Cádiz, en el estuario del bajo Guadalquivir. Pero, tan lejos aún el Concilio Vaticano II (1962-1965), no era una realidad eclesial plenamente homologada, pues despertaba recelos en determinados círculos defensores de la ortodoxia. La que crecía, pese a todo, en los ambientes populares, y no podía ser desaprovechada por la Iglesia, en un contexto social y político de contestación y de hostilidades crecientes.

Hasta las marismas se desplazaba con discreción, la Srta. María Magdalena Almaraz y Santos, que lo hacía de la mano del que había sido párroco de la Asunción (1914-1917), el presbítero, Juan Luis Cózar y Lázaro, establecido en la colegial del Divino Salvador de Sevilla, y su hermana Cecilia, como "dama de compañía" de la primera. Allí coincidieron, según nos describen las crónicas de Pedro Alonso-Morgado (El Correo de Andalucía), notario mayor de estos días, con Ignacio de Cepeda, y sus hermanos Juan y Miguel; con el insigne pedagogo Manuel Siurot Rodríguez; o con la alegre joven, Tomasina Laserna, que se marchitó en la flor de su vida. Y con el ganadero y propietario José Anastasio Martín Serrano, hermano mayor de honor, y efectivo este año, de la Hermandad del Rocío de Coria del Río, su hija Rocío y su familia política, los Moreno Santamaría, también ganaderos de renombre nacional.

Venía la hermana del cardenal de Sevilla a observar e informar el ambiente de piedad de la romería más popular de Andalucía, y quedó tan sugestivamente impresionada, que volvió más rociera que el arroyo del Anjolí, en frase del presbítero, Juan Francisco Muñoz y Pabón. El gran ausente, que una semana después la ponía al frente de aquellos fervorosos y distinguidos embajadores rocieros, como presidenta de la Junta de Señoras de la Coronación, en su interpelación a la opinión pública, La pelota en el tejado. Fue el pistoletazo de salida de un camino sin retorno, que señalaba el triunfo definitivo de la "democracia creyente". La que, de mucho tiempo atrás, la había coronado como Reina y Señora de sus vidas.

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