Historia de las hermandades

Moguer, camino de fe al Rocío

  • Los caminos de la fe descubridora y la fe mariana confluyen aquí, en el mismo punto de partida. La cuarta de las filiales que va a la aldea es uno de los puntos referenciales en el mapa de la devoción rociera

Se desconocen las auténticas causas que movieron en el siglo XVIII a los moguereños a abrazar la fe rociera y continuarla con solera hasta nuestros días.

Se desconocen las auténticas causas que movieron en el siglo XVIII a los moguereños a abrazar la fe rociera y continuarla con solera hasta nuestros días.

Aquellos años finales del siglo XV se fue fraguando la gran empresa descubridora de unas tierras lejanas aún sin descubrir que a principio del siglo XVI ya serían bautizada con el nombre de América. Aquel año de 1492, una localidad onubense, Moguer, entraría en las páginas de la historia universal, con la llegada de un enigmático personaje, hoy universalmente conocido, Cristóbal Colón, en busca de intrépidos marineros, como los Hermanos Niños, destacados armadores y navegantes, que le ayudaran a emprender la aventura más trepidante de la historia más inmediata de la humanidad. De esta manera Pedro Alonso Niño se convertiría en el piloto mayor de la Santa María, y sus hermanos Juan y Francisco que lo hicieron en la Carabela Niña. A ellos se unirían Inés Enríquez, abadesa del monasterio de Santa Clara, lugar que nos remonta a su periodo de esplendor medieval, bajo el señorío del almirante Jofé Tenorio, que promovería su fundación, o el hacendado Juan Rodríguez Cabezudo. Se trazaron así unas líneas eternas marcadas en aquellas cartas marítimas de finales del siglo XV entre un pequeño pueblo y un grandioso continente, el camino americano de Moguer, que se incluirían después en todos los libros de historia.

Quien podía presagiar como en la intrahistoria de Moguer fue emergiendo entre las generaciones descendientes de esos marineros de ultramar, un nueva vía, un nuevo camino, que quizás no llenó los espacios lineales de amplias páginas de la historia universal, pero que sin embargo, se convertiría en uno de esos hechos que queda en la mente colectiva, aunque sin saber fijar la fecha exacta del acontecimiento. El surco de una huella que va agrandándose hasta convertirse en parte de su identidad. No sabemos quienes fueron sus protagonistas, no conocemos sus nombres, ni quienes fueron, ni como se fraguó el proyecto de trasladar un pueblo para rendir homenaje de fe mariana a una imagen que se encontraba a pocos kilómetros de sus parajes, descubierta en años inciertos por un pastorcillo. Quien sabe si movidos por unas malas cosechas provocadas por constantes sequias, crisis sociales, o el propio terremoto de Lisboa de 1755, que dejó una huella de destrucción en la propia ciudad pudieron llevar a concebir una vía de fe, un camino de esperanza que le llevarían a peregrinar hasta la aldea del Rocío. Había nacido una hermandad, la de Moguer, la cuarta más antigua de las filiales, seguidores de una devoción que con los años se convertiría en  universal. Al igual que en las páginas del descubrimiento americano, Moguer se convirtió en uno de sus puntos referenciales primordiales, en el mapa mental de la devoción rociera, sería uno de sus hitos primordiales. Los caminos de la fe descubridora y la fe mariana unidos en un mismo punto de partida. El Puerto de las Riberas de donde partieron las naves de Colón en su ruta trasatlántica y la iglesia de Santa María de la Granada, de donde parte el famoso Camino de Moguer hacia el Rocío. 

En el recorrido de la línea del tiempo de la historia rociera de Moguer, no sabemos donde se ubica la fecha inicial. Los testimonios más antiguos se remontan al siglo XVIII. Su descubridor fue el genial investigador moguereño Antonio Hernández Parrales, que llegaría ser párroco de la iglesia de San Esteban de Sevilla y archivero del arzobispado de Sevilla. Se halla en un pleito de 1758 entre la hermandad y el vicario moguereño, donde se cita que la corporación había nacido cuarenta años atrás.

Otro hito histórico aparecería en la Primitiva Regla de la Hermandad de Almonte de 7 de agosto de 1758, en la que establecía la fundación de hermandades filiales, entre las que se encontraría la de Moguer. Una historia amorosa ocurrida en el siglo XVIII. Una promesa matrimonial de dos personajes, Antonia Pulgar y Antonio Camacho, quienes incluyeron en su inestable relación de incumplimiento de compromiso matrimonial, un escenario de reconciliación en una estampa emocional de la historia rociera.

Una pareja enfrentada que se encontraría a una comitiva procesional, la supuesta hermandad del Rocío de Moguer, entre los que se encontraba un tamboril. Una de esas historias que quedan en las huellas de los tiempos, mitos populares que surcan la verdad de la historia. Quizás fuera el primer carretón que poseyó la hermandad, que consta desde el siglo XVIII, construido por José Marín, que posteriormente sería destruido en los acontecimientos de la Guerra Civil española.

Un testigo de excepción en esta línea del tiempo de la corporación moguereña sería aquel poeta universal nacido en esta localidad onubense el 23 de diciembre de 1881, en la casa número dos de la calle de la Ribera, quien convirtió sus calles, edificios y parajes en su verdadero laboratorio de ideas poéticas, que dejaría reafirmada en sus propios textos, como así testimonia en su propia descripción: “Moguer, la blanca maravilla, la luz con el tiempo dentro”.

En sus pasos por el colegio San Luis Gonzaga del Puerto de Santa María (1899), donde obtuvo el título de Bachiller en Arte, y su posterior traslado a Sevilla y Madrid, donde comenzaría su carrera literaria, no olvidaría sus raíces de origen, volviendo nuevamente a Moguer en 1905, debido a los problemas económicos de su familia, estancia que prolongaría hasta 1912, comenzando una etapa de creación poética excepcional. Algunos de esos poemas hoy todavía están presente en el alma moguereña como podemos apreciar en sus famosas Elegías (1908-1909), Olvidanzas (1909), La soledad sonora (1911), Melancolía (1912) y Laberinto (1913), y sin ninguna duda su libro universal, Platero y yo (1914).

Se han escrito innumerables páginas sobre aquella mirada poética, de exquisitas emociones, que le descubrió a su amigo, el burro Platero una de las estampas rocieras, en su capítulo 47, quizás la mayor descripción literaria del camino universal del Rocio, en este caso la vuelta de la Hermandad de Moguer, cuando describe:

Platero -le dije-, vamos a esperar las Carretas. Traen el rumor del lejano bosque de Doñana, el misterio del pinar de las Animas, la frescura de las Madres y de los dos Fresnos, el olor de la Rocina (…) nos pusimos en el vallado de los Hornos, desde donde se ve todo el camino de los Llanos. Venían ya, cuesta arriba, las Carretas. La suave llovizna de los Rocíos caía sobre las viñas verdes, de una pasajera nube malva. Pero la gente no levantaba siquiera los ojos al agua. Pasaron, primero, en burros, mulas y caballos ataviados a la moruna y la crin trenzada, las alegres parejas de novios, ellos alegres, valientes ellas. El rico y vivo tropel iba, volvía, se alcanzaba incesantemente en una locura sin sentido. Seguía luego el carro de los borrachos, estrepitoso, agrio y trastornado. Detrás, las carretas, con lechos, colgadas de blanco, con las muchachas morenas, duras y floridas, sentadas bajo el dosel, repicando panderetas y chillando sevillanas. Más caballos, más burros... Y el mayordomo -”¡Viva la Virgen del Rocíoooo! ¡Vivaaaa!”- calvo, seco y rojo, el sombrero ancho a la espalda y la vara de oro descansada en el estribo. Al fin, mansamente tirado por dos grandes bueyes píos, que parecían obispos con sus frontales de colorines y espejos, en los que chispeaba el trastorno del sol mojado, cabeceando con la desigual tirada de la yunta, el Sin Pecado, amatista y de plata en su carro blanco, todo en flor, como un cargado jardín mustio.

Gracias al estudio de las investigaciones de Juan de Dios Montoto Sarriá, publicado en la revista Ex Voto de la Hermandad Matriz de Almonte, se dieron a conocer las múltiples ilustraciones que se realizaron sobre este fragmento del itinerario universal rociero, en las diversas publicaciones de Platero y yo, como fueron los casos de Benjamín Palencia o José Caballero. La primera ilustración del paisaje rociero llegaría en 1953, con la edición que haría Antonio Soriano en su editorial parisina Librairie des Editions Espagnoles, con unas ilustraciones del pintor Baltasar Lobo. En el año 2016, en la revista Ex Voto, gracias a las investigaciones de Manuel Ángel López Taillefert, se daría a conocer un nuevo poema de Juan Ramón con el título de ‘Nardos del Rocío’, que podría ser coetánea de la obra Platero y yo, en un momento donde probablemente viviera en la calle de la Aceña, cuando se tuvo que trasladar su familia al ejecutar la hipoteca el banco por la deuda que tenía su padre por la casa de la calle Nueva. Los primeros versos muestran ya la emotividad del poeta: De plata entre rosas has venido a verme, Nardo del Rocío. (Zumba el tamboril...) El sol de la tarde recama las horas sin fin. Quizás se refería a un objeto litúrgico, una demanda o tacita de plata, del año 1764, recogida ya por los profesores González Gómez y Rojas Marcos, una hucha petitoria que recorría las calles del pueblo, desde el Domingo de Resurrección hasta la salida de la Hermandad hacia el Rocío, acompañada de un tamboril y una flauta, ya que probablemente el poeta se encontraría con la misma. La huella del poeta en Moguer sería ya resaltada en vida cuando bajo la iniciativa de un grupo de vecinos se inauguraría una biblioteca pública en su honor, fundándose posteriormente en 1955, un museo expositor de su vida y su obra en su casa natal, denominándose Casa Museo Zenobia Juan Ramón Jiménez, abriéndose sus puertas oficialmente el 14 de noviembre de 1958. Su huella literaria en las páginas rocieras de Moguer no ha quedado diluida, con la celebración de la exposición organizada por parte de la Hermandad Matriz de Almonte y la capitalina de Emigrantes con el título El Rocío en Platero y yo, que se ha celebrado desde el 8 de abril al 7 de mayo, y en el propio pueblo de Moguer, entre los días 13 y 30 de mayo.

Los avatares de la historia moguereña continuarían con la confección de una segunda carreta, realizada por José Marín Camacho, que sería sustituida posteriormente en 1952, por decisión de la propia Junta, con la confección de un nuevo carretón, al presentar un estado de deterioro el anterior. El presupuesto del nuevo sería de 80.000 pesetas, siendo construida por los talleres de Manuel Seco Velasco, un orfebre que en estos años estaba alcanzando uno de los momentos más significativos de su trayectoria artística.

Un insigne moguereño, Antonio Rojas Núñez, el Coronel Rojas, fue el auténtico mecenas en su realización, ya que estuvo a punto de ser embargada, como así cuenta Juan de Dios Montoto en la revista Albores Moguereños. El taller Herpoplat de Córdoba restauraría la excepcional obra de orfebrería, un verdadero altar volátil de plata, articulado en seis columnas, con fustes tallados, que soportan una cubierta abovedada en seis tramos, centralizado por la imagen del Espíritu Santo, en cuyo frontal curvilíneo porta el escudo de la corporación. En su techo se ubica una granada, en alusión a la sede oficial de la hermandad, el templo parroquial de la ciudad, Nuestra Señora de la Granada.

El Simpecado se convertiría en otra de las obras excepcionales, realizada en 1952, por los propios talleres de Seco, con el busto de la Virgen sobre terciopelo verde, restaurada por el escultor Francisco Berlanga de Ávila, en cuyo informe, resaltó su factura, con brazos articulados, en hombros y codos.

El Simpecado de la Hermandad de Moguer El Simpecado de la Hermandad de Moguer

El Simpecado de la Hermandad de Moguer

El simpecado se sitúa en el interior del templo en la cabecera de la primera nave del lado del Evangelio, donde anteriormente estuviera situada la Virgen del Rosario, de la antigua cofradía de los armadores de barcos de Moguer, y la Virgen del Pilar, que sería sustituida por el estandarte de Moguer.

La hermandad rociera ya habría tenido un primer retablo que sería destruido en 1936, y ya en 1972 el tallista onubense Luis Barrios Herrera, que a su vez había dejado una amplia huella en las cofradías onubenses, ejecutó el actual retablo realizado en madera tallada y dorada. Los Estatutos aprobados de 1958 reafirmarían la etapa de esplendor que comenzaba a iniciar la filia rociera hasta nuestros días, presidida por la actual hermana mayor, Rocío Gamero Muñoz.

Más de un siglo después de que el gran Manuel Siurot, en su libro La Romería del Rocío, publicada en 1918, evocara la majestuosidad de la hermandad: “Va la del Mogueleño, que dicen que la van a poné echando jumo, de corchas blancas, de farolillos a la veneciana, de mantones de Manila, de lazos de colores, y de tó y por tó”.

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