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El Rocío

Diario de un cura rural en Mateos Gago

  • La Hermandad de Sevilla adelantó la misa de romeros y la salida. Sevilla Sur regaló estampas impagables en el recreo escolar.

Todo se adelantó porque el cielo, en juego de polisemias, no podía esperar. Se adelantó la misa en el Salvador para entrar pronto en honduras; se adelantó la salida de romeros desde el centro a las afueras, con sonoridad de novela de Luis Goytisolo del extrarradio. La logística es formidable. La multitud y el vacío, la devoción y la ausencia, son caras de una misma moneda. Nadie diría que hace apenas media hora una legión de devotos había emprendido la expedición desde la plaza del Salvador, que ahora permanece completamente vacía de público, demasiado pronto para que abran los bares de los soportales; y cerradas las puertas de la iglesia por la que tanto hizo el canónigo Juan Garrido Mesa.

Bajan la cuesta del Rosario y en ese guiño de carrera oficial el cortejo deja a la derecha la tramoya del Corpus en la plaza de San Francisco, que caerá un mes antes de las elecciones. Cruce de celebraciones sin salir de este mayo que marcea más de la cuenta. Un caballista dice que tienen previsto pernoctar en Cuatrovitas. "No lo saben todavía, como los caminos están como están", apunta un romero con realismo de experto. El simpecado coge por Hermando Colón. El hijo del que surcó océanos alienta desde el callejero a quienes buscan el Guanahaní de las marismas.

Al fondo, el patio de los Naranjos y el fresco de Mercadante de Bretaña. Los turistas fortuitos se encuentran con un regalo inesperado. Si sorprende a quienes ven la escena todos los años, lo irrepetible que se repite, ¡qué no llegará a la curiosidad sin mácula del viajero llegado desde remotos confines¡ Ninguno tan remoto como el destino de estos peregrinos que cambian la ciudad por el campo, el reloj por el instinto, la prisa por la calma. Sólo el tiempo, el climatológico, marca los tiempos.

La Giralda que tantas veces pintó y repintó Amalio García del Moral se asoma poderosa, Ajolí gótico con cimientos almohades. Las carretas han hecho un semicírculo en la plaza Virgen de los Reyes dándole a Matacanónigos un aire de Villamanrique, una postal para los que bajan por Mateos Gago. Suenan las campanas de las nueve de la mañana. La lluvia de las primeras horas es un mensaje del campo, que vive del agua. El Palacio Arzobispal es testigo mudo de esta apoteosis propicia para el diario de un cura rural, aunque el abad de Torcy haya sido trasladado a Hinojos.

Batas blancas en la puerta de los Palos de la Catedral. Son jóvenes restauradores que han interrumpido un momento sus tareas para ver esta estampa de fe esperada. Son dos equipos de Bellas Artes. Unos trabajan en restaurar unos atriles de la capilla de San Francisco; los otros, en la capilla de la Cieguecita. La Catedral es una ermita urbana en la aldea global. La Virgen tiene mil nombres: el simpecado de la del Rocío se dirige al nomumento a la Inmaculada Concepción que antes que Roma Sevilla proclamó. Al fondo, las almenas del Real Alcázar. Todo el camino, a la intemperie, se convierte en una fortificación aleatoria. El Alcázar tiene su alcaide y la ciudad su alcalde. Juan Espadas, como los restauradores de la Catedral, hace un alto en sus afanes y sale para saludar a los romeros. A la ciudad que se hace pueblo en el pueblo que el fin de semana se hará ciudad, metrópolis de caballistas, curas predicadores, coheteros y tractoristas. 

La ciudad recupera la cara de jueves, Rubicón de la semana. Los comercios empiezan a abrir en Cuna y en Orfila. Manuel Melado se inspecciona la barba en un espejo de su barbería; Padilla camina por Trajano para abrir su librería de Trajano. El Jueves, como los romeros, aprovecha la tregua de sol mañanero, puro espejismo de lo que caería después del mediodía. Se ve menos gente que de costumbre en el mercadillo. Sevilla y Sevilla Sur tienen mucho tirón de hermanos, peregrinos y acompañantes.

El centro de Sevilla y Sevilla Sur, bellísima redundancia, dos de los cuatro puntos cardinales en el GPS de la Blanca Paloma, la Gran Peregrinación de Sevilla por unas fincas convertidas en mar de los Sargazos. El atuendo festivo va reforzado con los remedios para las inclemencias. Como bailarinas temerosas de un resfriado en un descanso de El lago de los cisnes, las mujeres llevan sus trajes de fiesta campera protegidos por impermeables y gabardinas. A las dos se abre el cielo en jarras y abre las espuertas de las nubes. Ya están las carretas campo adentro, en el Aljarafe, la comarca amiga de estos argonautas, una mesopotamia de afluentes donde ninguna oración es subordinada. 

Hace justamente dos meses, el tiempo vuela, Rafa González Serna pregonó la Semana Santa en el teatro de la Maestranza. El Rocío improvisa escenarios por doquier, auditorios entre chamizos, camerinos en carriolas, como el palacio de la ópera que Fitzcarraldo mandó construir en Manaos para oír cantar a Caruso en la selva. La romería es un pregón ancestral donde las sevillanas se hacen rocieras. Un marco del Oeste en el sur del Sur, el campo magnético de Tharsis y de las minas del rey Salomón.

Escribe Richard Ford en Manual para viajeros por Andalucía y lectores en casa que las cabras y los bandoleros fueron los ingenieros de caminos que abrieron senderos en territorios inhóspitos. La temporada de lluvias obliga a las hermandades a actualizar sus conocimientos de ingeniería. Un atlas de topónimos con regatos, promontorios y hondonadas que hagan del camino un aliado antes que adversario. El campo es una ciudad de piedras y árboles donde la única franquicia es que amanece para todos.

Los alumnos del colegio Compañía de María se encontraron con un obsequio sorprendente: al paso del simpecado de Sevilla Sur, vieron a los hercúleos bueyes. Los alumnos forman un improvisado coro infantil de rostros expectantes. Hermosa paradoja de Gulliver encarnado en bóvido superlativo rodeado de infantes de Liliput que volvieron a casa con la lección bien aprendida. Jueves de Rocío en la gran ciudad, antesala del Domingo de Pentecostés. Cincuenta días desde el Domingo de Resurrección. Siete semanas, número bíblico, historia sagrada con decimales.

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