Sobre la losa | Crítica

Variaciones sobre el Ello

  • Siruela publica la última entrega del comisario Adamsberg, Sobre la losa, ambientada en la Bretaña de Chateaubriand, en la que la inteligencia dispersa del policía se enfrenta a un caso, en apariencia, poco extravagante.

Imagen de la escritora francesa Fred Vargas (París, 1957)

Imagen de la escritora francesa Fred Vargas (París, 1957)

El gran hallazgo de Fred Vargas, hallazgo que podríamos retrotraer a Arquímedes y su expresión alucinada: “¡Eureka¡”, cuando descubre el principio de sumersión de los cuerpos, es aquel que nos lleva desde un desorden inextricable a una súbita claridad, en la que los hechos adquieren su lugar correspondiente. Sherlock Holmes, para convocar dicha epifanía, acudió a dos formas de perturbación, la cocaína y la música de violín, de cuyos acordes emergía, lenta y trabajosamente, una verdad clara y abrupta. También en el caso del comisario Adamsberg de la escritora Fred Vargas, a quien hemos reseñado en más de una ocasión, se da este proceso de revelación, que Vargas extiende al carácter y la naturaleza misma del comisario, el cual se comporta como una forma superior del Ello freudiano, y cuya incapacidad para enunciar o comprender sus procesos intelectivos, solo es comparable al éxito con que los aplica en su labor policial.

En Adamsberg, la verdad parece brotar de un lugar autógeno y extemporáneo, de un manantial remoto

Probablemente, en Sobre la losa, Vargas haya llevado voluntariamente a un extremo la dramatización de tal mecanismo involuntario, cuya presencia/ausencia conforma la marcha misma de la investigación. Tanto es así, que en esta ocasión, la novela se nos ofrece como largo merodeo, como un errático exordio -en apariencia-, cuyo final nos lleva o nos retrae, de algún modo, a la situación de incio. En Holmes, por volver al arquetipo del intelecto superior aplicado al crimen (El asesinato considerado como una de las bellas artes, de Thomas de Quincey, es anterior en seis décadas al personaje de Conan Doyle), nos encontramos con una férrea secuencia de razonamientos, que el detective somete a la estricta disciplina de su violín, hasta extraer la nota pura y monocorde de una verdad forense. En Adamsberg, contrafigura holmesiana al cabo, la verdad parece brotar de un lugar autógeno y extemporáneo, de un manantial remoto, el cual se sirve del comisario para comunicar la buena nueva de la clarificación de un enigma. En tal sentido, Adamsberg se halla muy cerca del ensayista británico John Gray, cuando concibe al ser humano como un mero receptáculo de fuerzas inconscientes, que lo tiranizan desde una oscuridad abisal, y cuyo sino es vivir ajeno por completo a cualquier tipo de albedrío. Sin embargo, Adamsberg también pudiera representar su contraparte, al modo en que lo figura (un modo ancestral, instintivo, surgido desde el albor del mundo) el paleontólgo Arsuaga, cuando señala que el ser humano es el único animal sobre la tierra capaz de asociar una huella en la nieve con la criatura que la dejó impresa.

Esta formidable capacidad de abstracción, privativa de nuestra especie, contra lo sostenido por Gray, es la que Vargas escenifica en su vertiente animal, en su faceta instintiva, convertida en un escalofrío que sobrecoge y traspasa al comisario, al otro extremo de lo ocurrido al Zadig de Voltaire, cuyos razonamientos son de una claridad irrestricta. Añadamos que Vargas representa o embute esta forma “irracional” de raciocinio en una disciplina académica, la Historia, donde la ambigüedad, la imprecisión y el mito juegan un papel relevante. De todas las novelas de Adamsberg, acaso sea esta la menos conformada por la erudición histórica. Pero no por una ausencia de ella (los crímenes ocurren cerca de Combourg, cuyo castillo conoció las desdichas del párvulo Chateaubriand, vizconde de lo mismo, donde un fantasma aún pasea, nocturno, su cojera); sino por porque las dos piezas que abren y cierran este puzle, un dolmen y cierta peculiaridad del criminal, se adentran en la niebla mitológica, en la sacra intimidad de la prehistoria y reproducen, de algún modo, el problema ancestral del doble. En tal sentido, la novela menos adamsbergiana de las conocidas, los es, sin embargo, de distinto modo. A última hora, Adamsberg vuelve a sorprendernos con su vaga hechicería, ateniéndose a un viejo recurso de Conan Doyle para resolver el crimen: usando de la horma folletinesca, el comisario completará una información solo disponible parcialmente. Entonces la fantasmagoría dará paso a la clínica; y el lector, conociéndolo todo, recobrará su estupor inicial, suspenso desde primera hora.

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